“Es donde podemos construir lo que queremos”. Miriam escuchó atentamente, sintiendo cómo por primera vez en años alguien realmente le prestaba atención a lo que ella tenía que decir. Cuando le contó sobre su vida, sobre la muerte de sus padres, Doña Rosa, el orfanato y todos los rechazos que había sufrido, Carlos no la interrumpió ni mostró piedad por ella – algo que Miriam siempre había odiado – sino que la miró a los ojos con comprensión y dijo: “No te mereciste nada de eso. Eres una persona fuerte, y eso tiene valor más allá de lo que la gente pueda entender”.
Esa noche, Miriam regresó a su cuarto con la cabeza llena de pensamientos sobre Carlos. Había sentido una conexión inmediata con él, como si sus almas se hubieran conocido en otro lugar y otro tiempo. Durante los siguientes días, comenzaron a verse con frecuencia: Carlos la esperaba después de su trabajo para caminar juntos hasta el mercado y comprar comida, o la invitaba a su cuarto para escuchar música y ver los dibujos que estaba haciendo. A veces, él le enseñaba a pintar con acuarelas, sentados en el pequeño balcón de su apartamento mientras el sol se ponía sobre los tejados de Lima. Miriam descubrió que tenía un talento oculto para el arte, que sus manos, acostumbradas a trabajar y estudiar, también sabían crear formas y colores hermosos sobre el papel.
Carlos la hizo sentir especial de maneras que ella nunca había imaginado. Le traía flores silvestres que recogía en sus caminatas por el cerro, le escribía pequeños poemas en los bordes de sus cuadernos de trabajo, y nunca dejaba de elogiar su inteligencia y su belleza. “Tienes los ojos más profundos que he visto en mi vida”, le dijo una tarde mientras la miraba pintar un paisaje de la costa limeña. “En ellos se ven todos los océanos del mundo”. Miriam sintió cómo su rostro se calentaba y bajó la mirada, pero en su interior, un sentimiento cálido y desconocido se expandía por todo su cuerpo. Por primera vez, alguien la quería por lo que era, sin juzgarla por su pasado ni por las palabras de los demás.
Pasaron los meses y su relación se hizo más seria. Carlos la presentó a sus amigos de la universidad, un grupo de jóvenes creativos y abiertos de mente que la recibieron con los brazos abiertos. Para Miriam, era como entrar en un mundo completamente nuevo – un mundo donde la creatividad y la bondad eran valoradas más que el dinero o el origen familiar. En las reuniones de los sábados por la noche, cuando todos se juntaban en el taller de uno de sus amigos para pintar, tocar música o simplemente hablar de sus sueños, Miriam se sentía realmente parte de algo. Por primera vez en dieciocho años, no lloró por la soledad ni por los rechazos del pasado; en cambio, rió hasta que le dolían los costados y sintió que su corazón estaba lleno de una alegría que nunca había creído posible.
Carlos le pidió que viviera con él, diciendo que así podrían ayudar mutuamente con los gastos y tener más tiempo para estar juntos. Miriam aceptó sin dudarlo. Se mudó sus pocas pertenencias a su apartamento y comenzó a organizar el pequeño espacio con cuidado, poniendo plantas en las ventanas, cosiendo cortinas de tela barata y cocinando los platos típicos que Doña Rosa le había enseñado a preparar. Carlos decía que su ceviche era el mejor del mundo, y que nadie cocinaba ají de gallina como ella. Por las mañanas, se despertaban juntos, él para ir a la universidad y ella para su trabajo en la empresa de construcción. Por las noches, cenaban juntos y hablaban de sus planes: Carlos quería exponer sus pinturas en una galería reconocida, y Miriam seguía soñando con estudiar contaduría en la universidad. “Juntos podemos conseguirlo todo”, le decía Carlos mientras la abrazaba fuerte contra su pecho. “Solo tenemos que apoyarnos el uno al otro”.
