Santa Cruz de La Palma, 14 de junio
Lucía Vega odiaba los lunes.
No por el trabajo, que escaseaba tanto que cualquier día era bueno para no hacer nada, sino por el silencio que dejaban los fines de semana. Los domingos por la tarde, cuando los turistas volvían a los hoteles y las familias se encerraban en sus casas, la ciudad adquiría una quietud incómoda. Como si la isla contuviera el aliento.
Eran las nueve de la mañana y ya hacía calor. En su apartamento de la calle O'Daly, con vistas al mar y goteras en el baño, Lucía desayunaba café solo y miraba sin ver las noticias locales. Otra desaparición en el norte. Un senderista alemán, experimentado, que no regresó de una ruta por la Caldera de Taburiente. Buscas, perros, helicópteros. Nada.
Cada vez pasaba más tiempo. La gente se perdía en La Palma. Era una isla de montañas, barrancos y acantilados. Sucedía. Fin de la historia.
El cartero no llamó. Metió el sobre por debajo de la puerta, como siempre. Lucía lo oyó deslizarse sobre las baldosas y suspiró. Facturas, casi seguro. O propaganda.
Pero cuando lo recogió, supo que no.
Sobre amarillo, sin remite. Solo su nombre escrito a mano con letra temblorosa. Y un matasellos: Garafía.
Dentro, una memoria USB.
Lucía la sostuvo entre los dedos, girándola. Llevaba años recibiendo cosas raras: cartas de lectores, denuncias anónimas, teorías conspirativas sobre los telescopios del Roque. La isla pequeña tiene eso: mucho tiempo libre y mucha imaginación.
Pero esto era diferente.
Conectó la memoria al portátil. Un único archivo: daniel_acosta_grabacion.mp3
El nombre le heló la sangre.
Daniel Acosta. El biólogo desaparecido hacía cuatro meses. El caso que todo el mundo en la isla había seguido durante unas semanas y luego olvidó. Accidente. Mala suerte. La montaña.
Pulsó play.
La voz que sonó era grave, entrecortada, como si quien hablara tuviera frío o miedo. O las dos cosas.
"Las luces no vienen del mar... vienen de la montaña."
Silencio. Respiración agitada.
"He visto cosas que... No sé cómo explicarlo. No deberían estar aquí. Hay una entrada. Una cueva. No es natural. Dentro hay... hay estructuras. Metálicas. Enterradas en la roca. Y están calientes. No por el volcán. Por otra cosa. Algo que late."
Pausa larga. Ruido de fondo, como viento o corriente de aire.
"Si alguien encuentra esto, que no venga a buscarme. Que no vengan... ellos..."
Clic. La grabación se cortaba.
Lucía escuchó el archivo tres veces seguidas. La primera, para asegurarse de que era real. La segunda, para memorizar cada palabra. La tercera, porque ya no podía parar.
Daniel Acosta había muerto en marzo. Su cuerpo nunca apareció, pero las autoridades dieron el caso por cerrado: caída en un barranco, mar, descomposición rápida. Pasaba.
Pero esto era de junio. Esto era de hacía una semana.
Y la voz...
La voz era la de un hombre vivo.