Las marionetas del Cyd

5. La visita de la mala fortuna

Leonard se arrepintió de no aceptar la oferta de Harris cuando las primeras gotas empezaron a caer. Tuvo que caminar de un lado de la ciudad al otro, aprovechando para refugiarse en los lugares que quería visitar. La tienda de licores que Bates solía frecuentar para abastecerse en sus largos viajes. Las casas de los familiares de sus tripulantes (los que aún tenían familia). La última vez que los vieron fue un mes antes de que zarparan, no sabían a dónde se dirigían o cuando iban a volver.

Se detuvo a almorzar en un restaurante pequeño que ofrecía la mejor sopa de pollo. El olor de la comida y el calor de la estufa fueron un agradable descanso antes de tener que volver al lluvioso exterior. Entre más visitas y más nombres tachados de su lista la lluvia logró traspasar sus botas y gotas de agua se deslizaron por el interior de su abrigo. Tenía la piel de gallina. Era hora de terminar el día y volver a la oficina.

La comisaría estaba más inquieta que de costumbre, los oficiales levantaban el cuello como suricatas para intentar ver más allá. Leonard resistió hacer lo mismo al notar que lo que lo mantenía en ese estado provenía de su oficina. Se preguntó si aún quedaba café, el de la comisaría sabía a agua sucia, pero le serviría para calentarse. Al pasar, vio con desagrado que no.

Harris le indicó que tenía una visita esperando desde hace rato. El día continuaba. Leonard colgó su sombrero y abrigo que pronto formaron un charco de agua. Vio que el visitante se puso demasiado cómodo en su ausencia, sentado en su silla y revisando sus documentos.

—¿Debería haber tocado antes de entrar? —preguntó con sarcasmo.

No estaba de humor para lidiar con algún reportero o un supuesto testigo que decía haber presenciado todo estando a más de dos calles de distancia. Quieras o no, ese tipo de persona aparecían para llamar la atención.

—Tiene una letra muy difícil de leer, como la de los médicos —la silla se giró revelando al visitante.

Leonard miró alrededor para asegurarse de que estaba en su oficina, luego contó mentalmente hasta cinco, pero Cyd permaneció en su oficina. Impasible ante lo que estaba causando en el inspector.

—¿Sabe porque todos los médicos escriben de forma parecida? Porque así es más fácil librarse ante cualquier problema que surja —continuó Cyd—. Son los únicos que pueden leer lo que escriben.

Alfarid Cyd, quien llevaba encerrado en su mansión los últimos años, estaba justo delante suyo. Hasta hace unas horas se había convencido de que iba a tener que volver a realizar una visita, ahora ya no era necesario. Más que sentirse aliviado estaba molesto por tenerlo ahí, invadiendo su espacio.

—¿Mal día inspector?

—Ciertamente no era la persona que esperaba encontrar al llegar.

Cyd tuvo la educación para dejar cada papel donde lo encontró y levantarse de la silla, aún así Leonard no ocupó el lugar.

—Recibí una visita que me dijo que debía venir a hablar con usted con suma urgencia —Cyd dio una vuelta de forma despreocupada por toda la oficina. A diferencia de él, no parecía tener problema en permanecer sentado mientras otro estaba parado. Tomó asiento del otro lado del escritorio, justo delante de Leonard. —Vengo a defender mi nombre que pronto será calumniado.

No tenía ningún respeto con el espacio personal. Leonard adoptó una pose más relajada, igual a la de Cyd, convencido de que estar a la defensiva solo alentaba el comportamiento de ese tipo.

—Lo escucho.

—Se puso en mi conocimiento que encontraron un cadáver en la casa de cierto comandante y que se me hace responsable por ello.

La relación entre el Cyd y la milicia debía ser más cercana de lo que imagino. Considerando lo que los unía no era de sorprenderse, no obstante la última vez dio a entender que no existía relación alguna. Su intuición le decía que no estaba equivocado.

—Parece saber más que yo.

—No me malinterprete, inspector. La reunión no fue algo que solicite, a diferencia de su visita, este fue un encuentro un tanto molesto. Una advertencia enviada por unos recaderos. Le puedo asegurar que no tuve nada que ver ni con este incidente ni con el anterior.

—Es una gran coincidencia que ambos casos me lleven a usted. Ahora incluso hay un testigo que asegura que vio una marioneta en la casa del comandante. Una descripción bastante acertada y que no puede confundirse con nada más. Su palabra no vale nada.

Su actitud relajada no flaqueo. Tamborileo sus dedos sobre su pierna, solo entonces se dio cuenta de la llamativa vestimenta del marionetista. Un traje de color bordo de tres piezas, tenía un reloj de bolsillo colgado del chaleco y una especie de cadena como cinturón. Su cabello castaño oculto bajo un sombrero y el mismo pendiente de la última vez. Cuando se levantó pudo ver bien el bordado de la chaqueta, un ave que ocupaba gran parte de las mangas.

—Siendo ese el caso no me deja opción que limpiar mi nombre.

—Es libre de hacerlo siempre y cuando no interfiera.

Oh, hombre. Esa sonrisa de nuevo, no se tomaba las cosas con la seriedad con la que debía. Leonard esperó hasta que Cyd estuvo fuera de la comisaría para dejar ir la tensión que acompañaba su cuerpo. No era solo que la imagen que tenía del marionetista se cayó a pedazos horas antes, sino la actitud de no tomarse con seriedad dichos asuntos. Lo dejaba parado en una línea en la que no sabía como reaccionar.




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