El amanecer llegó demasiado pronto.
Sobre Aeryn, el cielo brillaba con tonos imposibles: dorado, azul y blanco mezclados en una sinfonía que parecía venir del mismo corazón del mundo.
Las máquinas se detenían una por una. Las torres del Consejo, antes vibrantes de energía artificial, ahora temblaban bajo la fuerza del viento real.
Kaen caminaba entre las ruinas, con la pluma azul de Rin en la mano.
El aire estaba lleno de voces —no humanas, ni espirituales, sino algo entre ambas—.
El mundo entero parecía recordar.
En la torre más alta del Consejo, los líderes observaban el fenómeno con horror.
—¡Detén el flujo! —gritó uno de ellos—. ¡El cristal se está liberando!
Pero ya era tarde.
Kaen subió las escaleras con paso firme.
Cada paso que daba hacía vibrar las paredes, como si el edificio reconociera su presencia.
Cuando llegó a la cima, el viento lo envolvió por completo.
Allí lo esperaba Noct, de pie frente a la cámara central.
Su máscara estaba agrietada, y su voz sonaba cansada.
—Sabía que vendrías.
Kaen apretó el fragmento de cristal contra su pecho.
—El Consejo está destruyendo lo que queda. Tengo que detenerlos.
—No los detendrás con fuerza —dijo Noct—. Solo con verdad.
El aire se agitó, y las figuras del Consejo emergieron de las sombras, rodeándolo.
Sus cuerpos brillaban con la misma energía azul del cristal. Ya no eran completamente humanos.
—Nos convertimos en el futuro —dijo el líder, con voz hueca—. No necesitamos al viento, ni a los dioses.
Kaen los miró con calma.
—El viento no es un dios. Es la memoria de todo lo que alguna vez amó este mundo.
El líder levantó la mano.
—Entonces muere con tu nostalgia.
Una ráfaga de energía lo golpeó, lanzándolo al suelo.
El cristal en su pecho brilló con intensidad, respondiendo al ataque.
Kaen se levantó lentamente.
—No me escuchan… —susurró—. Entonces cantaré.
Cerró los ojos.
El viento comenzó a girar a su alrededor, creando un torbellino de luz.
Y con una voz temblorosa, comenzó a cantar.
No eran palabras humanas.
Era la Canción del Alma, la misma que su madre y Rin le habían enseñado a sentir.
El aire vibró. Las paredes se agrietaron.
Las máquinas comenzaron a apagarse una por una.
Y el Consejo cayó de rodillas, sus cuerpos disolviéndose en polvo de luz.
Desde el cielo, una ráfaga descendió con fuerza.
El viento se transformó en una figura luminosa, femenina y etérea.
Era Rin.
No como antes, sino como el espíritu del viento mismo.
—Kaen… —susurró ella, su voz un eco dulce y eterno—. Ya no hay abismo. Solo aire.
Kaen sonrió entre lágrimas.
—El mundo te canta otra vez.
Ella extendió una mano y tocó su rostro.
El viento se calmó.
El sol se alzó sobre Aeryn, y la luz cubrió todo.
Las torres del Consejo se derrumbaron suavemente, y de sus restos comenzaron a crecer flores.
Las calles metálicas se llenaron de raíces.
El cielo se limpió, y por primera vez en siglos… el mundo respiró libre.
Kaen cerró los ojos, dejando que el viento lo envolviera.
Una última voz resonó en su mente:
"Gracias por devolvernos el canto."
El viento se elevó, llevándose las lágrimas del último guardián.
Y el nuevo amanecer, ese que nunca debió llegar, iluminó un mundo que volvía a soñar.
Editado: 05.11.2025