El amanecer los encontró lejos de la ciudad, en los límites del bosque muerto.
El aire allí olía distinto: a tierra vieja y a memoria.
Rin caminaba descalza, siguiendo un sendero cubierto de polvo azul. Kaen la observaba en silencio, mientras el viento parecía guiarlos con suavidad, empujando las hojas hacia una dirección específica.
—Nos está mostrando el camino —dijo Rin—. Hacia donde todo comenzó.
Horas después, el bosque se abrió ante ellos.
Y lo vieron.
Un claro escondido entre montañas, donde el tiempo parecía detenido.
En el centro, un lago de agua transparente reflejaba el cielo como un espejo.
Sobre su superficie flotaban flores luminosas que brillaban con tonos azules, dorados y blancos.
Era como si el viento se hubiera convertido en luz.
Kaen se acercó con paso lento.
—Es… hermoso.
Rin asintió, con una sonrisa triste.
—El Jardín del Pacto. Aquí los primeros humanos y espíritus sellaron su unión. Cada flor representa una promesa… y cada una que se marchitó, una traición.
Kaen se inclinó junto a una flor marchita. Cuando la tocó, una voz le susurró al oído, suave y lejana:
"Prometimos cuidar el aire, y lo vendimos por oro."
Retiró la mano, estremecido.
—Puedo oírlas.
—Son los recuerdos del viento —dijo Rin—. Las palabras que los humanos olvidaron.
En el centro del lago, una flor diferente brillaba más que todas.
De su interior emergía una piedra azul, flotando y pulsando con energía viva.
Rin la miró, con asombro y miedo.
—El fragmento del cristal… una parte del alma original.
Kaen avanzó, pero al acercarse, el viento cambió.
El aire se volvió pesado, y un murmullo oscuro llenó el lugar.
Una figura emergió entre las flores, formada de sombra y niebla: un espíritu antiguo, con ojos de fuego.
—Traidores… —susurró la criatura—. Juraron protegernos… y nos olvidaron.
Rin se interpuso.
—¡No vinimos a destruir! Venimos a restaurar el equilibrio.
El espíritu la observó, su voz resonando como un trueno.
—No hay equilibrio cuando el amor se rompe. Cuando los humanos quemaron este jardín, rompieron más que promesas… rompieron su alma.
Kaen sintió la culpa atravesarlo como un rayo.
El viento rugió, agitando las flores.
Entonces, sin pensar, cerró los ojos y susurró:
—Yo no romperé nada.
El aire se detuvo. El espíritu lo observó en silencio, y la sombra comenzó a desvanecerse.
—Tienes su voz… —dijo finalmente—. La voz del pacto.
La oscuridad se disipó, y en su lugar, el lago brilló con una luz cálida.
El fragmento del cristal flotó hacia Kaen, posándose sobre su mano.
Un latido se unió al suyo.
El viento volvió a cantar.
Rin lo miró, con lágrimas en los ojos.
—El cristal te reconoce.
Kaen sonrió suavemente.
—Entonces no todo está perdido.
Desde las montañas, sin embargo, un eco respondió al canto del viento.
Una voz fría y distante:
—El Consejo también te ha oído.
El cielo se oscureció de nuevo.
Las flores comenzaron a marchitarse.
Y el jardín, ese último lugar de belleza, volvió a temblar bajo la sombra del poder humano.
Editado: 05.11.2025