I
Los años pasaron volando como las hojas secas en el viento de la costa limeña. Ana y Roberto cumplieron cinco años, y su casa en Miraflores se llenaba de sus risas, sus juegos y sus preguntas interminables sobre el mundo que los rodeaba. La niña heredó la curiosidad de su madre y el ojo para las formas y los colores de su padre – pasaba horas dibujando en los cuadernos que Jorge le regalaba, creando mundos imaginarios llenos de flores gigantes y animales que hablaban. El niño, por su parte, tenía la mente analítica de Miriam y la pasión por la naturaleza de Jorge – se pasaba las tardes en “El Jardín de Ana”, ayudando a los voluntarios a cuidar las plantas y haciendo cuentas sobre cuántas frutas darían los árboles cada temporada.
“Mamá, ¿por qué se llama así el jardín?”, preguntó Roberto una tarde mientras comían fresas que habían cosechado en la parcela. Miriam sonrió, acariciando la cabeza de su hijo. “Se llama en honor a tu abuela materna”, respondió. “Ella fue una mujer muy valiente, y aunque no pudo estar conmigo cuando era pequeña, me amó tanto que dejó este lugar para que yo pudiera ayudar a otras mujeres”. Ana dejó su tenedor y miró a su madre con ojos grandes. “¿También lloraste mucho como las mujeres del jardín?”, preguntó. Miriam asintió, tomando la mano de su hija. “Sí, mi amor”, dijo. “Pero esas lágrimas me ayudaron a ser fuerte, y me llevaron hasta donde estoy hoy – con ustedes, con papá, en un lugar donde podemos hacer el bien”.
En esos cinco años, “El Jardín de Ana” se había convertido en un referente en Lima para el empoderamiento femenino. Habían expandido los cursos para incluir formación en liderazgo, derechos humanos y salud reproductiva, y contaban con más de cien mujeres inscritas en sus programas. Miriam había logrado graduarse con honores en Contaduría Pública, y ahora trabajaba como consultora independiente para pequeñas empresas lideradas por mujeres, ayudándolas a organizar sus finanzas y conseguir créditos para crecer. Jorge, por su parte, había publicado su primer libro de fotografías – “Mujeres de Luz: Historias de Superación en el Perú” – que se había convertido en un bestseller nacional y estaba a punto de ser traducido al español de España y al inglés.
La exposición también había llegado a Europa, como habían prometido – se había mostrado en Madrid, Barcelona y París, y cada vez más personas de todo el mundo estaban interesadas en conocer el trabajo que estaban haciendo en Perú. Jorge había sido invitado a dar charlas en universidades y centros culturales de varios países, y había conseguido donaciones internacionales para ampliar las instalaciones del jardín – ahora contaban con un centro de salud básica, una biblioteca y un taller de artesanía donde las mujeres podían vender sus productos.
Pero no todo había sido fácil. Hubo momentos en los que los recursos eran escasos, cuando las burocracias dificultaban el trabajo o cuando algunas personas no entendían la importancia de empoderar a las mujeres. Miriam había enfrentado críticas de algunos sectores conservadores que creían que las mujeres debían dedicarse solo al hogar, y había recibido amenazas anónimas que la habían obligado a tomar medidas de seguridad. Pero con el apoyo de Jorge, de sus hijos y de toda la comunidad del jardín, había sabido mantenerse firme en sus propósitos.
“Nunca podemos dejar que el miedo nos detenga”, le dijo a las mujeres del jardín durante una reunión después de una de esas amenazas. “Cada vez que alguien intenta silenciarnos, es porque saben que estamos haciendo cosas importantes. Tenemos que seguir adelante, porque nuestras hijas y nuestras nietas necesitan que les abramos el camino”.
II
Ana y Roberto comenzaron a asistir al colegio en el distrito de Miraflores – una institución pequeña pero con un enfoque en la educación integral y el respeto por la diversidad. Miriam y Jorge habían elegido ese colegio porque permitía que los niños llevaran alimentos caseros para el recreo – algo que les gustaba preparar juntos como familia – y porque contaba con programas de arte y naturaleza que encajaban perfectamente con los intereses de los gemelos.
La maestra de Ana, la profesora Patricia, se acercó a Miriam una tarde después de la clase para hablarle de su hija. “Ana es una niña muy especial”, dijo con una sonrisa. “Tiene un talento increíble para el dibujo y la pintura – sus obras son llenas de color y de sentimiento. Creo que deberíamos inscribirla en el concurso de arte infantil que organiza la embajada francesa este año”. Miriam sintió un orgullo inmenso al escuchar esas palabras – recordó cómo Jorge le había enseñado a pintar cuando apenas comenzaban a conocerse, y cómo ese arte le había ayudado a expresar emociones que no podía poner en palabras.
