La lluvia golpeaba con fuerza los adoquines mientras Sofía corría detrás de Gael por las calles vacías de Florence. El viento helado le cortaba la piel y su respiración salía entrecortada, mezclándose con el sonido lejano de los truenos.
Pero nada hacía tanto ruido como las palabras que seguían repitiéndose dentro de su cabeza.
"Sofía Morel ya murió una vez aquí."
No tenía sentido.
Era imposible.
Ella estaba viva.
Podía sentir el frío, el dolor en sus piernas, el latido desesperado de su corazón.
Entonces ¿por qué aquella cosa lo había dicho con tanta seguridad?
Gael se detuvo abruptamente bajo el techo de un edificio antiguo. Sofía casi chocó contra él.
—¿Quieres explicarme qué demonios está pasando? —exclamó ella, temblando.
Gael respiraba agitado. Su cabello oscuro estaba empapado y pequeñas gotas de lluvia resbalaban por su rostro.
Por primera vez desde que lo conoció, parecía completamente perdido.
—No debiste entrar al café —murmuró.
—¡Deja de repetir eso!
El silencio cayó entre ambos.
Sofía sintió una mezcla extraña de miedo y rabia creciendo dentro de ella.
Toda su vida había odiado que le ocultaran cosas. Y ahora un desconocido aparecía en fotografías antiguas, conocía el nombre de su abuela y hablaba sobre su muerte como si hubiera ocurrido antes.
—Voy a preguntarte una sola vez más —dijo Sofía lentamente—. ¿Qué era esa cosa?
Gael bajó la mirada unos segundos.
—No lo sé exactamente.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque antes... no tenía forma.
La respuesta solo empeoró todo.
Sofía soltó una risa nerviosa.
—Perfecto. Claro. Tiene muchísimo sentido.
Gael levantó la vista hacia ella.
Sus ojos grises estaban llenos de algo peor que miedo.
Culpa.
—Escúchame, Sofía. Hay cosas que son difíciles de explicar. Cosas que ni yo entiendo completamente.
—Empieza por lo básico. ¿Por qué apareces en una foto de 1998?
Gael permaneció callado.
La lluvia seguía cayendo alrededor de ellos.
Finalmente habló.
—Porque llevo atrapado aquí desde entonces.
El mundo pareció quedarse en silencio.
Sofía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Atrapado?
Gael apoyó lentamente la espalda contra la pared húmeda del edificio.
—Hubo un incendio hace veintiocho años.
El nombre del café apareció de inmediato en la mente de Sofía.
Luna d'Inverno.
—Murieron varias personas —continuó Gael—. Entre ellas... yo.
Sofía abrió los ojos lentamente.
No.
No podía estar escuchando eso.
—Eso no es gracioso.
—No estoy bromeando.
Ella dio un paso atrás.
—No. No. Eso es imposible. Las personas muertas no—
—¿Respiran? ¿Hablan? ¿Sirven café?
Sofía se quedó callada.
Porque sí respiraba.
Sí hablaba.
Y el calor de sus manos se había sentido real cuando la ayudó a levantarse.
Gael cerró los ojos un instante.
—Yo también pensé que estaba muerto. Durante mucho tiempo.
—Entonces... ¿qué eres?
La pregunta quedó flotando entre ambos.
Gael tardó en responder.
—No lo sé.
Aquella sinceridad la desconcertó más que cualquier mentira.
El viento sopló con fuerza por la calle vacía.
Sofía observó alrededor.
Todo parecía demasiado quieto.
Como si la ciudad entera estuviera dormida mientras ellos hablaban de cosas imposibles bajo la lluvia.
—Mi abuela conocía este lugar... ¿verdad?
Gael asintió lentamente.
—Venía aquí antes del incendio.
—¿Ella sabía lo que eras?
—Creo que lo descubrió después.
Sofía apretó los puños.
—¿Y por qué nunca me dijo nada?
Gael sonrió apenas.
Una sonrisa triste.
—Porque Elena intentó olvidarlo todo.
El nombre de su abuela en labios de Gael hizo que algo dentro de ella doliera.
Él hablaba de ella como si realmente la hubiera conocido.
Como si hubiera estado allí.
Sofía bajó lentamente la mirada.
—La extraño.
Las palabras salieron más débiles de lo que esperaba.
Gael la observó en silencio.
—Ella también te extrañaba a ti.
Sofía levantó la vista rápidamente.
—¿Qué?
—Venía al café algunas noches... después de que enfermó.
El corazón de Sofía dio un vuelco.
—Eso es imposible. Mi abuela jamás salió del hospital los últimos meses.
Gael dudó unos segundos.
—No físicamente.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Sofía.
Definitivamente odiaba aquella conversación.
Gael miró alrededor con tensión.
Como si esperara que alguien los estuviera observando.
—No estamos seguros aquí.
—¿Seguros de qué?
Él no respondió directamente.
Solo tomó algo del bolsillo de su abrigo.
Un reloj antiguo de plata.
La aguja estaba detenida exactamente en la 1:17.
Sofía sintió que el aire desaparecía nuevamente.
Había visto esa hora antes.
En sus sueños.
En las imágenes que aparecieron en el café.
1:17.
Siempre 1:17.
—¿Por qué está detenido?
Gael sostuvo el reloj con fuerza.
—Porque fue la hora exacta en la que comenzó el incendio.
El ruido de un automóvil lejano rompió el silencio.
Sofía comenzó a sentir frío de verdad.
No solo por la lluvia.
Sino porque poco a poco todo comenzaba a conectarse de maneras aterradoras.
La fotografía.
Su abuela.
El café.
La entidad.
El incendio.
Y Gael.
Siempre Gael.
—¿Qué quería decir esa cosa cuando dijo que yo ya había muerto aquí?
Gael levantó lentamente la mirada hacia ella.
Pero antes de responder, algo ocurrió.
Las luces de toda la calle se apagaron al mismo tiempo.
Sofía se tensó de inmediato.
—Gael...
Oscuridad.
Completa oscuridad.
Y entonces escucharon pasos.