El viento soplaba distinto.
Ya no era un simple susurro: era una voz que los llamaba, firme y antigua.
Kaen y Rin dejaron atrás los límites de Aeryn.
Ante ellos se extendía el Sendero de los Ecos, una franja de tierra cubierta por una neblina azulada que marcaba la frontera entre el mundo humano y el de los espíritus.
—Lunaris está al otro lado —dijo Rin, mirando el horizonte—. Pero cruzar significa dejar parte de lo que somos.
Kaen apretó el fragmento del cristal que llevaba en su pecho.
—Entonces que el viento decida qué parte me queda.
Avanzaron juntos.
A cada paso, el aire se volvía más espeso. Los árboles crecían torcidos, y el suelo brillaba con luces que parecían moverse bajo la superficie.
El silencio era total.
Hasta que, de pronto, el cielo se abrió.
Frente a ellos apareció Lunaris: un bosque inmenso, flotando entre cascadas de luz. Las raíces de los árboles colgaban del vacío, y sobre ellos danzaban esferas luminosas que cantaban con voces infinitas.
Era hermoso… y aterrador.
Rin se arrodilló, con lágrimas en los ojos.
—Hogar —susurró—.
Kaen la miró, impresionado.
—¿Aquí naciste?
—Aquí me soñaron —respondió ella con una sonrisa triste—. Los espíritus me formaron del aire y del eco de una canción que nunca terminó.
El viento comenzó a arremolinarse a su alrededor, con un sonido agudo, como si los árboles susurraran entre sí.
Rin palideció.
—Nos sienten… saben que traemos el fragmento.
—¿Eso es malo?
—Depende de quién despierte primero —murmuró ella.
De entre las luces del bosque surgieron figuras transparentes: los antiguos espíritus, guardianes del equilibrio. Sus cuerpos estaban hechos de viento y agua, y sus ojos eran espejos en movimiento.
Rin y Kaen se inclinaron ante ellos.
Uno de los espíritus habló, su voz resonando en todas direcciones:
—Has regresado, hija dividida. ¿Vienes a restaurar el alma… o a romperla de nuevo?
Rin bajó la cabeza.
—Vengo a reparar lo que mi existencia dañó.
—Y tú, sangre mixta —dijo el espíritu, mirando a Kaen—, ¿qué juras entregar?
Kaen sostuvo su mirada.
—Mi voz. Si el mundo olvidó cantar, yo haré que lo recuerde.
Los espíritus se retiraron lentamente, y el aire volvió a brillar.
Una corriente invisible los envolvió, levantándolos del suelo.
El bosque se abrió, mostrando un abismo de luz líquida en su centro: el Corazón de Lunaris.
Rin miró hacia abajo, temblando.
—Si descendemos, no hay regreso.
Kaen tomó su mano.
—Entonces caigamos juntos.
Saltaron.
La luz los envolvió por completo, y el sonido del viento se convirtió en una melodía inmensa.
Mientras descendían, una sombra los observaba desde las alturas: Noct, el cazador libre.
Su voz resonó apenas, como un eco.
—Que el viento los proteja… porque el abismo ya despertó.
Editado: 05.11.2025