El relámpago desapareció tan rápido como apareció, pero Sofía seguía inmóvil frente a la puerta del café, incapaz de respirar con normalidad.
La figura detrás del vidrio continuaba allí.
Observándolos.
Con el mismo rostro.
Los mismos ojos grises.
La misma expresión vacía.
Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
-¿Qué... qué es eso? -susurró.
El chico frente a ella no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija en la puerta, completamente tenso, como si esperara que algo terrible estuviera a punto de ocurrir.
Otro golpe.
Más fuerte esta vez.
Las luces volvieron a parpadear.
Tac.
Tac.
Tac.
Todos los relojes del café seguían girando hacia atrás.
Sofía observó uno de ellos colgado sobre la pared. Las agujas se movían rápidamente en sentido contrario mientras un sonido metálico llenaba el silencio.
Aquello no era normal.
Nada de eso era normal.
-Escúchame con atención -dijo finalmente el chico, acercándose a ella-. Pase lo que pase, no abras esa puerta.
-¿Abrirla? ¡Ni siquiera entiendo qué está pasando!
La figura volvió a golpear.
El cristal vibró.
Sofía retrocedió automáticamente.
-¿Quién es él?
El chico tragó saliva.
-No debería existir.
Aquellas palabras hicieron que el miedo creciera aún más dentro de ella.
-Necesito explicaciones.
-Y yo necesito que confíes en mí.
-¡¿Cómo quieres que confíe en ti?! -exclamó Sofía-. Ni siquiera sé quién eres.
Por un momento, el chico pareció debatirse entre hablar o quedarse callado.
Finalmente soltó un suspiro cansado.
-Mi nombre es Gael De Luca.
El nombre hizo eco en la mente de Sofía.
Gael.
La fotografía.
La carta de su abuela.
Todo comenzaba a sentirse demasiado conectado.
Gael tomó rápidamente las cortinas de las ventanas y las cerró por completo, ocultando la figura del exterior.
El café quedó sumido en una luz tenue y cálida.
Pero el sonido de los golpes continuó.
Lento.
Constante.
Como un recordatorio de que aquello seguía afuera.
-¿Por qué tengo una fotografía tuya de 1998 si tú pareces tener apenas veinticinco años? -preguntó Sofía en voz baja.
Gael no respondió enseguida.
Solo caminó hasta una vieja cafetera italiana y sirvió dos tazas con manos ligeramente temblorosas.
-Porque esa foto sí es de 1998.
Sofía sintió un vacío en el estómago.
-Eso no tiene sentido.
-Lo sé.
Gael le entregó una taza.
Ella no la tomó.
-No estoy de humor para café.
-Créeme. Lo necesitas.
Sofía dudó unos segundos antes de aceptar la taza caliente entre sus manos frías.
El aroma a canela llenó el aire.
Gael se quedó en silencio mirando el vapor subir lentamente.
Parecía agotado.
Como alguien que llevaba demasiado tiempo huyendo.
-Tu abuela venía aquí -dijo finalmente.
Sofía levantó la mirada de golpe.
-¿Qué?
-Hace muchos años.
-Eso es imposible. Ella jamás mencionó este lugar.
-Porque prometió no hacerlo.
Otro trueno resonó afuera.
Sofía sintió el corazón latiendo con fuerza dentro de su pecho.
-Quiero la verdad.
Gael sonrió apenas.
Pero no fue una sonrisa feliz.
Fue triste.
Rota.
-La verdad es que este lugar no debería existir.
El silencio volvió a llenar el café.
Sofía soltó una pequeña risa nerviosa.
-Perfecto. Estoy atrapada en una cafetería embrujada con un hombre que aparece en fotos de hace décadas.
-No estoy embrujado.
-Eso no mejora mucho las cosas.
Por primera vez, Gael soltó una pequeña risa.
Y durante un segundo dejó de parecer aterrador.
Solo parecía cansado.
Muy cansado.
Entonces las luces volvieron a apagarse.
Completamente.
Sofía dio un pequeño salto.
-¿Gael?
No hubo respuesta inmediata.
Solo oscuridad.
Y el sonido de los relojes.
Tac.
Tac.
Tac.
Luego, una voz muy cerca de ella.
-No te muevas.
Sofía contuvo la respiración.
Escuchó pasos lentos alrededor del café.
Pero no eran los de Gael.
Eran más pesados.
Arrastrados.
Como si alguien caminara lentamente sobre madera mojada.
El miedo comenzó a paralizarla.
-Gael...
Una luz tenue apareció de pronto.
Gael sostenía una lámpara antigua entre las manos.
Su expresión había cambiado por completo.
Ahora parecía verdaderamente asustado.
-Está dentro.
Sofía sintió que el aire desaparecía.
-¿Qué quieres decir con que está dentro?
Gael no respondió.
Solo comenzó a caminar lentamente entre las mesas oscuras.
Sofía lo siguió de inmediato.
-No me dejes sola.
El suelo crujía bajo sus pasos mientras avanzaban por el café vacío.
Todo parecía diferente con las luces apagadas.
Más viejo.
Más frío.
Las sombras se estiraban por las paredes como figuras deformes.
Y entonces Sofía lo vio.
Al fondo del lugar.
De pie junto al piano antiguo.
El otro Gael.
La lámpara tembló ligeramente en las manos de Gael.
La figura sonrió despacio.
Pero aquella sonrisa no tenía nada humano.
Sofía retrocedió horrorizada.
Era exactamente igual.
Excepto por una cosa.
Sus ojos.
Eran completamente negros.
-No lo mires demasiado tiempo -susurró Gael.
Pero ya era tarde.
La figura inclinó lentamente la cabeza hacia Sofía.
Y habló.
-Por fin volviste.
La voz sonaba distorsionada.
Como varias voces hablando al mismo tiempo.
Sofía sintió un dolor agudo atravesarle la cabeza.
Imágenes comenzaron a aparecer en su mente de manera violenta.
Fuego.
Gritos.
Un reloj rompiéndose contra el suelo.
Una mano llena de sangre intentando alcanzarla.