I
El sol de julio de 2008 apenas comenzaba a calentar los techos de la pequeña casa de adobe en el distrito de San Juan de Lurigancho, cuando la voz de la vecina Doña Rosa cortó el susurro de las mantas que envolvían a la recién nacida Miriam. Había pasado exactamente siete días desde que sus pulmones hubieran tomado su primer aliento en este mundo, siete días en los que sus padres, Ana y Roberto Márquez, habían vivido la felicidad más intensa de sus vidas. Roberto había construido con sus propias manos el pequeño cuna de madera que ahora reposaba en el rincón de la sala, tallando en su cabecera las palabras “Nuestra estrella más brillante”. Ana había tejido con lana de alpaca los mantones suaves que protegían a su hija del frío de la madrugada limeña, cosiendo en cada esquina un pequeño amuleto de colores para alejar las malas energías.
Pero ese domingo, el destino decidió escribir un final diferente para la pareja joven. Roberto había salido antes del amanecer a buscar medicinas para Ana, que sufría de fiebre después del parto. Manejaba la vieja camioneta que había heredado de su padre, una máquina que le había costado años de trabajo reparar y mantener. En la curva peligrosa de la carretera que llevaba al pueblo vecino, un camión cargado de arena perdió el control y se estrelló contra él de lleno. Los testigos dijeron que no hubo tiempo de hacer nada, que el impacto fue tan fuerte que la camioneta quedó reducida a un montón de metal retorcido. Cuando llegaron los primeros auxilios, Roberto ya no tenía signos de vida.
Mientras tanto, en la casa, Ana había sentido un escalofrío que le había recorrido el cuerpo desde los pies hasta la cabeza, como si un hilo invisible que la unía a su marido se hubiera roto de golpe. Intentó levantarse para llamar a Doña Rosa, pero se sintió débil y comenzó a tener fuertes dolores en el pecho. La vecina, que había escuchado el grito ahogado de la joven, entró corriendo y encontró a Ana tendida en el suelo, con la mano sobre el corazón y los ojos llenos de lágrimas que no llegaban a caer. “Roberto…”, murmuró antes de cerrar los párpados para siempre. Doña Rosa intentó reanimarla, golpeándole suavemente el pecho y gritando su nombre, pero la oscuridad ya había cubierto su mirada.
Cuando llegaron los policías y los miembros de la parroquia, encontraron a Doña Rosa sentada en el suelo, abrazando a la pequeña Miriam contra su pecho, mientras las lágrimas caían sobre el rostro rosado de la bebé. La niña no lloraba, simplemente miraba con sus ojos grandes y oscuros hacia el techo, como si entendiera que el mundo que había conocido por siete días se había desvanecido para siempre. El párroco Padre Francisco, un hombre de barba blanca y manos callosas por años de trabajo con los más necesitados, se arrodilló junto a ellas y hizo la señal de la cruz sobre la frente de la bebé. “Que Dios la proteja”, dijo en voz baja, mientras los oficiales hacían los trámites correspondientes para registrar la doble muerte.
En las horas siguientes, la noticia se extendió por el distrito como un incendio en un campo seco. Los vecinos se reunieron en la calle frente a la casa de los Márquez, compartiendo sus condolencias y preguntándose qué pasaría con la pequeña Miriam. Nadie sabía que los padres de Ana y Roberto habían fallecido años atrás, y que no había parientes cercanos que pudieran cuidar de la niña. Doña Rosa, que ya tenía sesenta años y vivía sola después de que su marido y sus hijos se hubieran ido a vivir al extranjero, ofreció cuidarla temporalmente mientras se encontraba una familia que la adoptara. “No puedo dejarla sola”, dijo con determinación, aunque en su interior sabía que sus fuerzas y sus recursos eran limitados.
Los primeros días fueron los más difíciles. Miriam lloraba durante horas seguidas, como si buscara el calor del pecho de su madre o el vozarrón de su padre. Doña Rosa la llevaba en brazos por toda la casa, cantándole las mismas canciones que había cantado a sus propios hijos, caminando de un extremo a otro hasta que la niña se quedaba dormida. La vecina tenía que trabajar en la tienda de abarrotes del pueblo para ganar algo de dinero, así que durante el día, Miriam era cuidada por la hija mayor de la dueña de la tienda, una chica de dieciocho años llamada Susana. Aunque Susana era buena con los niños, no tenía mucho tiempo para dedicarle, así que la pequeña pasaba muchas horas sola en la cuna, mirando las paredes blancas de la habitación o jugando con los pocos juguetes que Doña Rosa había conseguido con su dinero ahorrado.