Mientras tanto, Roberto había encontrado en la clase de ciencias naturales su pasión por la agricultura sostenible. Su profesor, el señor Luis, le había enseñado sobre los sistemas de riego tradicionales de los Incas y sobre cómo cultivar alimentos sin usar pesticidas ni fertilizantes químicos. El niño había comenzado a crear su propio pequeño huerto en el balcón del departamento, plantando tomates, lechugas y hierbas aromáticas que usaban para cocinar. “Quiero que nuestro jardín sea el más grande del Perú”, dijo Roberto a su padre una noche mientras regaba sus plantas. “Así todas las personas podrán comer comida sana y nadie pasará hambre”.
Jorge decidió tomar estas pasiones de sus hijos como inspiración para un nuevo proyecto fotográfico – “Los Jóvenes Creadores: Futuro del Perú”. Quería mostrar cómo los niños y jóvenes del país estaban usando sus talentos y sus ideas para construir un mundo mejor. Ana fue una de las primeras en participar, posando con sus cuadernos de dibujos mientras explicaba las historias que contenían sus obras. Roberto posó en el huerto del balcón, con sus plantas en las manos y una sonrisa de orgullo en el rostro.
La exposición se inauguró en la galería de Barranco donde habían mostrado “Mujeres de Luz” años atrás, y contó con la participación de veinte niños y jóvenes de diferentes partes del Perú – algunos de zonas rurales, otros de ciudades, todos con historias inspiradoras de creatividad y compromiso social. Ana y Roberto asistieron a la inauguración con mucho entusiasmo, saludando a los otros participantes y explicando sus obras a los visitantes. Cuando Miriam vio a sus hijos en el centro de la galería, rodeados de gente que admiraba su trabajo, sintió cómo las lágrimas de felicidad llenaban sus ojos.
“Ellos son el futuro”, dijo Jorge, abrazándola por la cintura. “Ellos harán cosas que ni siquiera podemos imaginar”. Miriam asintió, mirando a sus hijos con amor infinito. “Solo espero que les podamos dejar un mundo mejor”, respondió. “Un mundo donde no haya rechazos ni desprecios, donde todos tengan oportunidades iguales”.
Ese mismo mes, recibieron la visita de Carlos y su nueva pareja, Sofía – una joven arquitecta que había conocido en Arequipa y con la que ahora trabajaba en proyectos de vivienda sostenible para comunidades pobres. Habían venido a Lima para presentar uno de sus proyectos en la municipalidad, y querían visitar a Miriam, Jorge y los niños. Cuando llegaron al departamento, Ana y Roberto los recibieron con los brazos abiertos – habían conocido a Carlos en algunas ocasiones anteriores, y el hombre se había convertido en un padrino cariñoso que siempre les traía regalos y les contaba historias de sus viajes.
“¡Mira qué grandes han crecido!”, dijo Carlos, levantando a Ana en sus brazos y acariciando la cabeza de Roberto. “Ana, tu padre me dijo que eres una gran artista – tengo ganas de ver tus dibujos”. Sofía, una mujer de ojos claros y sonrisa cálida, le dio a los niños unos libros de cuentos ilustrados y se acercó a Miriam para saludarla. “He escuchado mucho de ti”, dijo. “Carlos siempre habla de ti con admiración, y tu trabajo en el jardín es una inspiración para muchos de nosotros que queremos ayudar a cambiar el país”.
Durante la cena, Carlos contó cómo su vida había cambiado desde que se había separado de Miriam – había estudiado arquitectura sostenible, había encontrado su vocación en ayudar a las comunidades más necesitadas y había aprendido que el amor verdadero se basa en el respeto y la colaboración. “Te debo mucho, Miriam”, dijo, tomándole la mano sobre la mesa. “Tu fortaleza y tu capacidad de perdonarme me enseñaron lo importante que es ser una persona mejor. Sin ti, no estaría donde estoy hoy”.
Miriam sonrió y le apretó la mano. “Todos tenemos que aprender nuestras lecciones”, dijo. “Y estoy muy feliz de que hayas encontrado tu camino y a la persona que te acompaña en él”. Sofía sonrió y miró a Carlos con amor. “Él es una persona maravillosa”, dijo. “Y sé que parte de eso se debe a lo que vivió contigo”.
