Las Lagrimas De Miriam

RAÍCES Y FRUTOS

CAPÍTULO 6: RAÍCES Y FRUTOS
I
Los primeros meses de matrimonio transcurrieron entre la euforia de la boda y el ajetreo de los proyectos que tenían en marcha. “El Jardín de Ana” comenzaba a tomar forma con la ayuda de voluntarios de la comunidad y algunas donaciones que habían conseguido gracias a la difusión de la exposición “Mujeres de Luz”. Miriam había organizado los primeros cursos de capacitación en contabilidad básica y emprendimiento para mujeres, mientras Jorge se encargaba de documentar cada paso del proceso con su cámara, capturando las expresiones de esperanza y determinación en las caras de las participantes.
Una mañana de septiembre, mientras Miriam revisaba los presupuestos del jardín en su oficina del departamento de Miraflores, sintió un mareo súbito que la obligó a sentarse rápidamente. Jorge, que estaba trabajando en su taller al lado, la oyó soltar un pequeño grito y corrió a su lado. “¿Qué pasa, amor?”, preguntó con preocupación, colocándole una mano en la frente. “Estás muy caliente”. Miriam sonrió débilmente, apoyándose en su hombro. “No sé”, respondió. “Solo me siento un poco mareada. Quizás he estado trabajando demasiado”.
Jorge la obligó a descansar en el sofá y llamó a la doctora, quien sugirió que fuera a hacer una revisión médica lo antes posible. Al día siguiente, después de los exámenes, la doctora les dio la noticia que cambiaría sus vidas para siempre: Miriam estaba embarazada de dos meses. “Son gemelos”, dijo la profesional con una sonrisa, mostrándoles la ecografía donde se podían ver dos pequeños puntos brillantes. “Todo parece estar bien – tu esposa es fuerte y los bebés se están desarrollando perfectamente”.
Miriam y Jorge se miraron sin poder creer lo que acababan de escuchar. Las lágrimas de felicidad comenzaron a rodar por sus mejillas mientras se abrazaban con fuerza. “Dos bebés”, dijo Jorge en voz baja, besándole la cabeza a Miriam. “Nuestros hijos”. Miriam cerró los ojos, sintiendo una emoción tan intensa que le faltaba el aliento. Pensó en sus padres, en Doña Rosa, en todos los años de sufrimiento que había pasado – y ahora, en esta bendición que llegaba a su vida. “Ellos estarían muy felices”, dijo, refiriéndose a sus padres. “Habrían sido los mejores abuelos del mundo”.
La noticia se extendió rápidamente entre sus amigos y familiares. Las mujeres de “El Jardín de Ana” organizaron una pequeña celebración en la parcela de Chaclacayo, llevando comida casera y regalos para los bebés – ropa tejida a mano, mantas suaves y juguetes hechos con materiales naturales. “Esto es lo que queríamos”, dijo Rosa, una de las participantes del jardín. “Que las mujeres que hemos sufrido podamos tener la oportunidad de formar familias felices y darles a nuestros hijos un futuro mejor”.
A medida que avanzaba el embarazo, Miriam tuvo que ajustar su horario de trabajo y estudios para cuidar de su salud y la de los bebés. Su jefe en la empresa fue muy comprensivo, permitiéndole trabajar desde casa algunos días a la semana, y sus compañeras de la universidad le ayudaban con las tareas y los apuntes que se perdía. Jorge, por su parte, se convirtió en el cuidador más atento del mundo – cocinaba los platos que le gustaban a Miriam, la acompañaba a todas las citas médicas, le masajeaba los pies hinchados y leía cuentos en voz alta a los bebés mientras aún estaban en el vientre de su madre.
“¿Crees que ellos escuchan lo que les leo?”, preguntó Jorge una noche, acostado junto a Miriam con un libro de cuentos peruanos en la mano. Miriam sonrió, acariciando su barriga ya prominente. “Claro que sí”, respondió. “Ya les estoy enseñando las historias de nuestro país, para que cuando crezcan se sientan orgullosos de ser peruanos”. Jorge besó su barriga suavemente y continuó leyendo sobre la princesa Yma Sumac y los misterios de Machu Picchu, mientras la luna brillaba a través de las ventanas de su departamento.
II
Mientras esperaban la llegada de los bebés, “El Jardín de Ana” continuaba creciendo. Habían conseguido más donaciones gracias a la exposición que habían montado en Trujillo, y ahora contaban con un pequeño equipo de profesionales voluntarios que impartían cursos de cocina, costura, informática y liderazgo femenino. Miriam había diseñado un programa de microcréditos para las mujeres que querían iniciar sus propios negocios – pequeñas tiendas de abarrotes, servicios de limpieza, emprendimientos de artesanía – y ya habían otorgado las primeras diez becas.