II
Pasaron los meses y Miriam comenzó a crecer. Tenía el cabello castaño oscuro como el de su padre y los ojos color avellana de su madre, una combinación que hacía que la gente se detuviera a mirarla cuando Doña Rosa la llevaba a pasear por el mercado. Pero junto con el reconocimiento por su belleza, comenzaron los comentarios y los rechazos. Algunas mujeres del pueblo decían que la niña estaba marcada por la mala suerte, que habría sido mejor que hubiera muerto junto con sus padres para no llevar esa maldición a quien la cuidara. Doña Rosa intentaba ignorarlos, pero a veces las palabras llegaban hasta el corazón y le hacían llorar en secreto, mientras Miriam dormía tranquilamente a su lado.
Cuando Miriam cumplió tres años, Doña Rosa decidió inscribirla en el jardín infantil del distrito. Era un pequeño centro educativo dirigido por las hermanas de la caridad, donde los niños pobres recibían enseñanza básica y una merienda diaria. La primera mañana, Doña Rosa se vistió a Miriam con el único vestido nuevo que tenía, un conjunto de color rosa claro con volantes en las mangas, y la llevó hasta el jardín con mucho cuidado. Pero cuando llegaron, la hermana María, una mujer estricta con gafas gruesas y voz seria, miró a la niña de arriba abajo y dijo: “¿Es esta la huérfana? Tenemos que tener cuidado con ella, no queremos que sus penas infecten a los demás niños”. Miriam no entendió lo que había dicho, pero sintió cómo el aire se enfriaba alrededor suya y cómo los otros niños se alejaban de ella cuando Doña Rosa la dejó en el salón.
Ese día, cuando Doña Rosa fue a buscarla, encontró a Miriam sentada en un rincón solitario, jugando con una piedra que había encontrado en el suelo. Los otros niños estaban juntos en el centro de la sala, cantando y bailando alrededor de la hermana María, pero nadie había invitado a Miriam a unirse a ellos. “¿Por qué no juegas con los demás?”, preguntó Doña Rosa con voz suave, acercándose a ella. La niña levantó la cabeza y sus ojos se llenaron de lágrimas. “No quieren que esté con ellos”, dijo en voz baja, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla. Doña Rosa la abrazó fuerte contra su pecho y prometió que la llevaría a otro lugar, pero en su interior sabía que no había muchos lugares donde la niña fuera bien recibida.
Los años pasaron y la situación no mejoró. En la escuela primaria, Miriam fue la niña a la que nadie quería sentarse al lado, a la que los compañeros llamaban “la huérfana de mala suerte” y a la que los profesores veían con indiferencia. Aun así, ella era una estudiante aplicada, que pasaba horas estudiando en la pequeña mesa que Doña Rosa había puesto en su habitación, con la luz de una bombilla de bajo consumo que a menudo parpadeaba por los cortes de luz. Tenía un talento especial para las matemáticas y la literatura, escribiendo pequeños cuentos en un cuaderno que le había regalado la única maestra que le había mostrado algo de cariño, la profesora Elena. “Tienes un regalo, Miriam”, le dijo una vez, mientras corregía su tarea. “No dejes que nadie te haga olvidarlo”.
Pero los rechazos seguían llegando. Cuando cumplió doce años, Doña Rosa se enfermó gravemente de pulmones y tuvo que ser ingresada en el hospital. Miriam se quedó sola en la casa, cuidándose a sí misma con lo poco que sabía hacer. Los vecinos, que antes la habían ignorado, ahora comenzaron a decir que era una niña desagradecida, que no hacía nada por ayudar a la mujer que la había criado. Algunos incluso le quitaban cosas de la casa cuando ella salía a buscar comida o a visitar a Doña Rosa en el hospital. Una tarde, cuando regresó después de pasar varias horas en el centro médico, encontró que la pequeña nevera que tenían había sido vaciada y que el dinero que Doña Rosa había guardado en un cajón estaba desaparecido. Se sentó en el suelo y lloró durante horas, preguntándose por qué el mundo era tan cruel con ella, por qué todos parecían tener algo contra ella sin siquiera conocerla.
Doña Rosa murió seis meses después, en una mañana fría de julio. Miriam la acompañó hasta el final, sosteniéndole la mano y hablándole de los planes que tenían para el futuro, de cómo cuando ella fuera grande la cuidaría a ella como ella la había cuidado a ella. La mujer cerró los ojos con una sonrisa en los labios, murmurando el nombre de su marido y de sus hijos, y después el de Miriam. La niña, que ahora tenía trece años, se quedó sola en el mundo, con una casa que no era suya y unos pocos muebles que no valían nada. El alcalde del distrito se encargó de encontrarle un hogar en un orfanato en el centro de Lima, un lugar grande y frío donde había cientos de niños en situaciones similares a la suya.
III
El orfanato “Nuevo Amanecer” era un edificio de tres plantas de color gris, con ventanas altas que no dejaban pasar mucho sol y pasillos largos y oscuros que parecían nunca terminar. Miriam fue recibida por la directora, una mujer llamada Doña Luisa que tenía la cara dura por años de trabajar con niños con problemas. “Aquí tienes que seguir las reglas”, le dijo en su primera conversación. “Trabajas, estudias y no haces problemas. Si no te comportas, no tendrás lugar aquí”. Miriam asintió con la cabeza, aunque en su interior sentía cómo se cerraba un poco más su corazón, como si cada rechazo fuera una piedra que la iba cubriendo por completo.
