Lucía conocía a Daniel Acosta. No bien, pero lo suficiente para reconocer su voz.
Dos años atrás, cuando ella todavía trabajaba en El Diario de La Palma antes de que los recortes la dejaran en la calle, le había hecho una entrevista. Un perfil de científico canario, de esos que llenan páginas en verano cuando no hay noticias. Daniel era biólogo, especializado en líquenes y ecosistemas volcánicos. Treinta y ocho años, soltero, con esa mezcla de timidez y entusiasmo que tienen los que aman su trabajo más que a sí mismos.
Habló durante una hora sobre cómo los líquenes sobrevivían en la lava, cómo colonizaban la roca muerta, cómo la vida encontraba siempre un camino. Lucía recordaba sus ojos cuando explicaba eso: brillaban.
No parecía el tipo de persona que se pierde en una montaña. Los biólogos de campo saben moverse. Conocen el terreno. No cometen errores estúpidos.
Pero la policía dijo accidente. Y la prensa lo repitió. Y todo el mundo lo aceptó.
Hasta ahora.
Lucía pasó la mañana investigando. Daniel Acosta, desaparecido el 8 de marzo. Última vez visto en Garafía, en un hostal de Santo Domingo. Había ido a estudiar líquenes en los acantilados de Barlovento, una zona complicada, de difícil acceso. Salió una mañana y no volvió.
Su coche apareció en un aparcamiento rural. Su tienda de campaña, nunca. Su cuerpo, tampoco.
Los buscadores peinaron la zona durante dos semanas. Nada. Luego el caso se enfrió, como todos.
Pero la grabación...
Lucía la escuchó una cuarta vez. Quinta. Sexta.
"Las luces no vienen del mar... vienen de la montaña."
Luces. ¿Qué luces?
Buscó en internet. No había noticias sobre luces en Garafía. Pero sí había foros. Gente que hablaba de fenómenos luminosos en el norte de la isla. Algunos eran turistas que habían visto algo extraño. Otros, lugareños que contaban historias de sus abuelos.
Las candelas del monte, las llamaban.
Leyó durante horas. Testimonios de décadas atrás: pastores que veían luces bailar sobre los acantilados, pescadores que las observaban desde el mar, excursionistas que las confundían con faros. Siempre en la misma zona. El norte. Garafía. Los acantilados de Barlovento.
Y siempre la misma conclusión: fenómeno natural, gases, meteorología.
Pero nadie había investigado de verdad. Nadie había ido a mirar.
Lucía miró el reloj. Las tres de la tarde. Aún podía llegar a Garafía antes del anochecer si salía ya.
Metió la USB en el bolsillo, cogió las llaves y salió.
No sabía lo que iba a encontrar. Pero sabía que no podía quedarse quieta.