Las Lagrimas De Miriam

EL FOTÓGRAFO Y LA LLUVIA

CAPÍTULO 3: EL FOTÓGRAFO Y LA LLUVIA
I
Jorge invitó a Miriam a tomar un jugo de lúcuma en un pequeño puesto cerca del parque, donde el vendedor conocía a todos sus clientes por nombre y sabía exactamente cómo les gustaba su bebida. Mientras esperaban su pedido, Jorge le contó que se dedicaba a fotografiar historias de vida – personas que habían superado dificultades, comunidades que luchaban por mejorar sus condiciones, artistas que buscaban mostrar su talento al mundo. “Creo que cada persona tiene una historia que merece ser contada”, dijo, ajustando la correa de su cámara que colgaba de su hombro. “Y la fotografía es mi manera de hacerlo”.
Miriam escuchó con atención, sintiendo cómo las paredes que había construido alrededor de su corazón comenzaban a abrirse un poco. Cuando le contó brevemente sobre su vida – sin entrar en detalles de la traición de Carlos – Jorge no la juzgó ni le dijo que todo pasaría, sino que simplemente dijo: “Tu historia debe ser muy fuerte. Me gustaría poder fotografiarla algún día, si te sientes cómoda con eso”. Miriam sonrió con tristeza y negó con la cabeza. “Aún no estoy lista para mostrar mi historia al mundo”, respondió. “Tal vez algún día”.
En los días siguientes, Jorge comenzó a aparecer en el parque cada tarde a la misma hora, siempre con su cámara en mano, capturando momentos de la vida cotidiana limeña. A veces, se acercaba a Miriam cuando ella iba caminando después del trabajo y le mostraba las fotos que había tomado – niños jugando con piedras en la acera, ancianos compartiendo un mate en la plaza, parejas bailando salsa en las calles empedradas de Barranco. Miriam descubrió que ver el mundo a través de la lente de Jorge era diferente – él veía la belleza en lo simple, la fortaleza en lo frágil, la esperanza en lo oscuro.
Una tarde de lluvia intensa, Miriam se refugió en el porche de una iglesia cercana al parque, esperando a que la tormenta pasara. De repente, vio a Jorge corriendo hacia ella, cubriendo su cámara con su chaqueta para protegerla del agua. “¡Qué casualidad!”, dijo con una sonrisa, aunque estaba completamente mojado. “No encontré ningún lugar mejor para refugiarme”. Miriam le ofreció parte del espacio bajo el porche y sacó un pañuelo de su bolso para que se secara la cara. Mientras esperaban, la lluvia creció con fuerza, transformando las calles en ríos de agua clara que llevaban consigo hojas secas y papeles voladores.
“Me gusta la lluvia”, dijo Jorge después de un rato de silencio. “Limpia todo lo que está sucio, hace que las plantas crezcan más fuertes, y parece que borra los errores del pasado”. Miriam miró hacia afuera, donde las gotas golpeaban el suelo con un sonido rítmico. “Para mí, la lluvia siempre ha sido como mis lágrimas”, respondió en voz baja. “Muchas y constantes, como si el cielo también llorara por mí”. Jorge la miró a los ojos, y en su mirada había una compasión que no sentía como piedad, sino como entendimiento. “Tal vez”, dijo suavemente, “la lluvia también está preparando el terreno para que crezcan cosas nuevas en tu vida”.
Cuando la lluvia cesó, el sol apareció entre las nubes, creando un arcoíris perfecto que se extendía sobre el cielo de Lima. Jorge sacó su cámara y tomó una foto de Miriam mientras ella miraba el arcoíris, con la luz dorada del sol iluminando su rostro. “Esta se llamará ‘Después de la tormenta’”, dijo, mostrándole la imagen. Miriam vio su propia cara en la pantalla – no había tristeza en sus ojos, sino algo que parecía ser esperanza. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió realmente bella, no por cómo lucía, sino por cómo se veía desde dentro.
