Las luces que dejamos atrás

IV. La mujer del velo negro

La lluvia seguía cayendo sobre las calles vacías de Florence mientras Sofía permanecía inmóvil, incapaz de apartar la vista de la fotografía quemada que la mujer sostenía entre las manos.

Su fotografía.

La misma ropa.

El mismo rostro.

Y aquella fecha escrita detrás:

12 de noviembre de 1998.

El corazón comenzó a latirle tan fuerte que sintió dolor en el pecho.

Eso era imposible.

Ella ni siquiera había nacido en 1998.

—¿Quién eres tú? —preguntó con la voz quebrada.

La mujer no respondió inmediatamente.

El velo oscuro cubría casi todo su rostro, pero Sofía podía sentir sus ojos observándola fijamente.

Gael dio un paso al frente, colocándose ligeramente delante de Sofía.

Protegiéndola.

—No deberías estar aquí —dijo él con tensión.

La mujer inclinó apenas la cabeza.

—Y tú tampoco deberías seguir existiendo, Gael De Luca.

El silencio cayó como un golpe helado.

Sofía miró rápidamente a Gael.

La expresión de su rostro había cambiado por completo.

Miedo.

No.

Terror.

Por primera vez parecía realmente vulnerable.

—¿La conoces? —susurró Sofía.

Gael no apartó la mirada de la mujer.

—Corre.

—¿Qué?

—Ahora.

Pero Sofía no se movió.

Ya estaba cansada de huir sin entender nada.

La mujer soltó una pequeña risa suave.

—Siempre fue igual de terca.

Aquellas palabras hicieron que Sofía sintiera un extraño escalofrío.

"Siempre".

Como si ya la hubiera conocido antes.

La mujer dio un paso adelante.

Las luces apagadas de la calle comenzaron a parpadear débilmente.

—El ciclo comenzó demasiado pronto esta vez —murmuró ella—. Eso significa que las cosas van a salir peor.

—Cállate —dijo Gael con frialdad.

—¿Aún intentas salvarla? —preguntó la mujer—. Después de todo este tiempo sigues creyendo que puedes cambiar el final.

Sofía sintió que la respiración se volvía pesada.

—¿Qué final?

Nadie respondió.

El viento sopló con fuerza por la calle, moviendo el velo negro de la mujer durante apenas un segundo.

Y Sofía alcanzó a ver parte de su rostro.

Tenía cicatrices.

Quemaduras antiguas cubriendo parte de su piel.

Sofía contuvo el aire.

La mujer notó su reacción y sonrió levemente.

—El fuego deja marcas difíciles de borrar.

Gael apretó los puños.

—Déjala fuera de esto.

—No puedes dejarla fuera —respondió ella—. Nunca pudiste.

El sonido de un reloj comenzó a escucharse nuevamente.

Tac.

Tac.

Tac.

Sofía miró alrededor confundida.

No había ningún reloj cerca.

Pero el sonido seguía ahí.

Cada vez más fuerte.

Cada vez más cerca.

La mujer levantó lentamente una mano hacia Sofía.

—¿Quieres saber qué ocurrió en el incendio?

Gael reaccionó de inmediato.

—¡No la escuches!

Pero ya era tarde.

En cuanto la mujer habló, una imagen atravesó violentamente la mente de Sofía.

Fuego.

Muchísimo fuego.

Mesas ardiendo.

Cristales rompiéndose.

Personas gritando desesperadamente.

Y alguien llorando su nombre.

"¡Sofía!"

Ella se llevó las manos a la cabeza.

El dolor fue tan intenso que cayó de rodillas sobre el suelo mojado.

Gael se agachó rápidamente junto a ella.

—Mírame. Sofía, mírame.

Pero las imágenes seguían apareciendo.

Un reloj detenido en la 1:17.

Una mano ensangrentada sujetando otra.

Y unos ojos grises llenos de lágrimas.

Los ojos de Gael.

"Prométeme que esta vez no vas a olvidarme."

Sofía abrió los ojos de golpe, jadeando.

La lluvia seguía cayendo.

La calle seguía oscura.

Pero algo dentro de ella acababa de romperse.

Porque aquella voz...

La conocía.

Y no debería conocerla.

Gael sostuvo suavemente su rostro entre las manos.

—Respira.

Sofía lo observó fijamente.

Muy cerca.

Demasiado cerca.

Y por un instante sintió algo extraño.

Familiaridad.

Como si ya hubiera estado así antes.

Con él.

Muchísimas veces.

Se apartó rápidamente.

Asustada.

—¿Qué me está pasando?

Gael no supo qué responder.

La mujer del velo observaba todo en silencio.

—Los recuerdos están despertando más rápido —dijo ella—. Eso nunca había ocurrido.

—¿Qué recuerdos? —preguntó Sofía.

La mujer la miró directamente.

—Los de tu vida anterior.

El mundo pareció detenerse nuevamente.

Sofía soltó una pequeña risa nerviosa.

—No. No. Esto ya es demasiado.

—Moriste en el incendio de Luna d'Inverno hace veintiocho años —continuó la mujer con calma—. Y él murió intentando salvarte.

Gael cerró los ojos con fuerza.

Como si escuchar aquellas palabras todavía le doliera.

—Eso no puede ser cierto —susurró Sofía.

—¿Entonces por qué recuerdas cosas que jamás viviste?

Silencio.

Sofía sintió el corazón latiendo violentamente.

Porque tenía razón.

Las imágenes.

La voz.

El fuego.

Todo se sentía demasiado real.

La mujer comenzó a acercarse lentamente.

—Cada cierto tiempo el café trae de vuelta a las mismas almas.

—Basta —dijo Gael.

—Siempre se encuentran otra vez. Siempre se enamoran otra vez. Y siempre termina igual.

Sofía sintió un vacío horrible en el pecho.

—¿Qué significa "igual"?

La mujer sonrió tristemente.

—Uno de ustedes muere.

El viento helado atravesó la calle.

Sofía bajó lentamente la mirada.

Quería decir que todo era mentira.

Que aquello era imposible.

Pero una parte de ella...

Una pequeña parte aterradora...

Sentía que ya conocía la respuesta.

Gael dio un paso al frente.

—No voy a permitir que vuelva a pasar.

La mujer lo observó con lástima.




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