Capítulo tres: El capitán del barco
6 de octubre de 1935
El olor era demasiado penetrante como para desaparecer en un día. Leonard llevaba al menos cuarenta minutos mirando el barco. El puerto, que cuando llegó estaba vacío, comenzó a llenarse de mercaderes. Los barcos pesqueros suelen zarpar entre las cuatro y las seis de la mañana y los mercaderes son los primeros en llegar para comprar pescado fresco.
Donovan recalcó que se despertó antes del amanecer, debía ser mucho antes de que los otros barcos zarparan. De lo contrario otros habrían notado la llegada de La dama blanca. Dos o tres de la madrugada, tal vez. Si sumaba el tiempo en que el hombre fue a dar la alarma para avisar a la policía, era tiempo suficiente para que amarraran el barco y… ¿Y qué? ¿La tripulación solo bajó y dejó todo atrás? Algo se le estaba escapando.
—¡Por todos los santos! —Harris tocó el hombro de Leonard—. ¿Cuánto hace que llevas parado aquí? Te has vuelto el bicho raro, ¿notaste la atención que atraes?
—Solo intento entender, Harris. ¿A dónde fueron cuando bajaron del barco? Hay un lapso de tiempo que nos falta.
—Nadie bajó de ese barco, Mars —replicó con cansancio—. El viejo lo estaba vigilando y cuando fue a dar la voz de alarma otros llegaron. Ese barco que ves ahí ha estado vacío desde que llegó, por eso estamos investigando.
—¿Quién amarró el barco?
—El viejo lo hizo, sé que lo negó, pero apuesto a que no pudo resistir la oportunidad. Todos dijeron que estaba obsesionado con los negocios de Marcel Bates.
Leonard miró la plataforma custodiada por un oficial. —No, una persona tuvo que bajar la plataforma y luego amarrar el barco, no pudo hacerlo Donovan.
—Sabes lo que pienso de todo esto, Mars. Lo que sea que estaba en ese barco se bajó antes de llegar o tal vez se escondió y esperó el momento para salir. El viejo solo tuvo suerte, si de algo estoy seguro es que una de esas cosas iba a bordo.
—Las marionetas están encerradas, fuí a confirmarlo yo mismo —y esperaba no tener que volver—. ¿Terminaron el inventario?
Harris resoplo, molesto porque su teoría no fuera tan bien recibida como esperaba. —En tu escritorio. Tengo razón, Mars, ya lo verás.
Esperaba que se equivocara. De lo contrario, si el marionetista mintió, eso solo traería pánico a la ciudad.
***
El bar que solía frecuentar Marcel Bates quedaba en uno de los peores barrios de la ciudad. Los callejones estaban ocupados por personas que hicieron del lugar su refugio. Leonard bajo el sombrero en un pobre intento de cubrirse. No podía imaginar porque Bates elegiría un lugar así para relajarse a menos que lo que buscará fuera otra cosa. Miro a las mujeres apoyadas contra la pared de piedra, cuando notaron su mirada se reunieron y con una señal fueron entrando a la casa. Vaya, no era solo que resaltaba sino que lo reconocían como un policía.
Las personas eran más renuentes a hablar con un policía, debió haberle pedido a Harris que viniera en su lugar, no habría resaltado tanto. Al menos hasta que abriera la boca. Tanto las mesas como la barra estaban ocupadas, Leonard se hizo lugar al lado de un hombre delgado y que apestaba a cloaca.
El lugar era dirigido por Rosa, una mujer con demasiado rubor y sombra de ojos, su cabello rojo ondulado estaba sujeto de manera desordenada. Puso un vaso con brusquedad delante de Leonard.
—¿Qué te sirvo?
Leonard miró con desconfianza las botellas, al final decidió que no tenía que beberlo. —Whisky —espero mientras le servía sin quitarle la mirada.
—Vale el doble —extendió la mano con la palma arriba.
—Debe ser especial —bromeó.
Rosa apoyó el brazo sobre la barra y se acercó. —Tu y yo sabemos que no estás aquí por la bebida.
Uno de los hombres que estaba parado en la puerta se cruzó de brazos dando a entender que estaban al tanto de su presencia. Era alto y pesaba el doble que Leonard.
—Soy el inspector Mars.
—Aquí esa placa no te va a servir de nada. Hace tiempo que el país nos olvido, no le respondemos a nadie. Ahora dime lo que buscas, guapo, y yo voy a decidir a cuál de mis muchachos mando a que te rompa los brazos por ese bonito abrigo.
Sutil. Rebusco en su bolsillo por dinero, se lo mostró a Rosa, pero no se lo dio.
—Busco a Marcel Bates, escuche que suele frecuentar su negocio.
—Por lo que se sabe está nadando con los peces. Los rumores corren por estos lares, en especial cuando se trata de un hombre con una cuenta abierta —le dio dos billetes—. Pagaba cada que regresaba de uno de sus viajes y luego abría una nueva. Era confiable, no hay muchos de esos.
—¿Qué era lo que buscaba? Como dijo, hombres así no suelen venir por la bebida.
—Lo mismo que usted, información.
—¿Sobre qué? —le dio todo el dinero restante al tiempo que pensaba si eso era considerado un gasto necesario, aunque dudaba que se lo fueran a reembolsar.
—Resucitadores.
Los resucitadores desaparecieron hace años. En los años en que las escuelas de medicina necesitaban cadáveres frescos para enseñar a sus estudiantes surgió un nuevo mercado. Comenzaron saqueando tumbas de los recién fallecidos hasta cometer asesinato para abastecer la creciente demanda de las facultades. Con la aprobación de la ley que reguló el suministro legal de los cuerpos para la ciencia, estos comenzaron a desaparecer.