La puerta se abrió con un lento crujido.
Sofía permaneció inmóvil, con la mano todavía aferrada a la vieja llave de bronce. El aire que escapaba de aquella habitación era frío, demasiado frío para un lugar oculto detrás de una biblioteca.
Miró por encima del hombro.
Gael seguía atendiendo a un hombre mayor que bebía café en silencio. No parecía haber notado que la estantería se había movido.
Respiró hondo.
Empujó la puerta.
En cuanto cruzó el umbral, la biblioteca volvió a cerrarse detrás de ella.
El sonido hizo que su corazón diera un vuelco.
Estaba sola.
O eso creyó.
El cuarto era mucho más grande de lo que parecía desde afuera. No tenía ventanas y estaba iluminado únicamente por decenas de velas colocadas sobre antiguos candelabros. Las paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de diarios, cajas de madera y cientos de sobres amarillentos.
En el centro había un enorme reloj de péndulo.
Estaba detenido.
Marcaba exactamente la 1:17.
Sofía sintió un escalofrío.
Era la misma hora que aparecía en sus sueños.
La misma hora del incendio.
La misma hora que estaba grabada en el reloj de Gael.
Entonces volvió a escuchar aquella voz femenina.
—Pensé que tardarías más en encontrarme.
Sofía giró rápidamente.
Una anciana salió de entre las sombras.
Su cabello blanco caía sobre los hombros y vestía un largo abrigo color azul oscuro. Sus ojos eran de un verde tan intenso que parecían guardar siglos de historias.
—¿Quién es usted?
La mujer sonrió con dulzura.
—Me llamo Bianca Bellini.
—¿Trabaja aquí?
La sonrisa desapareció.
—Hace muchos años que nadie trabaja aquí, Sofía.
Aquella respuesta volvió a inquietarla.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—Porque llevo esperándote desde antes de que nacieras.
Sofía sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Todos dicen lo mismo... Todos parecen conocerme.
Bianca caminó hasta una mesa de madera donde descansaba un grueso libro encuadernado en cuero.
Lo abrió con cuidado.
Las páginas estaban llenas de nombres escritos a mano.
Miles de nombres.
Algunos estaban tachados con tinta negra.
Otros rodeados por un círculo rojo.
—¿Qué es esto?
—Los visitantes de Luna d'Inverno.
Sofía recorrió las páginas con la mirada.
Había fechas desde finales del siglo XIX.
Algunos nombres tenían anotaciones como:
"Nunca regresó."
"Rompió la promesa."
"Desapareció antes del amanecer."
Un escalofrío recorrió su espalda.
Entonces encontró uno que la hizo contener la respiración.
Gael De Luca.
Junto al nombre solo había una frase.
"El guardián que olvidó por qué espera."
Sofía levantó lentamente la vista.
—¿Guardían?
Bianca asintió.
—Gael cree que protege el café.
Pero en realidad...
Hace una pausa.
—...el café es quien lo mantiene prisionero.
Sofía recordó la tristeza en los ojos de Gael.
Su miedo.
Su culpa.
Por primera vez sintió compasión por él.
—¿Entonces él no me está mintiendo?
—No completamente.
—¿Qué significa eso?
Bianca cerró el libro.
—Hay recuerdos que el café roba para proteger sus secretos.
No solo a los visitantes.
También a Gael.
Sofía sintió un nudo en el estómago.
—¿Él no recuerda todo?
—Solo fragmentos.
Cada año pierde una parte de su memoria.
Y cada año vuelve a empezar.
La joven permaneció en silencio.
Eso explicaría por qué Gael parecía tan confundido algunas veces.
Como si también estuviera buscando respuestas.
Bianca abrió un pequeño cajón y sacó un sobre sellado con lacre rojo.
Lo colocó entre las manos de Sofía.
—Tu abuela me pidió que te lo entregara.
El corazón de Sofía comenzó a acelerarse.
—¿Mi abuela estuvo aquí?
—Muchas veces.
Hasta la última noche de su vida.
Las manos de Sofía empezaron a temblar.
Rompió cuidadosamente el sello.
Dentro había una carta.
Reconocería aquella caligrafía en cualquier lugar.
*"Mi querida Sofía:
Si estás leyendo esto, significa que Luna d'Inverno volvió a encontrarte.
Quisiera decirte que huyas.
Que olvides este lugar.
Que nunca vuelvas a mirar a los ojos del muchacho de cabello oscuro.
Pero sé que no lo harás.
Porque yo tampoco pude hacerlo cuando tenía tu edad.
Solo quiero pedirte una cosa.
No busques la verdad sola.
Hay alguien dentro del café que finge protegerlo, pero en realidad espera que todo vuelva a comenzar.
Y cuando descubras quién es...
No confíes ni siquiera en tu propio corazón."*
La carta terminaba sin firma.
Solo había una pequeña flor seca entre las últimas líneas.
Sofía cerró los ojos un instante.
Su abuela sabía todo.
Durante años.
Y nunca le dijo nada.
Una mezcla de tristeza y enojo le oprimió el pecho.
—¿Quién escribió esto realmente? —preguntó.
Bianca respondió sin titubear.
—Elena Morel.
Pero no fue la última carta que dejó.
Existe otra.
La única capaz de romper la maldición.
Sofía levantó la cabeza de inmediato.
—¿Dónde está?
Bianca no respondió.
Su expresión cambió de repente.
Escuchó algo.
Pasos.
Al otro lado de la puerta secreta.
Lentos.
Firmes.
Cada vez más cerca.
Bianca apagó una de las velas con los dedos.
—Esconde la carta.
Ahora.
Sofía obedeció de inmediato.
Los pasos se detuvieron frente a la biblioteca.
Luego...
Se escuchó la voz de Gael.
—Sofía...
¿Estás ahí?
La joven dio un paso hacia la puerta, aliviada.
Pero Bianca la sujetó del brazo con fuerza.