La carretera de Santa Cruz a Garafía es una de las más lentas de Canarias. No por la distancia —apenas ochenta kilómetros— sino por las curvas. Cientos de curvas que serpentean entre montañas, barrancos y acantilados, obligando a reducir la velocidad hasta casi detenerse en cada revuelta.
Lucía conocía bien esa carretera. La había recorrido decenas de veces para reportajes rurales, para entrevistas a agricultores, para crónicas de fiestas patronales. Pero nunca le había parecido tan larga.
Mientras conducía, repasaba lo poco que sabía de Garafía. El municipio más despoblado de Canarias. El más aislado. El más... diferente.
Allí no había hoteles, ni grandes restaurantes, ni siquiera semáforos. Había pueblos dispersos, casas blancas perdidas entre verdes intensos, niebla que llegaba del mar y se instalaba durante días. Había pastores que aún vivían como hacía cien años. Había carreteras sin asfaltar. Había silencio.
Y había acantilados. Los más altos de Canarias. Paredes de roca que caían a plomo sobre un océano bravo, gris, interminable.
Allí se había perdido Daniel.
Llegó a Santo Domingo cuando el sol empezaba a inclinarse hacia el oeste. El pueblo era pequeño: una iglesia, unas cuantas casas, un bar. Preguntó por el hostal donde se alojó Daniel. Se lo indicaron sin mucho interés.
El hostal era una casa antigua reconvertida, con habitaciones simples y un comedor que olía a potaje. Lo regentaba una mujer mayor, Canaria, pelo canoso y mirada desconfiada.
—¿Usted es periodista? —preguntó nada más verla.
Lucía asintió. No servía de nada mentir.
—Ya vinieron muchos cuando lo del hombre ese. Hace meses. Yo ya conté todo lo que sabía.
—Sé que ya contó. Pero necesito oírlo otra vez. Por favor.
La mujer la miró unos segundos. Luego suspiró y la invitó a pasar.
Se sentaron en la cocina, con una cafetera humeante de por medio. La mujer se llamaba Doña Pino y tenía setenta años, aunque aparentaba más. La vida en el norte, dijo, envejecía antes.
—Daniel era buen huésped —comenzó—. Callado, educado. Salía temprano y volvía al atardecer. Me contaba lo de los líquenes, esas cosas que crecen en las piedras. Yo le decía que tuviera cuidado, que los acantilados son traicioneros. Él sonreía y decía que sabía lo que hacía.
—¿Notó algo raro en esos días? ¿Algo que le llamara la atención?
Doña Pino frunció el ceño.
—Los últimos días... sí. Cambió. Llegaba más tarde, casi de noche. Una vez lo vi hablando solo en el comedor, con un cuaderno, escribiendo sin parar. Cuando le pregunté si estaba bien, me dijo que había encontrado algo. Algo importante. Pero no quiso decirme qué.
—¿Y la noche antes de desaparecer?
—Esa noche no durmió aquí. Salió por la mañana y ya no volvió. Al día siguiente vinieron los guardias, preguntaron, registraron su habitación. No encontraron nada. Bueno, casi nada.
Lucía se inclinó.
—¿Casi nada?
Doña Pino dudó. Luego se levantó, fue a un armario y volvió con una libreta pequeña, de tapas negras.
—Esto se cayó detrás de la mesilla. Los guardias no lo vieron. Yo lo encontró días después. No sé qué pone, es de él. Me dio cosa tirarlo, pero tampoco sabía qué hacer con él. Quédese. Igual le sirve.
Lucía cogió la libreta con manos temblorosas. La abrió. Las primeras páginas eran anotaciones científicas: coordenadas, especies de líquenes, dibujos de rocas. Pero las últimas...
Las últimas eran diferentes.
"Día 15. He encontrado la entrada. Está oculta tras una pared de vegetación, en una zona que no aparece en los mapas topográficos. La cavidad es grande. Demasiado grande para ser natural."
"Día 16. He entrado. Llevo una linterna potente, pero no es suficiente. El túnel se adentra en la montaña. El aire es cálido. Demasiado cálido. Y hay algo más. Un sonido. Como un latido."
"Día 17. He visto las primeras marcas en las paredes. No son pintadas. Están incrustadas en la roca. Como si alguien hubiera fundido metal con la piedra. No sé qué es. No sé qué significa."
"Día 18. He llegado al final del túnel. Hay una cámara. Y en la cámara, algo que no debería existir. No voy a escribirlo aquí. No todavía. Pero he hecho grabaciones. Si alguien encuentra esto... búscame. O no. Ya no sé qué es mejor."
La última anotación terminaba ahí. Sin fecha, sin firma.
Lucía levantó la vista. Doña Pino la miraba con una expresión que mezclaba curiosidad y miedo.
—¿Va a ir? —preguntó la mujer.
Lucía asintió.
—Es una locura. Esa zona es peligrosa. Y de noche...
—Tengo que ir.
Doña Pino suspiró.
—Entonces necesitará algo más que una linterna. Espere aquí.
Desapareció en la trastienda y volvió con una cantimplora, una barra de pan, queso envuelto en papel de estraza y una brújula antigua.
—No sé si le servirá. Pero en el norte, sin esto, no se va a ninguna parte.