Capítulo uno: El barco
5 de octubre
Leonard Mars acostumbraba dormitar a lo largo del día, ya que le resultaba difícil conciliar el sueño profundo. Por eso cuando el incesante golpeteo comenzó ya estaba a medio camino de atender al visitante. Tomó su abrigo y su sombrero del perchero antes de abrir la puerta.
—¡Inspector! —gritó el oficial novato, dio un paso atrás sorprendido de verlo listo—. Lo necesitan en el puerto inspector —balbuceo—. El barco de Marcel Bates llegó al amanecer y dicen que hay sangre por todas partes.
Caía una fina llovizna y la niebla cubría los últimos pisos de los edificios. Todavía era temprano para que las luces en las casas y departamentos se encendieran, tenían unas horas más de sueño. No obstante, algunos trabajadores ya estaban afuera listos para empezar el día.
—Inspector, ¿cómo supo que era yo quien tocaba? —preguntó el novato, impresionado.
—Todos en el edificio escucharon tus pisadas, Adam.
Les tomaría diez minutos llegar, pero apostaba a que Adam haría que ese viaje se sintiera como el doble de tiempo. Y no se equivocó. Al chico no le hizo falta detenerse a tomar un respiro.
—Contrabandeaban, ¿lo sabía? Transportaban mercancía ilegal, creo que era opio, dicen que es medicinal, pero la iglesia —bajo la voz, como si el pastor mandara espías para descubrir quienes revelaban sus secretos —condena a todos los que lo consumen.
Que pulmones. No dejo de hablar ni cuando Leonard se bajó del auto, podía escucharlo continuar con su monólogo mientras se alejaba.
El médico forense iba bajando del barco con mala cara. Los que tuvieron el turno noche y aún no podían ir a casa tenían la misma expresión.
—Que tenga mejor suerte —dijo el forense—. A la próxima se aseguran de que haya un cuerpo antes de llamarme.
Harris estaba inclinado sobre la barandilla con el rostro verdoso, se pasó el pañuelo por la frente para quitarse el sudor.
—Oh, Mars —se quejó—, no se puede entrar en ese lugar. El olor es tan penetrante. No creo que nadie pueda comer en todo el día.
—El doctor dijo que no había cuerpos —sacó su propio pañuelo y lo puso sobre su nariz (mejor prevenir).
Un oficial tropezó al salir, cayó de rodillas y abrió la boca como pez fuera del agua en un intento desesperado de aire.
—Debieron de tirarlos por la borda, no encontramos ni un resto, solo sangre y ese olor.
La dama blanca era un barco mercante, pese a los rumores que circulaban por ahí, comercializaban con materias primas principalmente. Marcel Bates era conocido en todo el puerto, no solo por ser el capitán sino por su afición al juego y a las mujeres. Se ganó su cantidad justa de enemigos.
—¿Quieren decir que el barco llegó solo?
Un rastro de sangre iba desde la cubierta hasta la bodega. Harris lo siguió de mala gana, un oficial pasó por su lado corriendo, lo escucharon vomitar antes de salir. El aire se hizo más denso, Leonard contuvo la respiración, no quería quedar en ridículo al vomitar como el resto. La concentración de olor pútrido hizo que fuera difícil permanecer más de unos minutos en la bodega.
—Carajo —tuvo que usar su antebrazo para intentar bloquear el olor y el pañuelo casi cae al suelo.
Harris volvió a cubierta dejándolo solo. Los baúles ocupaban la mayor parte del espacio, en una esquina rodillos de telas y en medio, ocupando gran parte del espacio un ataúd de madera con la tapa destrozada. Había astillas de madera esparcidas a su alrededor. Dio un vistazo rápido a donde estaba cada objeto antes de tener que salir obligadamente.
Tuvo un vergonzoso momento en donde su intento por tomar aire a la desesperada lo llevó a toser. Harris golpeó su espalda dos veces antes de ayudarlo a ponerse de pie, no recordaba haberse apoyado en la baranda.
—No es necesario hacerse el fuerte —comentó Harris, tratando de disimular el hecho de que lo sucedido sería contado en el área del café—. Hasta los vagabundos que viven en la basura no podrían soportarlo.
—Qué ventilen el lugar y que cataloguen cada prueba con cuidado, en especial el ataúd —recuperó la compostura antes de que un oficial de menor rango lo viera (no que sirviera de mucho a esas alturas)
Harris lo miró desconcertado. —Vamos Mars, tomaría semanas incluso meses tener ese lugar limpio. Ese olor no se irá a menos que quemen el lugar. Ya sabemos lo que pasó, no perdamos el tiempo.
—Sí, sabemos que había un cadáver.
—Vamos —Harris se movió en su lugar exasperado, sacó un cigarrillo y lo puso en su boca sin encenderlo—. Un barco pirata aborda La dama blanca y en vez de tomar la mercancía, se deshace de los tripulantes y cuando ve el cadáver dice: justo lo que necesitaba para mi colección. Solo hay una cosa capaz de hacer tal cosa, aberraciones creadas por un hombre con un solo propósito.
Ah. Con que era por ahí donde la mayoría iba a ir. Eran policías, ciudadanos que se quedaron en casa mientras otros iban a pelear al frente. Qué sabían ellos de las marionetas más allá de lo leído en un periodico que pronto fue censurado.
—¿Y qué es lo que crees que sucedió Harris? —Intento mantener un tono neutro.