I
El viaje de regreso a Lima desde Cusco fue diferente a cualquier otro que hubieran hecho juntos. La alegría de la propuesta de matrimonio llenaba cada kilómetro del camino, y aunque seguían trabajando en los detalles de la gira de la exposición – la próxima parada sería Trujillo – sus conversaciones ahora giraban en torno a planes para el futuro: dónde vivirían, cómo organizarían su hogar, cuándo sería la boda. Miriam quería una boda sencilla, con familiares y amigos cercanos, mientras Jorge soñaba con celebrarla en un lugar especial – tal vez en el valle sagrado de los Incas, o en la playa norte de Lima, donde el mar se encontraba con el desierto.
“No importa dónde sea”, dijo Miriam una mañana mientras desayunaban en un pequeño pueblo en la carretera. “Lo único que importa es que estemos juntos y que las personas que queremos estén ahí para compartirlo con nosotros”. Jorge tomó su mano sobre la mesa y la besó suavemente. “Tienes razón”, respondió. “La boda es solo el comienzo – lo importante es la vida que construiremos después”.
Cuando llegaron a Lima, recibieron una sorpresa agradable. La empresa donde Miriam trabajaba le ofreció un ascenso a jefa del departamento de contabilidad, con un sueldo mayor y horarios más flexibles que le permitirían continuar sus estudios universitarios sin problemas. “Tu trabajo en la exposición ha demostrado tu capacidad para liderar proyectos y trabajar en equipo”, le dijo su jefe, el Sr. Mendoza. “Creemos que eres la persona indicada para este puesto”. Miriam aceptó con gratitud, sabiendo que este avance profesional era el resultado de años de esfuerzo y dedicación.
Jorge también recibió buenas noticias – una galería internacional de fotografía en España había visto la exposición “Mujeres de Luz” en línea y les había propuesto llevarla a Europa el próximo año, con la posibilidad de mostrarla en ciudades como Madrid, Barcelona y París. “Es un sueño hecho realidad”, dijo Jorge, mostrando el correo electrónico a Miriam con los ojos brillantes de emoción. “Nunca imaginé que nuestro trabajo llegaría tan lejos”. Miriam abrazó fuerte a su prometido, sintiendo un orgullo inmenso por todo lo que había logrado. “Te lo mereces”, dijo. “Tu pasión por la fotografía y por contar historias verdaderas es lo que hace que tu trabajo sea tan especial”.
Con todos estos cambios en sus vidas, Miriam y Jorge decidieron buscar un lugar donde vivir juntos de manera permanente. Encontraron un pequeño departamento en el distrito de Miraflores, con ventanas que daban al océano y un balcón donde podían tomar café mientras veían el atardecer. El lugar necesitaba algunas reparaciones y decoración, pero ambos estaban emocionados por la idea de construir su hogar juntos. Miriam diseñó un plan de presupuesto detallado para las reformas, mientras Jorge se encargaba de los diseños y la selección de materiales.
“Quiero que este lugar sea un refugio para nosotros”, dijo Miriam mientras revisaban los planos de la reforma. “Un lugar donde podamos descansar después del trabajo, estudiar, crear y simplemente estar juntos”. Jorge asintió, dibujando en un cuaderno los diseños para una pequeña oficina donde Miriam pudiera estudiar y trabajar, y un taller donde él pudiera desarrollar sus fotografías y preparar sus proyectos. “También necesitamos un espacio para recibir a nuestros amigos y a las mujeres de la exposición”, dijo. “Un lugar donde puedan venir a charlar, compartir sus historias y apoyarse unas a otras”.
II
A medida que avanzaban las reformas del departamento, Miriam comenzó a recibir visitas de algunas de las mujeres que habían participado en “Mujeres de Luz”. Ellas venían a contarle sus nuevas historias – algunas habían conseguido empleos mejores, otras habían comenzado sus propios negocios, algunas habían regresado a estudiar, y todas habían encontrado una nueva fuerza y confianza en sí mismas. “Tu historia nos ha dado esperanza”, dijo Rosa, una mujer de cuarenta años que había superado una enfermedad grave y ahora trabajaba como voluntaria en un hospital local. “Sabemos que si tú pudiste superar todo lo que pasaste, nosotros también podemos hacerlo”.
Una tarde, mientras estaba organizando sus documentos de trabajo en la nueva oficina, recibió una llamada telefónica de un abogado que desconocía. “Buenos días, ¿es la Sra. Miriam Márquez?”, preguntó la voz del otro lado de la línea. “Soy el licenciado Rodríguez, y estoy llamando por cuenta de la herencia de los señores Roberto y Ana Márquez, sus padres”. Miriam se quedó helada en su silla – nunca había imaginado que sus padres pudieran dejarle algo, ya que creía que no tenían nada de valor cuando murieron. “¿Herencia?”, preguntó con voz temblorosa. “Mis padres murieron cuando yo era bebé – no tenían nada que dejarme”.
