La lluvia había cesado antes del amanecer.
Las primeras luces del día comenzaban a teñir de dorado los tejados de Florencia, pero Sofía sentía que el tiempo seguía detenido desde que cruzó la puerta de Luna d'Inverno.
Caminaba junto a Gael sin decir una palabra.
El silencio entre ambos era incómodo, pero no por falta de preguntas.
Había demasiadas.
El eco de la voz de la mujer del velo negro seguía resonando en su mente.
"El café es una trampa."
Sofía apretó con fuerza el abrigo.
No quería seguir creyendo en nada de aquello.
Necesitaba una explicación lógica.
Necesitaba despertar.
Gael rompió el silencio.
—¿Dónde te estás hospedando?
—En una pequeña pensión cerca del río Arno.
—¿Estás sola?
Ella lo miró con desconfianza.
—¿Eso importa?
Gael sonrió apenas.
—Mucho más de lo que imaginas.
Sofía no respondió.
Todavía no sabía si podía confiar en él.
Después de unos minutos llegaron a una plaza casi vacía. Los primeros comerciantes comenzaban a abrir sus negocios y el aroma del pan recién horneado llenaba el aire.
Por un instante, todo parecía normal.
Como si la noche anterior nunca hubiera existido.
Gael señaló una banca.
—Siéntate un momento.
Ella obedeció.
Él sacó del bolsillo una pequeña llave antigua de bronce.
Era pequeña, pero muy elaborada. Tenía grabada una luna creciente rodeada de pequeñas estrellas.
—¿La reconoces?
Sofía negó con la cabeza.
—La encontré entre las cosas de tu abuela hace diez años.
Ella frunció el ceño.
—¿Cómo pudiste encontrar algo entre sus cosas si vivía en Francia?
Gael guardó silencio.
Había cometido un error.
—Perdón... quise decir que ella me la envió.
Sofía sintió que aquella respuesta no era toda la verdad.
Pero decidió no insistir.
Gael le entregó la llave.
—Guárdala.
—¿Para qué sirve?
—Abre un lugar dentro del café.
—¿Y por qué habría de volver?
Gael la observó fijamente.
—Porque tarde o temprano regresarás.
Aquellas palabras la incomodaron.
No sonaban como una posibilidad.
Sonaban como una certeza.
Esa misma tarde, Sofía decidió ignorarlo todo.
Visitó museos.
Caminó por el Ponte Vecchio.
Entró en pequeñas librerías.
Compró un cuaderno para escribir.
Intentó convencerse de que todo había sido una pesadilla provocada por el cansancio del viaje.
Pero cuando regresó a la pensión encontró algo imposible.
Sobre la cama descansaba un sobre color marfil.
No tenía sello.
No tenía remitente.
Solo una frase escrita con elegante caligrafía.
"No confíes en todos los que sonríen dentro de Luna d'Inverno."
El corazón comenzó a acelerarse.
Miró hacia la puerta.
Seguía cerrada.
La dueña de la pensión juró que nadie había entrado.
Con manos temblorosas abrió el sobre.
Dentro encontró una sola hoja.
Si estás leyendo esto, significa que ya conociste a Gael.
Él no es tu enemigo.
Pero tampoco conoce toda la verdad.
Busca el tercer estante de la biblioteca del café.
No dejes que él te vea hacerlo.
No había firma.
Solo una pequeña mancha de tinta en forma de rosa.
Sofía dobló lentamente la carta.
Ahora tenía dos opciones.
Alejarse para siempre de aquella historia...
O regresar al lugar donde todo había comenzado.
Sabía cuál era la decisión más inteligente.
Y también sabía cuál iba a tomar.
Aquella noche, exactamente a las doce, volvió a la calle donde estaba Luna d'Inverno.
La cafetería seguía allí.
Como si hubiera estado esperándola.
Gael levantó la vista apenas ella entró.
Sonrió.
Pero aquella sonrisa escondía cansancio.
—Sabía que volverías.
—No vine por ti.
Él soltó una pequeña risa.
—Lo imaginé.
Mientras Gael preparaba dos cafés, Sofía recorrió lentamente el lugar con la mirada.
Las estanterías llenas de libros antiguos ocupaban toda una pared.
Recordó la carta.
"El tercer estante."
Esperó a que Gael alabara a un cliente que acababa de entrar.
Aprovechó el momento.
Se acercó lentamente a la biblioteca.
Primer estante.
Segundo.
Tercero.
Había decenas de libros cubiertos de polvo.
Pasó los dedos por los lomos hasta que uno llamó su atención.
No tenía título.
Era completamente negro.
Cuando intentó sacarlo, escuchó un clic metálico.
Toda la estantería comenzó a moverse lentamente.
Detrás apareció una puerta de madera que nadie habría notado a simple vista.
Sofía sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
La llave que Gael le había entregado horas antes... encajaba perfectamente en la cerradura.
Miró por encima del hombro.
Gael seguía distraído.
Respiró hondo.
Giró la llave.
La puerta se abrió apenas unos centímetros.
Desde el interior salió una corriente de aire frío... y el inconfundible aroma de papel antiguo.
Entonces una voz femenina, casi un susurro, surgió desde la oscuridad.
—Por fin llegaste, Sofía.
Te estaba esperando desde hace veintiocho años.