Hace algunos años, cuando era bien pequeñita, tuve una experiencia bien espeluznante que, hasta hoy, no me decido a contar.
Una noche, desperté en medio de la madrugada en busca de un vaso con agua para aliviar la sed que me impedía conciliar el sueño. En cuanto bajé las escaleras, hallé a mi perro, Dante, sentado en sus dos patitas, mirando fijamente hacia la entrada del sótano, susurrando algo que nunca logré discernir. Él se encontraba de espaldas a mí, concentrado en lo oculto dentro de aquella habitación. Su pelaje negro azabache hacía un contraste bastante macabro con el ambiente y la situación.
Yo seguí hasta la cocina, me hidraté, y en cuanto me giré, ahí se encontraba mi perro, mirándome fijamente, ya en sus cuatro patas.
Lo más curioso de todo es que, días después, Dante, desapareció de nuestra casa y nunca lo buscamos. Nadie en nuestra familia se preocupó por su ausencia.
Ya en la actualidad, diez años después de estos sucesos, le pregunté a mi hermano por qué nunca buscamos a nuestro perrito. Lo que me respondió, me puso la piel de gallina.
—No, Katalina, nunca tuvimos un perro llamado Dante.
Corrí muerta de la duda a preguntarle a mi mamá y lo que ella me dijo es lo que me tiene aquí, contándoles esta historia.
—¿Dante? ¿Quién es Dante?