El abogado explicó que Roberto Márquez había heredado una pequeña parcela de tierra en el distrito de Chaclacayo, en las afueras de Lima, de su abuelo. Había olvidado registrarla a su nombre después de la muerte de sus padres, pero los documentos habían sido encontrados recientemente en el archivo notarial. Además, en una caja fuerte que había pertenecido a Ana Márquez se habían encontrado algunas joyas de familia y una suma de dinero que ella había ahorrado durante años para el futuro de su hija. “Sus padres amaban mucho a su bebé”, dijo el licenciado Rodríguez. “Hicieron todo lo posible para asegurar su futuro, incluso cuando no pudieron estar con ella”.
Miriam colgó el teléfono y se quedó sentada en silencio durante varios minutos, procesando la noticia. Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas – esta vez, lágrimas de tristeza por no haber podido conocer a sus padres como persona, pero también de gratitud por el amor que habían tenido por ella, incluso después de su muerte. Cuando Jorge llegó a casa, la encontró así, con las manos entrelazadas y las lágrimas rodando por sus mejillas. “¿Qué pasa, amor?”, preguntó preocupado, acercándose a ella y abrazándola.
Miriam le contó sobre la llamada del abogado, y juntos decidieron visitar la parcela de tierra en Chaclacayo lo antes posible. Al día siguiente, tomaron un taxi hasta el lugar – era una extensión de tierra verde con algunos árboles frutales y una pequeña casa de adobe que parecía haber estado abandonada por años. Mientras caminaban por la tierra, Miriam sintió una conexión profunda con ese lugar – como si sus padres la estuvieran esperando ahí, como si ese pedazo de tierra fuera un puente entre el pasado y el presente.
“Podríamos hacer muchas cosas aquí”, dijo Jorge, mirando el terreno con interés. “Un huerto comunitario, un centro de formación para mujeres, un lugar donde las familias puedan venir a descansar y conectarse con la naturaleza”. Miriam asintió, sintiendo cómo una nueva idea comenzaba a tomar forma en su mente. “Mis padres querían asegurar mi futuro”, dijo. “Pero creo que ellos estarían de acuerdo en que usemos esto para asegurar el futuro de otras personas también. Para ayudar a las mujeres que, como yo, han sufrido rechazos y necesitan una oportunidad”.
Juntos comenzaron a hacer planes para la parcela – Miriam se encargaría de la parte administrativa y financiera, mientras Jorge se ocuparía del diseño y la coordinación con la comunidad local. Decidieron llamarlo “El Jardín de Ana”, en honor a su madre, y su propósito sería ofrecer cursos de capacitación, talleres de emprendimiento y apoyo emocional a mujeres en situación de vulnerabilidad. “Esta será nuestra manera de dar gracias por todo lo que hemos recibido”, dijo Miriam, tocando la tierra con sus manos como si pudiera sentir la presencia de sus padres. “Esta será nuestra manera de asegurar que sus sacrificios no hayan sido en vano”.
III
Los preparativos para la boda avanzaban a pasos agigantados. Miriam y Jorge habían decidido celebrarla en la parcela de Chaclacayo, después de hacer algunas reparaciones mínimas en la pequeña casa y limpiar el terreno. Quería una boda al aire libre, con flores silvestres, comida casera y la música de los músicos callejeros que habían conocido en el parque Kennedy. Las invitaciones eran sencillas, hechas a mano por Jorge y algunas de las mujeres de la exposición, con fotografías de flores silvestres que él había tomado.
Una semana antes de la fecha fijada para la boda, Miriam recibió una visita inesperada. Era Susana, la chica que la había cuidado cuando Doña Rosa trabajaba en la tienda de abarrotes. Habían perdido el contacto años atrás, pero Susana había escuchado de la boda a través de los vecinos de San Juan de Lurigancho y había querido venir a saludarla. “No puedo creer lo mucho que has crecido”, dijo Susana, abrazándola fuerte. “Recuerdo cuando eras una bebé tan pequeña, llorando por tu mamá y tu papá. Ahora eres una mujer tan fuerte y exitosa”.
Susana le contó que también había pasado por momentos difíciles – se había casado joven, había tenido dos hijos y luego se había separado de su marido. Pero había conseguido estudiar y ahora trabajaba como enfermera en un hospital del distrito. “Tu historia me ayudó a seguir adelante cuando todo parecía imposible”, dijo. “Doña Rosa siempre hablaba de ti, de lo inteligente y valiente que eras. Decía que ibas a ser alguien importante, y tenía razón”.
