Las Luces De Taburiente

LA CUEVA

Llegaron a los acantilados al atardecer.

Ortega había traído a dos agentes más, linternas potentes, equipo de comunicación. No se fiaba. Si esto era una trampa o una broma, quería estar preparado.

Lucía los guió hasta la entrada. Cuando apartó la vegetación y la roca giró, los agentes se miraron entre sí.

—Esto no aparece en ningún mapa —murmuró uno.

—Ya lo sé —respondió Ortega—. Vamos.

Descendieron por el túnel. Las linternas iluminaban las paredes, las vetas metálicas, las marcas imposibles. Ortega las tocó, sintió el calor, la vibración. No dijo nada, pero su escepticismo comenzaba a resquebrajarse.

Llegaron a la cámara. Los equipos seguían allí, encendidos. Ortega examinó todo con atención. Los generadores, los ordenadores, la comida. Alguien había estado viviendo allí. Y recientemente.

—Esto es... —empezó un agente.

—Es una instalación ilegal —lo cortó Ortega—. En terreno protegido. Ya tenemos algo.

Lucía los llevó al ordenador. Abrió de nuevo el vídeo. Todos lo vieron en silencio. La imagen de Daniel. Sus palabras. La silueta.

—¿Qué es eso? —preguntó un agente señalando la pantalla.

—No lo sé —admitió Lucía—. Pero Daniel dijo que no estaba solo.

Ortega ordenó registrar la cámara al detalle. Encontraron más grabaciones, algunas con fechas recientes. En todas, Daniel hablaba de lo mismo: las luces, los túneles, "ellos".

Y en algunas, la silueta aparecía más clara.

No era una sombra. Era una forma. Alta, delgada, con extremidades demasiado largas. Y unos ojos que brillaban débilmente en la oscuridad.

—Esto no es humano —dijo uno de los agentes en voz baja.

Ortega no respondió.

Registraron también los túneles adyacentes. Encontraron más marcas, más vetas metálicas. Y algo más: un pozo. Una abertura en el suelo que descendía a las profundidades. De allí salía aire caliente y ese latido que Lucía había oído.

—No bajamos —ordenó Ortega—. Esto es competencia de otros. Necesitamos especialistas, geólogos, espeleólogos. Mañana mismo pido refuerzos.

Cuando salieron de la cueva, ya era de noche. Las estrellas brillaban sobre los acantilados. Y allá abajo, sobre el mar, tres luces bailaban en la oscuridad.

Lucía las señaló.

—Mire, inspector. Las luces.

Ortega las observó largamente. Por primera vez en muchos años, no supo qué pensar.



#645 en Thriller
#269 en Misterio
#226 en Suspenso

En el texto hay: misterio supenso

Editado: 16.03.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.