En el orfanato, los rechazos eran aún más fuertes. Los niños mayores la intimidaban, quitándole su comida o rompiendo sus cuadernos de estudios. Los menores la ignoraban, creyendo lo que les decían los mayores sobre ella. Los trabajadores del lugar la veían como una carga más, alguien que necesitaba atención pero que no valía la pena invertir tiempo en ella. Aun así, Miriam siguió estudiando, aprovechando cada momento libre para leer los libros que encontraba en la pequeña biblioteca del orfanato, libros viejos y desgastados que hablaban de mundos lejanos y de personas que habían superado grandes dificultades. Leía sobre héroes que luchaban contra la adversidad, sobre mujeres que habían conseguido sus sueños a pesar de todos los obstáculos, y esos cuentos le daban fuerzas para seguir adelante.
Cuando cumplió quince años, comenzó a trabajar en una pequeña panadería cerca del orfanato, ayudando a hornear pan y vender los productos en la tienda. El dueño, un hombre llamado don Pedro, era bueno con ella, pagándole un pequeño sueldo que le permitía comprar algunas cosas que necesitaba, como ropa nueva o útiles escolares. Pero incluso allí, los clientes a menudo la miraban con desprecio, algunos incluso decían que no querían que ella les tocara el pan, creyendo que traía mala suerte. Una tarde, una mujer llegó a la panadería y cuando Miriam le entregó el paquete con los productos que había comprado, la mujer lo dejó caer al suelo y dijo: “No quiero nada que haya tocado una huérfana como tú. Me da asco”. Miriam se agachó para recoger el pan que se había caído, sintiendo cómo las lágrimas quemaban sus ojos, pero no dijo nada. Don Pedro la defendió, echará a la mujer de la panadería y le dijo a Miriam que no hiciera caso de esas palabras, pero el daño ya estaba hecho.
Los siguientes años fueron una sucesión de momentos difíciles y lágrimas silenciosas. Miriam estudió hasta terminar la escuela secundaria, trabajando de día y estudiando de noche, con el sueño de poder entrar a la universidad y convertirse en contadora, como le había gustado a su padre. Pero cuando presentó los exámenes de ingreso, descubrió que no tenía dinero para pagar la matrícula ni para mantenerse mientras estudiaba. El orfanato no podía seguir cuidándola después de los dieciocho años, así que se vio obligada a buscar trabajo a tiempo completo para poder sobrevivir. Encontró un empleo como asistente administrativa en una pequeña empresa de construcción, donde su jefe, un hombre llamado Sr. García, la trataba con desprecio, dándole las tareas más difíciles y pagándole menos de lo que correspondía. Sus compañeras de trabajo la ignoraban, hablando de ella a sus espaldas y haciéndole pasar por alto las oportunidades de ascenso.
Cuando cumplió dieciocho años, Miriam se mudó a un pequeño cuarto de alquiler en un barrio humilde de Lima, con paredes desgastadas y un baño compartido con otros tres apartamentos. Se sentó en su cama de una plaza y media, mirando el pequeño ventanal que daba a un callejón oscuro, y recordó todos los años de sufrimiento que había vivido. Desde que había nacido, había conocido solo rechazos, desprecios y dolor. Había llorado más lágrimas de las que creía posible que un ser humano pudiera contener, y se preguntaba si su vida siempre sería así, si alguna vez encontraría un lugar donde fuera aceptada y querida. En ese momento, mientras las lágrimas caían sobre sus manos entrelazadas, prometió a sí misma que haría todo lo posible para cambiar su destino, que no permitiría que el dolor la derrotara. Pero en su interior, una voz pequeña le decía que quizás nunca sería feliz, que quizás estaba condenada a sufrir por el resto de sus días.
Justo en ese momento, escuchó un golpe suave en la puerta de su cuarto. Se secó las lágrimas con la manga de su blusa y fue a abrir. En el umbral se encontraba un joven de unos veintiún años, con el cabello castaño rizado y los ojos color azul, sonriendo de una manera que hizo que el corazón de Miriam diera un salto inesperado. “Hola”, dijo el joven con una voz cálida. “Soy Carlos, vivo en el apartamento de al lado. Vi que acababas de llegar y quise darte la bienvenida. ¿Te gustaría tomar un café conmigo?”
Miriam se quedó mirándolo por unos segundos, sin saber qué decir. Había mucho tiempo que nadie le había hablado con tanta amabilidad, mucho tiempo que nadie le había ofrecido algo tan simple como un café. Después de unos instantes, asintió con la cabeza, sintiendo cómo una pequeña chispa de esperanza se encendía en su interior, una chispa que había creído extinguida para siempre.
Editado: 16.02.2026