II
La primavera de 2026 llegó con un sol más cálido y flores que brotaban en cada rincón de la ciudad. Miriam había conseguido un aumento en su trabajo, gracias a su dedicación y a los conocimientos que había ido adquiriendo con los cursos que tomaba en las noches. Carlos, por su parte, había conseguido su primera exposición individual en una pequeña galería del distrito de Barranco, un lugar conocido por su vida artística y bohemia. La noche de la inauguración, Miriam se vistió con el único vestido elegante que tenía – un modelo negro que había comprado en una tienda de segunda mano – y acompañó a Carlos con orgullo. Ver sus pinturas colgadas en las paredes de la galería, con gente admirando cada trazo y cada color, hizo que su corazón se llenara de emoción. “Esto es solo el comienzo”, le dijo Carlos mientras saludaba a los invitados. “Muy pronto seremos reconocidos en todo el país”.
Pero justo en ese momento de felicidad, los primeros signos de la traición comenzaron a aparecer. Carlos comenzó a llegar tarde a casa, diciendo que tenía que trabajar en nuevas pinturas o asistir a reuniones con galeristas. A veces, olía a perfume femenino o llevaba en su ropa pelos claros que no pertenecían a Miriam. Ella intentó no pensar mal, diciéndose a sí misma que era solo su imaginación, que Carlos la quería y que no tendría motivos para engañarla. Pero una tarde, cuando fue a buscarlo a la universidad porque se había olvidado su almuerzo, lo encontró en el patio trasero abrazado a una chica rubia con la que había trabajado en la exposición. La joven llevaba la camisa de Carlos sobre sus hombros y sus manos estaban en el cuello de él, mientras él la besaba con pasión.
Miriam se quedó paralizada en la puerta del patio, sintiendo cómo el mundo se desvanecía a su alrededor. El almuerzo que llevaba en la mano cayó al suelo, y el envoltorio se abrió, dejando que el arroz con pollo se esparciera sobre la tierra. Carlos se giró al escuchar el ruido y sus ojos se abrieron de par en par cuando vio a Miriam. La chica rubia se soltó de él y desapareció rápidamente por una puerta lateral. “Miriam, por favor, déjame explicarte”, dijo Carlos, acercándose a ella con las manos extendidas. Pero ella no pudo decir nada – las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas con una fuerza que no podía controlar, y dio media vuelta y corrió fuera de la universidad, sin mirar atrás.
Llegó a su apartamento y comenzó a empacar sus cosas con manos temblorosas. Todas las promesas, todos los besos, todas las palabras de amor que Carlos le había dicho pasaron por su mente como un filme en reversa. Se preguntó cómo pudo haber sido tan tonta, cómo pudo haber creído que alguien realmente la quería después de todos los rechazos que había sufrido. Justo cuando pensaba que había encontrado la felicidad, el destino le había dado otro golpe, más fuerte que todos los anteriores. Cuando Carlos llegó a casa una hora después, encontró a Miriam sentada en el suelo con sus pertenencias empacadas en una maleta vieja. “No tengo nada que decirte”, dijo ella sin mirarlo. “Solo quiero irme”.
Carlos intentó detenerla, arrodillándose frente a ella y pidiéndole perdón. “Fue un error”, dijo con lágrimas en los ojos. “No significa nada. Te quiero a ti, solo a ti”. Pero Miriam había escuchado suficientes promesas en su vida. Se levantó, cogió su maleta y se dirigió a la puerta. “No puedo volver a confiar en ti”, dijo con voz rota. “Después de todo lo que he pasado, no puedo permitirme volver a sufrir por alguien que no valora lo que tiene”. Antes de salir, se giró y miró por última vez al hombre que había creído ser el amor de su vida. “Gracias por mostrarme que puedo ser feliz”, dijo en voz baja. “Pero ahora tengo que aprender a serlo sin ti”.
