La niña amaba pintar. Amaba los colores y los tonos. Tanto que se enajenó del mundo mezclando y mezclando. Creaba con su pincel tonalidades hermosas y lo encontró. Halló ese tono extraño que siempre supo que descubriría. La pintura, bizarra y oscura, goteaba de las cerdas. Se acercó a olfatear. No olía a nada, ni acrílico, ni madera, ni disolvente. Pero sí lo veía. La picazón en los ojos la atacó. Se frotó los ojos. Después... no existió otro color.