El camino hacia los acantilados de Barlovento no era un camino. Era una vereda de cabras, un sendero que subía y bajaba entre vegetación espesa, con el mar siempre al fondo, siempre presente, siempre rugiendo.
Lucía caminaba desde hacía dos horas. El sol se había puesto y la noche llegaba rápido en el norte, como si la oscuridad cayera directamente del cielo. Encendió la linterna frontal y siguió adelante.
La libreta de Daniel le daba indicaciones: un mojón de piedras, un árbol retorcido, una pared de vegetación. Encontró los dos primeros sin problemas. El tercero...
Llevaba veinte minutos buscando cuando lo vio.
Una cortina de zarzas y matorrales que parecía sólida, impenetrable. Pero al acercarse, notó que el aire que salía de detrás era cálido. Demasiado cálido para una noche de junio en el norte.
Apartó las ramas con cuidado. Detrás, la roca.
O eso parecía.
Pasó la mano por la superficie. No era roca. Era lisa, demasiado lisa. Y cuando presionó, cedió ligeramente.
Una puerta camuflada.
Empujó. La roca giró sobre un eje invisible, revelando una abertura. Negrura absoluta. Y aire caliente, casi sofocante.
Lucía dudó. Todo su instinto le decía que no entrara. Pero la imagen de Daniel, de su voz en la grabación, era más fuerte.
Entró.
El túnel era más ancho de lo que esperaba. Podía caminar erguida sin tocar el techo. La linterna iluminaba paredes de roca volcánica, negra, porosa. Pero a los pocos metros, empezó a ver las marcas.
Las mismas que describía Daniel. Incrustaciones metálicas en la piedra. No eran pinturas ni grabados. Eran como vetas de metal que atravesaban la roca, formando dibujos imposibles. Círculos, espirales, líneas que no seguían ninguna lógica geológica.
Lucía tocó una. Estaba caliente. Y vibraba ligeramente.
Siguió avanzando.
El túnel descendía suavemente, adentrándose en la montaña. El sonido del mar quedó atrás, sustituido por un silencio denso, pesado. Solo se oían sus propios pasos y su respiración.
Y entonces, lo oyó.
Un latido.
Lejano, pero inconfundible. Como un corazón gigante bombeando en las profundidades.
El túnel se abrió a una cámara. No era natural. Las paredes eran demasiado regulares, el suelo demasiado plano. Y en el centro...
Equipos.
Mesas plegables, generadores, baterías, ordenadores portátiles. Una instalación. Alguien había estado viviendo allí.
Lucía se acercó. Los equipos estaban encendidos, funcionando. Una nevera portátil contenía comida envasada. Un colchón inflable en una esquina. Y en una mesa, una pantalla de ordenador con un único icono.
Un archivo de vídeo. Fecha: 5 de junio. Hace nueve días.
Lucía lo abrió.
La imagen que apareció la dejó sin aliento.
Daniel Acosta. Vivo. Sentado frente a la cámara, con barba crecida, ojos hundidos, pero vivo.
"Llevo meses aquí dentro. No puedo salir. Ellos me ayudan, me traen comida, pero no puedo salir."
Se frotó la cara. Parecía exhausto.
"He visto el origen de las luces. No es lo que pensábamos. No es geología, no es gas. Es... es inteligente. Y está despertando."
Algo se movió detrás de él.
Lucía contuvo el aliento. En la pantalla, tras Daniel, una sombra. Una silueta. Demasiado alta, demasiado delgada. Una forma que no era humana.
Daniel no parecía notarlo. Siguió hablando.
"Viven aquí abajo. En los tubos. En las profundidades. Nos vigilan desde siempre. Y ahora... ahora algo está cambiando. Las luces son ellos. Son exploradores. Están buscando algo."
La silueta se movió. Se acercó un paso.
"Tengo que irme. Vuelven pronto. No sé cuánto tiempo me queda. Si alguien ve esto, si alguien viene... no confíen en lo que vean. No todo es lo que parece."
La grabación se cortó.
Lucía se quedó mirando la pantalla apagada. El corazón le latía con fuerza. La silueta. Esa cosa detrás de Daniel.
Y entonces, detrás de ella, en la oscuridad del túnel, algo se movió.