Juntos visitaron la tumba de Doña Rosa, llevándole flores y contándole sobre la boda y los planes para “El Jardín de Ana”. Susana le contó a Miriam que muchos vecinos del barrio querían venir a la boda, que todavía recordaban a la niña huérfana que había crecido entre ellos y estaban muy orgullosos de todo lo que había logrado. “Queremos ayudarte con el jardín”, dijo Susana. “Hay muchas mujeres en el barrio que necesitan oportunidades, y estaríamos encantadas de colaborar en lo que podamos”.
El día de la boda llegó con un sol radiante y un aire fresco que llegaba desde las montañas. La parcela de Chaclacayo había sido decorada con flores silvestres, telas de colores y faroles de papel que Jorge había hecho con sus propias manos. Los invitados comenzaron a llegar temprano – las mujeres de la exposición, los amigos de la universidad y del trabajo, los vecinos de San Juan de Lurigancho, los músicos del parque Kennedy y muchos otros que habían sido tocados por la historia de Miriam y el trabajo de Jorge.
El padre Francisco, el párroco que había bendecido a Miriam cuando era bebé, había aceptado celebrar la ceremonia. Llegó temprano y se encontró con Miriam en la pequeña casa, donde ella se preparaba con la ayuda de sus amigas. “Te veo a Ana en tus ojos”, dijo el padre Francisco, mirándola con ternura. “Y a Roberto en tu fortaleza. Ellos estarían muy contentos de verte así, tan feliz y rodeada de amor”. Miriam sintió cómo las lágrimas de emoción llenaban sus ojos. “Gracias por estar aquí, padre”, dijo. “Gracias por no haber dejado sola a una bebé hace diecinueve años”.
La ceremonia se celebró bajo un dosel de ramas de eucalipto y flores blancas, con el sol iluminando el campo verde. Jorge llegó acompañado por su mejor amigo, un fotógrafo que había conocido en la universidad, y cuando vio a Miriam caminando hacia él sostenida por el brazo del Sr. Mendoza – quien había ofrecido ser su padrino – sus ojos se llenaron de lágrimas. Miriam llevaba un vestido sencillo de tela blanca que había sido cosido por una de las mujeres de la exposición, con flores silvestres en el cabello y el anillo de plata que Jorge le había dado en Cusco en su dedo.
Durante la ceremonia, el padre Francisco habló sobre el amor como fuerza transformadora, sobre cómo el sufrimiento puede convertirse en fortaleza y cómo las personas podemos ayudar a los demás a encontrar su camino. Cuando llegó el momento de los votos, Jorge tomó la mano de Miriam y dijo: “Miriam, conocerte ha sido el regalo más grande de mi vida. Has enseñado me que la fortaleza y la bondad pueden cambiar el mundo. Prometo amarte, respetarte y apoyarte en todos tus sueños, hoy y por siempre”.
Miriam miró a los ojos de su prometido y dijo: “Jorge, tú has sido la luz en mi camino después de muchos años de oscuridad. Has enseñado me que el amor verdadero existe y que vale la pena confiar en él. Prometo amarte, respetarte y trabajar junto a ti para hacer del mundo un lugar mejor, hoy y por siempre”.
Después de que el padre Francisco declarara que eran marido y mujer, los músicos comenzaron a tocar música tradicional peruana, y todos los invitados se unieron en una danza alegre en medio del campo. La comida fue preparada por las mujeres del barrio y las participantes de la exposición – ceviche, ají de gallina, causa limeña, tamales y muchos otros platos típicos que hacían honor a la cocina peruana. Durante la cena, varias personas se levantaron para hablar de Miriam y Jorge – de cómo su historia había inspirado a muchos, de cómo su trabajo estaba cambiando vidas, de cómo su amor era un ejemplo de que la felicidad es posible a pesar de todo.
Cuando el sol comenzó a ponerse, Jorge tomó su cámara y tomó una fotografía de Miriam, que estaba rodeada de mujeres sonrientes, con la casa de adobe y el campo verde al fondo. La luz del atardecer iluminaba su rostro, y en sus ojos se veía toda la paz y la felicidad que había encontrado después de tantos años de sufrimiento. “Esta será la portada de nuestro próximo proyecto”, dijo Jorge, mostrándole la imagen. “El proyecto sobre ‘El Jardín de Ana’ y todas las mujeres que allí encontrarán su camino”.
Miriam miró la fotografía y luego miró a su alrededor – a su marido, a sus amigos, a las mujeres que habían encontrado en su camino, al campo que había sido un regalo de sus padres. Sintió cómo todas las lágrimas que había derramado durante su vida – lágrimas de dolor, de soledad, de traición – habían sido transformadas en lágrimas de alegría, de gratitud y de amor. Cerró los ojos por un instante y dijo en voz baja, como si estuviera hablando con sus padres, con Doña Rosa y con todas las personas que habían formado parte de su camino: “Todo valió la pena”.
Editado: 16.02.2026