Comisaría de Los Llanos de Aridane, 15 de junio
El inspector Marcos Ortega tenía un dolor de cabeza que le perforaba las sienes.
Había dormido mal, como siempre. Su exmujer lo había llamado a las dos de la madrugada para discutir por la manutención de los niños, una discusión que llevaban teniendo desde hacía tres años y que nunca se resolvía. Luego no pudo volver a dormirse. Dio vueltas en la cama hasta las seis, cuando se levantó para ir a trabajar.
Ahora eran las diez de la mañana y solo quería que el día terminara.
—Inspector —la agente de recepción asomó la cabeza—. Hay una señorita que quiere verle. Dice que es periodista.
Ortega suspiró. Los periodistas eran lo último que necesitaba.
—¿Sobre qué?
—Dice que es por el caso Acosta. El biólogo desaparecido.
Ortega frunció el ceño. Ese caso estaba cerrado desde hacía meses. Accidente. Fin.
Pero la curiosidad pudo más.
—Que pase.
La mujer que entró era joven, morena, con ojeras profundas y una energía nerviosa que se notaba a distancia. Llevaba una mochila vieja y ropa de campo.
—Inspector Ortega —dijo tendiendo la mano—. Lucía Vega.
Ortega se la estrechó sin levantarse.
—Siéntese. Me dicen que quiere hablar del caso Acosta. Eso está cerrado.
—Lo sé. Pero debería ver esto.
Lucía sacó un portátil de la mochila y lo puso sobre la mesa. Abrió un archivo. La voz de Daniel llenó la pequeña oficina.
Ortega escuchó en silencio. Cuando terminó, se quedó mirando la pantalla.
—¿De dónde ha sacado esto?
—Me lo enviaron. Sin remite. Matasellos de Garafía.
—¿Y por qué me lo trae a mí?
—Porque he estado en esa cueva. Porque he visto lo que hay dentro. Porque Daniel Acosta está vivo, inspector. Y hay algo más viviendo con él.
Ortega la miró con escepticismo. Había oído muchas teorías descabelladas en sus años de servicio, pero esta...
—Señorita Vega, con todo el respeto, eso es...
—Mire esto.
Lucía le pasó la libreta de Daniel. Ortega la hojeó, leyendo las anotaciones. Poco a poco, su expresión cambió.
—¿Dónde encontró esto?
—En el hostal donde se alojaba. La dueña lo guardó.
Ortega dejó la libreta sobre la mesa. Se masajeó las sienes. El dolor de cabeza no mejoraba.
—Aunque todo esto fuera cierto, aunque Daniel Acosta estuviera vivo, eso no explica... lo otro. La silueta. Eso es una sombra, una mala iluminación. No hay nada ahí.
—Yo también pensaba eso. Hasta que lo vi.
—¿Vio qué?
Lucía dudó. Sabía que lo que iba a decir sonaba a locura.
—Cuando salía de la cueva, algo me siguió. No lo vi bien, era demasiado oscuro. Pero lo oí. Y lo sentí. Algo grande, algo que se movía en silencio. Algo que me observaba desde las sombras.
Ortega la miró largamente. Luego suspiró.
—Voy a pedirle que me acompañe a hacer una declaración formal. Si hay una cueva no registrada, si hay una instalación ilegal dentro, eso es competencia nuestra. Pero si esto es una broma...
—No es una broma. Se lo juro.
Ortega asintió lentamente.
—Bien. Entonces vayamos. Esta misma tarde. Pero si no encontramos nada, usted tendrá que responder por obstrucción a la justicia y denuncia falsa.
Lucía sonrió por primera vez en horas.
—Encontraremos algo, inspector. Se lo aseguro.