Roque de los Muchachos, una semana después
Elena Navarro ajustó el telescopio por centésima vez. Como astrónoma del Instituto de Astrofísica de Canarias, estaba acostumbrada a las largas noches de observación. Pero esta noche era diferente.
Los datos no cuadraban.
Desde hacía días, los instrumentos detectaban pulsos de energía provenientes del subsuelo. Al principio pensó que era interferencia, fallos técnicos. Pero los pulsos eran regulares. Demasiado regulares.
Como un latido.
Algo estaba ocurriendo bajo la isla. Algo que los telescopios, diseñados para mirar las estrellas, estaban captando desde la tierra.
Llamó a sus superiores. Le dijeron que lo ignorara, que eran fenómenos geológicos normales en una isla volcánica.
Pero Elena no estaba convencida.
Esa noche, mientras miraba los datos, algo más llamó su atención. Los sensores de infrarrojos habían captado una imagen. Una forma, moviéndose en la ladera de la montaña, cerca de la zona de los acantilados.
Amplió la imagen.
Una figura humana. Demasiado delgada. Demasiado alta. Y con unos ojos que brillaban débilmente en la oscuridad.
Elena sintió que se le helaba la sangre.
La figura miraba hacia el observatorio. Directamente hacia ella.
Y entonces, en la pantalla, la figura levantó un brazo. Como si saludara. O como si señalara.
Elena apartó la mirada un segundo. Cuando volvió a mirar, la figura había desaparecido.
Pero en el lugar donde estuvo, algo brillaba. Una luz. Pequeña al principio, luego más grande. Una luz que ascendía desde la montaña hacia el cielo.
Elena contuvo el aliento.
La luz no se dirigía a ningún punto de la Tierra.
Se dirigía a las estrellas.