Las marionetas del Cyd

2. Alfarid Cyd

Capítulo dos: Alfarid Cyd

Atardecía cuando Leonard estaciono el auto, el camino se acababa en un punto obligando que fuera a pie el resto del trayecto. La lluvia no amainó en todo el día, los charcos de agua formaron un barrial que dificultaron aún más su paso. Leonard quería estar en ese lugar tanto como Harris.

Escondido en medio del bosque se elevaba una imponente mansión resguardada por una pared de piedra y puertas de hierro. La vegetación crecía sin control por las paredes y las puertas emitieron un fuerte chirrido al empujarla, no era un lugar donde uno pensaría que vive una persona. Por otro lado, quizás eso era lo que quería el dueño: ahuyentar a cualquier visitante intrépido.

La puerta de la entrada se abrió en el primer intento de tocar, acompañado de un sonido casi igual al de la puerta de hierro.

—Hola —Leonard llamó dos veces a la puerta abierta antes de entrar—, soy el inspector Mars.

Dio un paso antes de detenerse y mirar sus zapatos, más por un intento de ser silencioso que por cortesía se los quitó y los dejó a un lado. Su mano derecha fue directo a donde estaba su arma, la dejó ahí mientras revisaba las habitaciones. Las habitaciones principales de la planta baja estaban a oscuras y vacías. Miro escaleras arriba dudando por un momento en si debería subir a revisar.

Tenía el pie en el primer escalón cuando se detuvo en seco, sorprendido de reconocer los acordes que se escuchaban de fondo. El sonido lo guió a una habitación en la parte de atrás de la casa. Leonard se asomó por la puerta entreabierta y lo que vio lo hizo contener el aliento.

Pequeñas luces brillantes por toda la habitación, se movían como pequeños danzantes al compás de la música. Decenas de velas esparcidas por todo el lugar que iluminaban el centro donde estaba el hombre con el violín. Los reflejos rojizos de su cabello resaltaban debido a la luz de las velas. Tenía una contextura delgada de hombros anchos cubiertos por una fina camisa blanca.

El marionetista no se dio cuenta de su presencia, seguía perdido en la melodía. Era una imagen que a un pintor le gustaría retratar, los colores, la esencia del violinista. Leonard desenfundó su arma y apuntó a la espalda del hombre.

La última nota llegó a su fin. El creador de las pesadillas de los soldados sobrevivientes, de las armas indestructibles, bajó con cuidado el violín y se dio la vuelta. Las llamas de las velas titilaron por la corriente de aire generada del movimiento. En cuanto sus miradas se cruzaron dejó de respirar por unos microsegundos.

—Cyd —el nombre salió en un suspiro entrecortado.

No era así como se imaginaba al creador de las marionetas. Alfarid Cyd era más joven de lo que pensó. Bajo el arma casi sin darse cuenta, esa no era la imagen de un monstruo, al menos era muy diferente de lo que imagino.

—Mis saludos, visitante inesperado —dijo en un tono de voz bajo y suave. Las esquinas de sus labios se elevaron al observarlo con detenimiento.

En las esquinas de la habitación, donde la luz no llegaba, unas figuras se elevaron una a una hasta que formaron una sombra que se elevaba sobre sus cabezas. Leonard volvió a levantar el arma y quitó el seguro, sus oídos pitaron con el sonido de disparos fantasmas. Los músculos de su espalda protestaron por lo tenso que se puso. Un hombre pasó corriendo por su lado, golpeó su hombro con fuerza, esquivó el cuerpo del soldado caído antes de desaparecer en las sombras.

Quiso retroceder antes de notar la figura a su espalda. Se cernía sobre su cabeza, tenía la boca abierta, pero no salía ningún aliento. Sus ojos se movían con rapidez, escaneando entre los cuerpos ensangrentados.

Unos dedos fríos se deslizaron debajo de su manga, tocando su piel. Ese pequeño contacto hizo que los fantasmas desaparecieran, todos menos los que aún estaban presentes. La mano de Alfarid Cyd estaba sobre la suya, lo dejó ir para cerrar las puertas dobles.

—¿Una taza de té? —ofreció. Camino por delante, de forma intencional o no, lo agradeció—. Tengo una gran variedad de hierbas, mezclarlas hasta encontrar la combinación ideal es uno de mis pasatiempos.

Leonard recordaba los días posteriores de firmar el tratado de paz, como el secreto tras la victoria de las fuerzas militares en el sur salió a la luz. La desesperación que llevó a la creación de soldados inagotables, rápidos e inhumanos.

Estaba en el hospital recuperándose de sus heridas e intentando sobrellevar la pérdida que el fuego dejó a su paso. Hubo soldados que no regresaron a casa y otros que lo hicieron a medias. También estaban los soldados que tuvieron la suerte (como un periodista citó en un artículo) de regresar enteros. Nadie sabía que en realidad nadie regresaba.

A veces regresaba a esos días. Deseaba dejarlo todo atrás, pero los recuerdos se aferraban a él como los colmillos de una serpiente venenosa. Leonard miró las puertas cerradas casi esperando que una de esas cosas la atravesara.

Cyd los guió hacia la cocina, buscó en las alacenas y se dispuso a preparar el té. No sabía si le estaba dando ese tiempo a propósito o así era normalmente. De todas formas intentó centrarse en el presente, en el caso y en la razón por la que estaba ahí.

—¿Por qué no están encerradas? —pregunto, agradecido de que su voz no temblara.

—Le aseguro, mi invitado, de que mis marionetas no representan un peligro.




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