La lluvia caía lentamente sobre Florence, cubriendo las calles antiguas con un brillo dorado bajo las farolas. A esa hora de la noche, la ciudad parecía suspendida en el tiempo: silenciosa, húmeda y melancólica, como un recuerdo que se niega a desaparecer.
Sofía Morel observaba el paisaje desde la ventana del tren con la frente apoyada sobre el cristal frío. Las gotas resbalaban lentamente, deformando las luces de la ciudad mientras el vagón avanzaba hacia la estación Santa Maria Novella.
No sabía exactamente qué estaba haciendo allí.
Quizá huía.
Quizá intentaba empezar de nuevo.
O quizá solo estaba cansada de quedarse en lugares donde todo le recordaba lo que había perdido.
Apretó con fuerza la carta doblada dentro del bolsillo de su abrigo.
La última carta de su abuela.
La había leído tantas veces que algunas palabras comenzaban a borrarse.
"Si algún día sientes que ya no perteneces a ningún lugar, busca el café de las segundas oportunidades."
Eso era todo.
Sin dirección.
Sin explicación.
Solo aquella frase extraña escrita con una tinta azul ya casi desgastada.
Sofía soltó un suspiro cansado y cerró los ojos unos segundos.
Todavía podía recordar el hospital. El sonido de las máquinas. El temblor de las manos de su abuela sujetando las suyas antes de morir.
—Hay cosas que nunca debes ignorar, Sofía —le había dicho aquella noche—. Especialmente cuando el destino insiste.
En ese momento no entendió a qué se refería.
Ahora tampoco.
El tren finalmente se detuvo con un chirrido metálico.
Sofía bajó al andén junto a un pequeño grupo de viajeros. El aire frío de octubre golpeó su rostro de inmediato. La estación estaba casi vacía; apenas algunos turistas cansados y empleados limpiando los pasillos.
Tomó su maleta y salió a la calle.
Florencia era hermosa incluso bajo la lluvia.
Las calles estrechas, las ventanas iluminadas, el eco de la música lejana saliendo de algún restaurante abierto hasta tarde... todo parecía sacado de una película antigua.
Pero Sofía no tenía tiempo para admirar nada.
El único hotel que podía pagar quedaba al otro lado de la ciudad, y el mapa de su teléfono dejó de funcionar apenas comenzó la tormenta.
Perfecto.
Caminó durante varios minutos bajo la lluvia hasta que terminó completamente empapada. Maldijo en francés por lo bajo mientras intentaba leer los nombres de las calles.
Fue entonces cuando lo vio.
Un pequeño callejón iluminado por una luz cálida.
Y al fondo, un letrero dorado.
LUNA D'INVERNO
Sofía frunció el ceño.
La cafetería parecía fuera de lugar. Las paredes estaban cubiertas de enredaderas oscuras y pequeñas luces antiguas brillaban detrás de las ventanas empañadas.
Había algo extraño en ese sitio.
Algo difícil de explicar.
Se acercó lentamente.
Y entonces leyó las palabras escritas debajo del nombre:
"Abierto desde las 00:00 hasta que alguien deje de extrañar."
—Eso es... inquietante —murmuró.
Miró alrededor.
La calle estaba vacía.
Ni un solo auto.
Ni un solo sonido.
Solo lluvia.
Sofía dudó unos segundos antes de empujar la puerta.
Una pequeña campana sonó suavemente.
El calor del lugar la envolvió de inmediato.
El café olía a canela, libros antiguos y madera húmeda. Había lámparas doradas colgando del techo y música de piano sonando tan bajo que parecía un susurro.
El lugar estaba vacío.
O eso creyó.
—Llegas tarde.
La voz hizo que Sofía se sobresaltara.
Levantó la mirada rápidamente.
Había un chico detrás del mostrador.
Cabello oscuro.
Camisa negra arremangada.
Ojos grises.
Demasiado grises.
Estaba limpiando una taza mientras la observaba con una tranquilidad desconcertante.
—Perdón... pensé que estaba cerrado.
—Nunca cerramos.
El chico dejó la taza sobre el mostrador y se acercó lentamente.
Sofía sintió un extraño escalofrío.
Había algo familiar en él.
Algo imposible.
Entonces él levantó completamente la mirada.
Y el aire desapareció de los pulmones de Sofía.
No.
No podía ser.
Era imposible.
Porque había visto ese rostro antes.
En una fotografía vieja.
Una fotografía encontrada entre las cosas de su abuela apenas unos días después de su muerte.
La misma sonrisa.
Los mismos ojos.
Incluso la misma cicatriz pequeña junto a la ceja.
Sofía retrocedió un paso.
—Tú...
El chico también se quedó inmóvil.
Por primera vez parecía realmente sorprendido.
—No puede ser... —susurró él.
La lluvia golpeó con más fuerza las ventanas.
Sofía sintió cómo el corazón comenzaba a latirle demasiado rápido.
Sacó lentamente la fotografía arrugada de su bolsillo.
La colocó sobre el mostrador con manos temblorosas.
El chico palideció.
Porque era él.
Exactamente él.
Pero la fotografía tenía una fecha escrita atrás.
1998.
Sofía levantó la vista lentamente.
—¿Quién eres?
El chico no respondió de inmediato.
Sus ojos permanecieron fijos en la fotografía, como si acabara de ver un fantasma.
—Eso no debería existir —dijo finalmente.
—Mi abuela tenía esta foto.
Silencio.
El reloj antiguo colgado en la pared marcó la una de la madrugada.
Tac.
Tac.
Tac.
El chico cerró los ojos unos segundos.
Parecía nervioso.
Asustado.
Y eso solo empeoró las cosas.
—Necesito que me digas qué está pasando.
Él volvió a mirarla.
Y por un instante Sofía tuvo la sensación de que aquel desconocido estaba a punto de decir algo importante.
Algo capaz de cambiarlo todo.
Pero en lugar de hablar, se acercó rápidamente al mostrador y tomó la fotografía.