II
Comenzaron a verse con más frecuencia. Jorge la invitaba a acompañarlo en sus sesiones de fotografía, llevándola a lugares de Lima que ella nunca había visitado – barrios antiguos con calles de adoquines, mercados coloridos llenos de frutas y flores, centros comunitarios donde gente trabajaba juntas para mejorar su vida. Miriam ayudaba a Jorge a organizar sus equipos, hablaba con las personas que él fotografiaba para hacerlas sentir cómodas, y a veces tomaba fotos ella misma con una cámara antigua que él le había prestado. “Tienes ojo para esto”, le dijo Jorge una vez, viendo las imágenes que había tomado de un grupo de niños que jugaban en un jardín. “Sabes cómo capturar la verdad de un momento”.
Jorge también comenzó a acompañarla a sus clases de contaduría avanzada, esperándola fuera del aula con un jugo o un sandwich. Le ayudaba con los ejercicios más difíciles, usando su habilidad con los números para explicarle conceptos complejos de una manera sencilla. “Nunca pensé que la contabilidad pudiera ser interesante”, dijo una noche mientras estudiaban juntos en la biblioteca pública. “Pero cuando tú me lo explicas, parece tan fácil”. Miriam sonrió y le dio un codazo suave. “Es porque tú te tomas el tiempo de entenderlo”, respondió. “A diferencia de algunos profesores que solo quieren terminar su clase”.
Con el tiempo, Miriam comenzó a abrirse más con Jorge, contándole sobre Carlos y la traición que había sufrido. Hablar de ello no fue fácil – las lágrimas llegaron varias veces mientras contaba la historia – pero Jorge la escuchó sin interrumpirla, sosteniéndole la mano con suavidad y permitiéndole llorar lo que necesitara. Cuando terminó de hablar, él dijo: “No tienes que temer al amor porque una persona no supo valorarte. Eso no significa que no haya alguien más que lo haga. Simplemente significa que aún no has encontrado a la persona correcta”.
Miriam no sabía si estaba lista para volver a creer en el amor, pero sabía que estar con Jorge se sentía bien – se sentía como volver a casa después de un largo viaje. Él nunca la presionaba para que tomara decisiones que no estaba lista para tomar, nunca hablaba de futuro ni de planes juntos a menos que ella lo hiciera primero. Se contentaba con estar a su lado, apoyándola en sus metas y ayudándola a ver que valía la pena luchar por sus sueños.
Un día, Jorge le contó sobre un proyecto que estaba preparando – una exposición de fotografías sobre mujeres que habían superado grandes adversidades en su vida. Quería mostrar que detrás de cada historia de dolor había una historia de fortaleza y valentía. “Me gustaría que fueras parte de esta exposición”, dijo, mirándola a los ojos. “No solo como modelo, sino también como colaboradora. Podrías ayudarme a entrevistar a las mujeres, organizar los datos y hacer los presupuestos para la exposición”. Miriam vaciló por un momento – la idea de mostrar su historia al mundo aún la asustaba – pero la oportunidad de trabajar en algo tan significativo era irresistible. “Estoy lista”, dijo finalmente. “Quiero ayudar. Y tal vez… tal vez esté lista para compartir mi historia también”.
III
Los meses siguientes estuvieron llenos de trabajo y emoción. Miriam y Jorge recorrieron Lima buscando mujeres dispuestas a compartir sus historias – madres solteras que trabajaban para criar a sus hijos, mujeres que habían superado enfermedades graves, empresarias que habían comenzado desde cero, estudiantes que luchaban por terminar sus estudios a pesar de las dificultades. Cada historia que escuchaban les recordaba que el sufrimiento era parte de la vida de muchas personas, pero que también lo era la capacidad de superarlo y seguir adelante.
Miriam se encargó de organizar toda la parte administrativa del proyecto – hizo los presupuestos, contactó a galerías para la exposición, negoció con proveedores para los marcos y los folletos, y ayudó a Jorge a seleccionar las fotografías que formarían parte de la muestra. Su formación en contaduría le fue de gran ayuda, y Jorge siempre la elogiaba por su eficiencia y su capacidad para encontrar soluciones a los problemas que iban surgiendo. “No sé qué haría sin ti”, le dijo una tarde mientras terminaban de empacar las fotografías para llevarlas a la galería. “Eres la mejor compañera de trabajo que podría desear”.