III
El invierno de 2031 llegó con un frío inusual para Lima, pero el calor de la comunidad del jardín mantenía calientes los corazones de todos los que allí participaban. Habían recibido una donación importante de una fundación internacional para construir un albergue temporal para mujeres víctimas de violencia doméstica – un lugar donde pudieran refugiarse, recibir apoyo emocional y capacitación para poder empezar una nueva vida. Miriam había dedicado todos sus esfuerzos a este proyecto, coordinando con organizaciones de ayuda social, buscando profesionales voluntarios y diseñando los planes administrativos y financieros.
La inauguración del albergue tuvo lugar en una mañana soleada de julio, justo en el cumpleaños de Doña Rosa. Miriam había querido que la fecha coincidiera para homenajear a la mujer que la había cuidado cuando era pequeña y que le había enseñado que la bondad y la solidaridad son las bases de una vida plena. Las autoridades locales asistieron a la ceremonia, junto con representantes de organizaciones internacionales y, por supuesto, las mujeres del jardín y algunas de las mujeres que ya se habían refugiado en el nuevo albergue.
Durante su discurso, Miriam habló de Doña Rosa, de sus padres, de todos los que habían formado parte de su camino. “Esta casa es un homenaje a todas las mujeres que han abrazado la soledad y el dolor para convertirlos en amor y esperanza”, dijo. “Es un lugar donde nadie será rechazada, donde nadie será despreciada – un lugar donde todas las mujeres podrán encontrar la fuerza para seguir adelante y construir un futuro mejor para ellas y para sus hijos”.
Ana y Roberto habían preparado un pequeño espectáculo para la inauguración – Ana había pintado un gran mural en una de las paredes del albergue, con flores de colores y mujeres de diferentes edades y razas abrazándose entre sí, y Roberto había organizado un pequeño huerto en el patio del albergue, plantando árboles frutales y hortalizas que las mujeres podrían cultivar. Cuando Miriam vio el mural y el huerto, sintió cómo su corazón se llenaba de una emoción tan intensa que le faltaba el aliento.
“Ellos ya están haciendo su parte”, dijo Jorge, apoyándose en su hombro. “Ellos ya están construyendo el mundo que queremos”. Miriam miró a sus hijos, que estaban rodeados de las mujeres del albergue, explicándoles cómo cuidar las plantas y qué significaban los colores del mural. Luego miró a Jorge, a Carlos y Sofía, a las mujeres del jardín, a todos los que habían venido a apoyar el proyecto – y sintió cómo todos los años de sufrimiento, todas las lágrimas que había derramado, habían sido transformados en algo hermoso y útil.
Después de la ceremonia, se retiraron a la parcela de Chaclacayo, donde las mujeres del jardín habían preparado una comida tradicional limeña. Mientras comían bajo el árbol de guayaba, Ana se acercó a su madre con un dibujo en la mano. Era un retrato de Miriam, con los ojos llenos de luz y una sonrisa en los labios, rodeada de flores y de niños. Debajo del dibujo, la niña había escrito con letras torpes pero claras: “Mi mamá – la mujer más fuerte del mundo. Todo valió la pena”.
Miriam tomó el dibujo con manos temblorosas y abrazó a su hija con fuerza. “Gracias, mi amor”, dijo con voz rota por la emoción. “Esto es el mejor regalo que alguien me podría dar”. Roberto se acercó también, llevando una pequeña cesta con las primeras tomates que había cosechado en su huerto. “Estos son para ti, mamá”, dijo. “Son los más dulces del mundo, porque los planté con mucho amor”.
Jorge tomó su cámara y tomó una fotografía – Miriam sentada en la hierba con Ana y Roberto a su lado, con el dibujo en una mano y la cesta de tomates en la otra, con el sol poniente iluminando su rostro y el campo verde extendiéndose a su alrededor. Cuando miró la imagen en la pantalla, vio la felicidad más pura que había capturado en toda su carrera fotográfica.
“Esta será la portada de mi próximo libro”, dijo Jorge con una sonrisa. “El libro sobre cómo el amor y el esfuerzo pueden transformar el mundo”. Miriam miró a su marido y luego a sus hijos, que estaban jugando con las otras crianças del jardín. Cerró los ojos por un instante y dio gracias por todo – por los dolores del pasado, por los desafíos del presente, por las esperanzas del futuro. Luego abrió los ojos y dijo en voz alta, para que todos pudieran escucharla: “Sí, mi amor. .
Editado: 16.02.2026