Una tarde, mientras estaba en la parcela supervisando la construcción de un pequeño comedor comunitario, recibió la visita de una mujer que no conocía. Era doña Elena, la madre de Carlos. Miriam se sintió un poco nerviosa al principio, pero la anciana la saludó con una sonrisa cálida y extendió la mano hacia ella. “Soy madre de Carlos”, dijo. “Espero que no te moleste que venga a verte – he querido hacerlo desde que escuché sobre tu trabajo aquí”. Miriam la invitó a sentarse en una de las bancas del jardín y le ofreció un vaso de chicha morada casera que habían preparado en el curso de cocina.
“Doña Elena, gracias por venir”, dijo Miriam con voz calmada. “¿Cómo está Carlos?” La anciana suspiró y miró hacia el campo verde que se extendía a su alrededor. “Está bien – está trabajando en una galería de arte en Arequipa y parece haber encontrado su camino”, respondió. “Pero vino a verme hace poco y me habló de ti – de lo mucho que te admira, de lo mal que se sintió por lo que hizo. Quería pedirte perdón por él, por no haberlo educado mejor, por no haber enseñado le que el amor se basa en el respeto y la fidelidad”.
Miriam tomó la mano de doña Elena con suavidad. “Ya perdoné a Carlos hace tiempo”, dijo. “Y creo que él ya entendió la lección – todos cometemos errores, y lo importante es aprender de ellos y seguir adelante”. La anciana asintió con la cabeza, limpiándose una lágrima de la mejilla. “También vine a darte esto”, dijo, sacando una pequeña caja de madera de su bolsa. “Es un collar que pertenecía a mi madre – ella me lo dio cuando me casé, y yo se lo di a Carlos para que se lo diera a la mujer que eligiera como esposa. Él me lo devolvió después de separarse de ti, diciendo que solo tú lo mereces”.
Miriam abrió la caja y encontró un collar de plata con una pequeña cruz tallada en la que había incrustadas piedras de colores. Era hermoso, y se sentía cálido en sus manos como si llevara el calor de varias generaciones de mujeres. “No puedo aceptarlo”, dijo Miriam, intentando devolverle la caja. Pero doña Elena la detuvo con la mano. “Por favor, tómalo”, dijo. “Es un regalo de una madre a otra – sé que estarás criando a tus hijos con el mismo amor y dedicación que mis antepasadas pusieron en nuestras familias. Carlos estaría de acuerdo – me lo dijo él mismo”.
Miriam aceptó el collar con gratitud y se lo puso inmediatamente. Sentía que era un puente entre su pasado y su futuro, entre las personas que habían formado parte de su camino y las nuevas vidas que estaban por llegar. “Te invito a la fiesta cuando nazcan los bebés”, dijo a doña Elena. “Sería un honor tenerte ahí”. La anciana sonrió y la abrazó fuerte. “Claro que iré”, respondió. “Y Carlos también vendrá – quiere conocer a tus hijos, quiere ser su padrino si ustedes lo permiten”. Miriam sintió cómo su corazón se llenaba de paz – el pasado finalmente había encontrado su lugar, y el perdón había abierto el camino a nuevas relaciones y nuevas posibilidades.
A medida que se acercaba la fecha del parto, Miriam y Jorge prepararon la habitación de los bebés con mucho cariño. Jorge pintó las paredes de un color azul claro y verde pastel, y hizo estanterías de madera reciclada para colocar los juguetes y los libros. Miriam cosió cortinas de tela ligera con motivos de animales peruanos – llamas, vicuñas, cóndores – y organizó la ropa y los accesorios que habían recibido en las diferentes celebraciones. En la pared principal de la habitación, colocaron una gran fotografía que Jorge había tomado en la boda – Miriam rodeada de mujeres sonrientes, con la frase “Todo valió la pena” escrita debajo.
“Quiero que nuestros hijos crezcan viendo esta foto”, dijo Jorge una tarde mientras ajustaban la cuna doble que habían comprado. “Quiero que sepan que su madre es una mujer fuerte y valiente, que ha superado muchas dificultades para darles una vida mejor”. Miriam apoyó su cabeza en el hombro de su marido y miró la fotografía. “También quiero que sepan que no están solos”, dijo. “Que tienen una comunidad de mujeres valientes que las apoyarán, que tienen raíces profundas en esta tierra y que pueden lograr todo lo que se propongan”.
