“Nadar me da miedo”, “Me asustan las alturas”, “Tengo miedo de la oscuridad”
Todos hablan del miedo como si pudieran tocarlo. Como si vistiera una túnica oscura para cubrir su cuerpo inmaterial y caminar libre entre nosotros. ¡Miren, ahí va el miedo!
No.
El miedo no tiene forma, pero te llena el cuerpo. No tiene rostro, pero se aloja en tu mente como un recuerdo más. No tiene manos, pero te toca en las noches, provocando que tu cuerpo se remueva entre temblores.
Nadie sabe de lo que el miedo es capaz, hasta que te enfrentas a él.
Cuando tenía apenas diez años, me mudé junto a mis padres a una casa colonial inmensa en la vieja Habana. Nunca me adapté al ambiente tétrico que reinaba entre sus columnas de mármol. En mi antiguo hogar, en el campestre pueblo de Santiago de las Vegas, la sencillez y humildad primaban por encima de todo. Pero, en esta casa, siempre tuve esa sensación de sentirme observada constantemente. Mi madre trataba de alegrarme los días horneando galletas y dulces, pero nada me hacía olvidar aquella horrible sensación.
Cada mañana, al despertar, me asomaba por la ventana de mi habitación con la esperanza de que los días me parecieran menos escabrosos. Siempre lo mismo. El Sol apenas se mostraba, como si temiera acercarse, y lo entiendo, a mí tampoco me gustaba estar allí. Sin embargo, esa mañana fue diferente. Desde mi ventana, pude ver a los vecinos de en frente y había una niña con ellos. Días antes, creí verla asomada desde la ventana de su casa. La palma de su mano impactó contra el cristal, cerré los ojos en el acto presa de la impresión, y ya luego no estaba. Quizás mi mente me jugaba una mala pasada, pensé. Pero no, ella era real y tal vez, se sentía como yo. Presa en un lugar sin gracia.
Días después, los vecinos se presentaron en casa con una panetela apetitosa desbordante de chispas de colores. Los vi desde mi habitación, justo cuando cruzaban la calle. La señora cargaba el dulce y el señor la seguía retrasado. El timbre hizo eco dentro de nuestro castillo embrujado y bajé las escaleras de prisa. Pensé que la niña vendría con ellos, pero nunca la vi.
Esa misma noche, la horrible sensación de unos ojos sobre mí se hizo insoportable. Abrí los ojos de golpe y busqué refugio en la quietud de la noche desde mi ventana. En cuanto me asomé, vi a mi vecino observando fijamente hacia mi ventana. Se mantuvo de pie en medio de la calle sin inmutarse, sin mover un solo músculo. La presión de su mirada me provocó un ardor terrible en el estómago. Cerré la cortina con torpeza y me hice un ovillo bajo la ventana. Oprimí con fuerza los ojos para eliminar la imagen de su descarada inspección, y conté hasta veinte. Llené mi mente de números danzarines, eso siempre me funcionaba cuando mamá y papá comenzaban sus interminables discusiones nocturnas.
Pasado el tiempo, intenté asomarme nuevamente. Quería comprobar que ese horrible señor ya no me vigilaba. Moví la cortina, con los dedos llenos de dudas, dejando solo una pequeña rendija para observar hasta la calle.
No estaba.
El vecino ya no me observaba. Me sentí más tranquila y abrí de lleno la cortina. Quizás el señor era sonámbulo o padecía de algún trastorno de sueño. Tal vez, un desorden mental desconocido por mí le hacía comportarse de ese modo. Sin embargo, apartando mis conjeturas, ahí estaba de nuevo. Esta vez, desde una de las ventanas de su casa. Una ventana en penumbras, que quedaba justo a la altura de la mía. La luz del candelabro que llevaba entre manos le iluminaba el rostro y grité. Grité tanto que mis padres me escucharon y veloces se presentaron en mi habitación, con sus rostros tallados de preocupación.
Les conté lo que había visto, pero ya era demasiado tarde. Mis palabras parecían una sarta de mentiras creadas por una niña rebelde que odiaba su casa nueva.
Esa noche no dormí nada. La imagen tenebrosa de los ojos del vecino desde la ventana se repetía en bucle en mi cabeza. Me despertaba entre sudoraciones, agitada y casi sin aliento.
Jamás volví a mirar por esa ventana.
La llegada del amanecer fue el acontecimiento más demorado de mi corta vida. Me coloqué los zapatos y bajé a desayunar envuelta en greñas. Se notaba en las bolsas negras que crecían bajo mis ojos, que la noche no había sido buena. Mi padre había salido por trabajo y nos encontrábamos solas, mi madre y yo. No quise decir ni una palabra de lo ocurrido durante la noche, sería en vano. Sin embargo, mi madre rompió el silencio haciéndome la petición que me llevó a relatar esta historia.
Mi madre se acercó con una panetela olorosa y cubierta de ralladura de coco. Me pidió con dulzura que se la entregara a los vecinos en agradecimiento por el gesto de ayer.
Abrí los ojos como platos. ¡No quería ir a allí!
No después de la pesadilla que viví entre las cuatro paredes de mi habitación. Me negué un par de veces, pero la mirada recia de mi madre no daba cabida a queja alguna. Tragué con fuerza. Caminé despacio hasta la puerta de casa. Crucé la calle y con cada paso contaba hasta veinte.
Todo va a estar bien, Laura.
Al llegar al inmenso portal de los vecinos contuve la respiración. Las columnas talladas con intrincados diseños coloniales le daban un toque peligroso al lugar, o quizás yo estaba demasiado indispuesta para apreciarlas como algo bello. La colosal puerta, teñida de rojo con aldaba plateada, se encontraba entreabierta. Nunca se me ocurriría entrar a una casa ajena sin ser invitada, así que toqué el timbre.