Por allá por los 90, la libreta de abastecimiento era una burla. Decía mi abuela. Tan inútil como los estómagos disfuncionales de cientos de cubanos. Hasta que abrió la carnicería #333. La tercera de Centro Habana, en el edificio 3 de la tercera circunscripción. Aun con el olor rancio de la sangre seca y fuera de frío, las colas doblaban la altura de un edificio de aquellos que ahora parecen a punto de derrumbarse. Nadie nunca se cuestionó porqué solo abría sus oxidadas rejas en las noches de viernes. Nadie jamás preguntó si el color carmín alarmante de aquel pedazo de cerdo era normal. Porque era cerdo. Eso nadie ni siquiera lo puso en duda. Mi abuela...ella...en cambio, no se parece a nadie. Ya no es la misma de entonces. No desde el día en que el asqueroso lunar peludo de la vecina se mostró en su plato, adornando una piel crocante, deliciosamente encurtida y comprada justo a las diez en punto de la noche.
Microcuento publicado por la Revista Independiente de Literatura Cubana "El Bohemio"