Las Horas de la Bruma

Capítulo 1: El tic

Cardenia,
Barrio del Archivo Bajo,
Madrugada, tercer día del mes de Azahar,

Lyris despertó en el tramo exacto donde su vida había empezado a parecerle, por fin, una línea recta.

No fue un sobresalto. No se incorporó jadeando ni buscó un arma bajo la almohada. Abrió los ojos con la calma de quien ha terminado una tarea larga y, durante unos segundos, se permitió lo que a una madrina se le concede pocas veces sin pagar un precio, quedarse quieta y aceptar el alivio como un hecho material, no como una superstición.

La habitación estaba ordenada con una disciplina que no era decorativa. El cajón inferior del escritorio cerrado. La silla colocada en ángulo, como la había dejado la noche anterior para obligarse a no sentarse de cualquier modo. El candil apagado, la mecha recortada para que no humeara la próxima vez. La jarra de agua con su tapa, para que no entrara polvo. La ropa doblada en el respaldo, con la camisa por encima del abrigo, porque sabía que, si la veía al revés, perdería un minuto corrigiéndola. Los minutos, para ella, no se “gastaban”. Se registraban. En el borde del escritorio, con el peso exacto para no curvarse, estaba la carta. No era una carta romántica ni una despedida. Era una carta de cierre. El papel, grueso, de pulpa prensada, llevaba un sello de lacre color vino, bien estampado. Un sello que confirmaba lo que ella había forjado durante semanas sin elevar la voz, sin dejar huellas en sitios equivocados, sin pedir favores que después se cobraran con intereses. Una resolución, una firma, un retiro. Para cualquiera habría sido burocracia. Para ella era la evidencia de que un “final feliz” existe, siempre que se construya con una mezcla de paciencia, cálculo y un respeto casi cruel por los detalles. Le bastó ver el sello para recordar el camino completo sin necesidad de releerlo. La audiencia donde nadie levantó la voz, pero todos midieron cada pausa. El corredor estrecho del palacio menor, donde las botas suenan distinto según el guardia de turno. La sala de espera con bancos de madera y un tapiz barato que cubría una grieta en la pared. La pluma del secretario temblando apenas, cuando se le pidió que repitiera una fecha. El gesto de una mujer que entendió que estaba siendo salvada sin que nadie pudiera agradecerlo en público.

Lyris había cerrado esa etapa. Y había cerrado otra, más personal, que no cabía en sellos ni firmas. Por eso, cuando oyó el sonido, tardó un instante en aceptarlo como real.

Tic.

No fue un golpe metálico ni un crujido de madera. Fue un chasquido seco, mínimo, repetido, con la cualidad de algo que no depende del aire. No venía de una pared que se dilataba, ni de un clavo que cede, ni de un reloj barato. No había reloj en la habitación. Ella no toleraba relojes cerca de su cama.

Tic.

El sonido no encajaba con nada visible, y eso fue lo que la obligó a moverse.

Se sentó despacio. Puso los pies en el suelo. Sintió el frío en las plantas, el tipo de frío que indica que la casa ha guardado la noche sin corrientes. Miró primero el candil, luego la ventana, luego el techo. No porque esperara encontrar un mecanismo, sino porque su mente necesitaba agotar lo obvio antes de admitir lo improbable.

Tic.

Se levantó. Caminó hacia la pared del norte, donde el yeso era más nuevo. Pegó el oído. Nada. Volvió a oírlo, pero no allí. Era como si el sonido se negara a quedar fijado a un punto. Probó con el suelo. Se arrodilló y apoyó la oreja en las tablas. Allí, el tic era más claro, pero no más fuerte. Más nítido, como si el sonido tuviera filo. Se apartó, se puso en cuclillas, se inclinó, y el tic cambió de lugar sin cambiar de ritmo.

No era un problema de volumen. Era un problema de geometría.

Lyris dejó de buscar con la desesperación de quien teme un intruso y empezó a buscar con la frialdad de quien está ante una anomalía que debe clasificarse.

Primero, descartó que fuese un animal. No había arañazos. No había rastro de polvo movido en las esquinas. No había olor. En el Archivo Bajo las ratas eran una institución, y ella sabía distinguir un roedor por el modo en que el silencio se rompe. Esto no era eso. Luego, descartó que fuese un vecino. Las casas del barrio eran delgadas, sí, y los sonidos viajaban, pero ese tic no tenía reverberación. No llevaba consigo el aire del otro lado. No era un golpe en una pared ajena. Era un sonido que parecía producirse dentro de la misma medida del cuarto.

Tic.

Se enderezó y miró el escritorio de nuevo. La carta seguía allí. El sello intacto. El borde del papel sin curvarse. En el margen inferior, donde ella recordaba una línea corta de cortesía, creyó ver otra palabra. No era palabra nueva escrita con tinta fresca. Era la misma tinta. El mismo trazo. Pero el recuerdo que Lyris tenía de esa frase no encajaba con lo que sus ojos estaban leyendo.

No fue una sensación vaga. No fue un “creo que decía otra cosa”. Fue una disonancia concreta, casi física, como cuando una cerradura acepta la llave y, aun así, el giro se siente mal.

Acerco la carta a la luz de la ventana. La madrugada todavía no entraba limpia; era un gris sucio, suficiente para leer con esfuerzo. Releyó la frase.

Volvió a leerla.

—No.

La palabra salió de su boca como una prueba, no como una queja. Un sonido breve, sin intención de convencer a nadie.

Fue entonces, cuando sintio que la garganta se le endureció.

No fue dolor. Fue resistencia. Como si hablar de aquello, incluso pronunciar un “no” sin nombre propio, hubiese encontrado una barrera. Lyris se quedó quieta, midiendo el efecto, y en ese instante entendió que la anomalía no era sólo auditiva.

El tic seguía.

La carta seguía.

Y su voz, por primera vez en mucho tiempo, no obedecía con normalidad.

Una madrina de la Bruma no cree en “señales” del modo en que cree un mortal. No por superioridad, sino por entrenamiento. Las madrinas trabajan sobre lo que el resto llama destino, y lo hacen con el cuidado que un médico pondría al tocar un órgano que no puede reemplazar. Su autoridad no se basa en milagros. Se basaba en procedimientos. Y sin embargo, el tic no pedía procedimientos. Los imponía.




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