Mientras trabajaban juntos, la relación entre ellos fue creciendo de manera natural y tranquila. No hubo declaraciones de amor dramáticas ni promesas grandiosas – simplemente se dieron cuenta de que no podían imaginar su vida sin la otra. Una noche, después de terminar de montar la exposición en la galería de Barranco, se sentaron en el suelo del gran salón vacío, mirando las fotografías que habían colgado en las paredes. La luz de las lámparas del techo iluminaba las imágenes de mujeres fuertes y valientes, cada una con su propia historia de superación.
“Todas estas mujeres son hermosas”, dijo Miriam en voz baja. “Cada una de ellas ha luchado tanto y ha conseguido tantas cosas”. Jorge la miró y tomó su mano. “Tú también eres una de ellas”, dijo suavemente. “Tu historia es igual de valiosa, igual de hermosa. Y yo… yo te admiro más de lo que las palabras pueden decir”. Miriam sintió cómo su corazón se llenaba de una emoción cálida y profunda. Miró a Jorge, vio la sinceridad en sus ojos, y supo que esta vez era diferente – esta vez, el amor que sentía era real, sincero y duradero.
“Yo también te admiro”, respondió, acercándose un poco más a él. “Y… yo te quiero, Jorge. No sé cuándo comenzó, pero sé que no puedo vivir sin ti”. Jorge sonrió y la acercó a su pecho, besándole suavemente la frente. “Yo te quiero desde el primer momento en que te vi”, dijo. “Desde que vi tu rostro en el parque y supe que tenías una historia que necesitaba ser contada. Pero más que eso, sé que eres la persona con la que quiero compartir el resto de mi vida”.
Mientras se abrazaban en el salón vacío, con las fotografías de mujeres valientes como testigos de su amor, Miriam sintió cómo todas las lágrimas que había derramado durante los años desaparecían, reemplazadas por una sensación de paz y plenitud. Sabía que el camino no habría sido fácil, que había sufrido mucho y había llorado más de lo que creía posible. Pero también sabía que todo ese dolor había valido la pena, porque lo había llevado hasta ese momento, hasta la persona que la quería y la valoraba como se merecía.
Al día siguiente, la exposición titulada “Mujeres de Luz” se inauguró con gran éxito. La galería estaba llena de gente que venía a ver las fotografías y escuchar las historias de las mujeres que habían participado. Miriam se paró en un rincón, viendo cómo la gente admiraba el trabajo que habían hecho juntos, y sintió un orgullo que nunca antes había experimentado. Jorge se acercó a ella y le tomó la mano. “¿Quieres saber algo?”, dijo con una sonrisa. “He estado hablando con la directora de la galería, y ella quiere que extendamos la exposición por otros dos meses. Además, algunos medios quieren hacer reportajes sobre el proyecto”.
Miriam sonrió y miró hacia las fotografías que cubrían las paredes. Entre ellas, una de ella – la que Jorge había tomado después de la lluvia, con el arcoíris detrás – con una leyenda debajo que decía: “Miriam Márquez – Contadora, luchadora y ejemplo de fortaleza. Sus lágrimas han sido el agua que ha regado el camino hacia su felicidad”. En ese momento, Miriam cerró los ojos por un instante y dio gracias por todo lo que había vivido – por los sufrimientos, por los rechazos, por la traición y por la esperanza que nunca había perdido del todo. Sabía que aún quedaban cosas por hacer, sueños por cumplir y desafíos por enfrentar, pero ahora tenía a alguien a su lado que la apoyaría en cada paso del camino.
“Estoy lista para lo que venga”, dijo en voz baja, mirando a Jorge a los ojos. “Juntos podemos conseguirlo todo”.




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