Abuelo murió diciendo que la herencia era cosa del azar. Que no podría predecir a quién le tocaría qué. Parecía algo absurdo, hasta hace dos noches. Me desperté con un dolor punzante en el brazo y vi mi piel retorcerse como enjambre de gusanos. Agarré un cutter e hice una incisión. Tras un hilo de sangre negra, un dedo arrugado como el suyo, se abría paso bajo mi piel.