III
Miriam se mudó a un cuarto más pequeño y más barato en el distrito de El Agustino, en una zona donde los ruidos del tráfico y las voces de los vecinos no le dejaban dormir por las noches. Volvió a su vida de soledad y trabajo, pasando las mañanas en la empresa de construcción y las tardes estudiando en la biblioteca pública más cercana. Sus compañeras de trabajo notaron el cambio en ella – volvió a ser la mujer callada y reservada que habían conocido antes de que conociera a Carlos, y nadie se atrevía a preguntarle qué había pasado. Solo su jefe, el Sr. García, le dijo una tarde: “Si necesitas un día libre o algo más, solo tienes que decirlo. Todos pasamos por momentos difíciles”.
Las lágrimas volvieron a ser su compañera constante. Lloraba en el autobús mientras iba al trabajo, en el baño de la empresa durante el descanso, y en su cuarto por las noches, abrazada a la almohada para que nadie la oyera. Sentía que había perdido no solo a Carlos, sino también la fe en sí misma y en los demás. Se preguntaba si realmente estaba condenada a pasar la vida sola, si el amor y la felicidad eran cosas que estaban reservadas para otros, pero no para ella. A veces, encontraba los dibujos que había hecho con Carlos en el fondo de su maleta, y los miraba con nostalgia, recordando los momentos felices que habían compartido antes de que la traición destruyera todo.
Pasaron los meses y el dolor comenzó a disminuir un poco, aunque nunca desapareció completamente. Miriam decidió enfocarse en sus estudios, inscribiéndose en un curso intensivo de contaduría en una escuela técnica de la ciudad. Trabajaba extra horas en la empresa para pagar los gastos del curso, y pasaba todas sus noches libres estudiando los libros de contabilidad, resolviendo ejercicios y preparándose para los exámenes. El esfuerzo valió la pena: seis meses después, obtuvo su certificado como asistente contable y consiguió un mejor empleo en una empresa de servicios financieros, con un sueldo más alto y oportunidades de crecimiento.
Con el tiempo, comenzó a volver a salir con algunas amigas que había conocido en el curso, mujeres que también habían pasado por dificultades en sus vidas y que la entendían. Ellas la animaban a salir, a conocer gente nueva, pero Miriam se negaba siempre, diciendo que no estaba lista para volver a confiar en nadie. “El amor solo trae dolor”, les decía. “Prefiero estar sola y tranquila que volver a pasar por lo que pasé con Carlos”. Sus amigas la comprendían, pero también sabían que ella se estaba cerrando al mundo, que el miedo a la traición la estaba impidiendo vivir la vida que se merecía.
Un día, mientras caminaba por el parque Kennedy después de su trabajo, se detuvo frente a un grupo de músicos callejeros que tocaban música tradicional peruana. Cerca de ellos, un hombre de unos veinticinco años estaba tomando fotografías con una cámara profesional, capturando los gestos de los músicos y la alegría de la gente que los escuchaba. De repente, el hombre se giró y su cámara se enfocó en ella. Miriam intentó alejarse, pero él sonrió y le hizo una señal para que se quedara. “Tienes una expresión muy hermosa en la cara”, le dijo cuando terminó de tomar la foto. “La tristeza y la fortaleza se mezclan de una manera extraordinaria. ¿Te gustaría ver la foto?”
Miriam vaciló por un momento, pero algo en la mirada del hombre la hizo detenerse. Se acercó y vio la imagen en la pantalla de la cámara: era una foto de perfil, en la que se veía su rostro con la luz del atardecer detrás, y en sus ojos se notaba toda la historia de dolor y esperanza que había vivido. “Se llama ‘La luz después de la tormenta’”, dijo el hombre con una sonrisa cálida. “Me llamo Jorge. Soy fotógrafo independiente”. Miriam miró al hombre – tenía el cabello negro corto y bien cuidado, ojos color marrón oscuro y una sonrisa que transmitía tranquilidad y confianza. Por primera vez desde que se había separado de Carlos, sintió cómo una pequeña chispa de curiosidad y esperanza se encendía en su interior. “Me llamo Miriam”, dijo en voz baja, y por primera vez en mucho tiempo, sonrió de verdad.
Editado: 16.02.2026