Tres días después, la cueva fue sellada oficialmente. Una puerta metálica, candados, carteles de "prohibido el paso". Misión cumplida.
Pero Lucía y Ortega volvieron de noche.
Sortearon la puerta por un acceso secundario que Lucía había encontrado en sus exploraciones: una grieta estrecha que se adentraba en la montaña desde un acantilado cercano. Descendieron con cuerdas, con linternas, con miedo.
La cámara principal estaba vacía. Los equipos habían desaparecido. Todo había sido retirado.
Pero en una esquina, pegado con cinta adhesiva a la pared, un sobre.
Dentro, una memoria USB.
Y una nota:
"Sabía que volveríais. Esto es lo último que tengo. Después de esto, ya no podré volver. Daniel."
Conectaron la memoria. Un solo archivo.
La imagen de Daniel apareció en la pantalla del portátil. Esta vez estaba más delgado, más pálido. Sus ojos habían cambiado. Había algo en ellos... diferente.
"Si estáis viendo esto, es porque he decidido quedaros. He llegado al final. Al centro de todo."
Hizo una pausa. Detrás de él, la oscuridad del túnel parecía moverse.
"Bajo esta isla hay algo que no es de este mundo. Lleva aquí miles de años. Millones, quizá. No sé quién lo construyó. No sé por qué. Pero sé que está despertando. Las luces son sus exploradores. Los túneles son sus venas. Y yo... yo ya soy parte de ello."
Su voz cambió. Por un instante, sonó como si dos personas hablaran a la vez.
"No intenten detenerlo. No pueden. Solo observen. Y recuerden: lo que viene no es malo. Es solo... diferente. Es solo... nuevo."
La imagen se distorsionó. Durante un segundo, la silueta apareció claramente detrás de él. Un ser alto, delgado, con ojos que brillaban. Y luego, Daniel sonrió. Una sonrisa que no era suya.
"Nos vemos pronto, Lucía. Nos vemos en las luces."
La grabación terminó.
Lucía y Ortega se miraron en la oscuridad. Ninguno dijo nada. No hacía falta.
Algo se movió en el túnel, detrás de ellos.
Salieron corriendo.