III
El día del parto llegó en una mañana lluviosa de enero – el verano limeño traía consigo lluvias tropicales que refrescaban la ciudad. Miriam comenzó a sentir dolores a las seis de la mañana, y Jorge la llevó rápidamente al hospital. Las horas siguientes fueron un trance de dolor y esperanza, pero Miriam se mantenía fuerte, recordando todas las dificultades que había superado en su vida y sabiendo que este era el camino hacia la felicidad más grande que podía imaginar.
A las dos de la tarde, los médicos anunciaron que era hora de llevarla a la sala de parto. Jorge la acompañó, sosteniéndole la mano y animándola con palabras de amor y fuerza. Después de unas horas de trabajo de parto, la sala se llenó del llanto fuerte y saludable de dos bebés – una niña y un niño. “¡Son sanos y fuertes!”, dijo la obstetra con una sonrisa, colocando a la niña en el pecho de Miriam y al niño en los brazos de Jorge.
Miriam miró a su hija – tenía el cabello negro como el de Jorge y los ojos color avellana como los suyos. Jorge miraba a su hijo con los ojos llenos de lágrimas – tenía el cabello castaño oscuro y los ojos azules que habían heredado de algún antepasado de la familia de Jorge. “¿Cómo los llamaremos?”, preguntó Jorge, mirando a su esposa con amor infinito. Miriam pensó por un momento y luego dijo: “Ana, en honor a mi madre. Y Roberto, en honor a mi padre”. Jorge asintió con emoción – era el nombre perfecto, un homenaje a los padres de Miriam que nunca habían podido conocer a sus nietos, pero cuyos amor seguía presente en sus vidas.
Las semanas siguientes fueron un torbellino de emociones, sueño interrumpido y cuidados constantes. Sus amigos y familiares se turnaban para visitarlos, llevando comida casera, ayudando con los quehaceres del hogar y cuidando de los bebés mientras Miriam y Jorge descansaban. Las mujeres de “El Jardín de Ana” organizaron un grupo de apoyo para nuevas madres, donde compartían consejos, experiencias y ofrecían ayuda mutua – algo que Miriam había soñado desde que comenzara el proyecto.
Un día, cuando los bebés tenían un mes de nacidos, decidieron llevarlos a la parcela de Chaclacayo para presentarles a la comunidad y a los espíritus de la tierra que les había sido legada por sus bisabuelos. Colocaron una manta de lana de alpaca en el suelo bajo el árbol de guayaba que había sido plantado por el abuelo de Miriam, y colocaron a Ana y Roberto sobre ella. Las mujeres del jardín se reunieron alrededor, cantando canciones tradicionales peruanas y ofreciendo bendiciones a los bebés.
El padre Francisco llegó también, y bendijo a los niños con agua bendita y oraciones por su futuro. “Ellos serán los guardianes de este lugar”, dijo el párroco, colocando sus manos sobre las cabezas de los bebés. “Ellos llevarán adelante el legado de amor y superación que su madre ha construido con tanto esfuerzo”. Miriam y Jorge se abrazaron, mirando a sus hijos con los ojos llenos de amor y esperanza.
Mientras el sol comenzaba a ponerse sobre la parcela, pintando el cielo de colores dorados y rosas, Miriam tomó el collar que doña Elena le había regalado y se lo puso a Ana, mientras Jorge colocaba un pequeño brazalete de plata que había hecho él mismo a Roberto. Miró a su alrededor – a su marido, a sus hijos, a las mujeres que habían encontrado en su camino, al campo verde que ahora era suyo, al cielo que parecía sonreírles – y sintió cómo todos los dolores y las lágrimas de su vida tenían un sentido ahora.
Jorge tomó su cámara y tomó una fotografía – Miriam sentada en la hierba con Ana y Roberto en sus brazos, con el árbol de guayaba y la casa de adobe al fondo, con las mujeres del jardín sonriendo a su alrededor. La luz del atardecer iluminaba su rostro, y en sus ojos se veía una paz y una felicidad que ninguna palabra podía describir. Cuando miró la imagen en la pantalla de la cámara, Jorge dijo en voz baja: “Esta es la foto más hermosa que he tomado en mi vida”.
Miriam miró a su marido y luego a sus hijos, que dormían tranquilamente en sus brazos, abrazados el uno al otro. Cerró los ojos por un instante y dio gracias a Dios, a sus padres, a Doña Rosa y a todas las personas que habían formado parte de su camino. Luego, abrió los ojos y dijo con una voz clara y firme, como si estuviera hablando para el mundo entero:




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