Las marionetas del Cyd

6. Una noche de insomnio

Leonard debía estar muy cansado para escuchar cosas que no tenían sentido. Esperó a que Cyd repitiera lo último y cuando lo hizo no pudo creer su descaro. Hecho un vistazo al bolso que comenzaba a escurrir agua. No, no existía nada que lo obligara a meter a su casa al marionetista.

—Vaya a casa o a dónde sea, no me interesa siempre y cuando al despertar no haya otro crimen —levantó el cuello de su abrigo y se dispuso a dejar a Cyd a su suerte.

—Por eso mismo tengo que quedarme con usted. Será mi testigo —Cyd corrió detrás sin dejar que se alejara demasiado—. ¿No tiene auto? Casi parece que podemos ir nadando —no obtuvo respuesta—. No importa, de hecho me gusta caminar bajo la lluvia. Tiritar por el frío, que mis pies resbalen dentro de mi calzado por lo mojado que están. ¡Es una buena época para ser joven!

Leonard estornudo fuerte, a su espalda, otro hombre lo imitó. Apoyó la frente en el portón del edificio, el marionetista lo siguió hasta su casa pese a que caminó lo más rápido que pudo con la intención de despistarlo. Abrió la puerta de un tirón y antes de que pudiera cerrarla fue empujado creando el espacio suficiente para que se colara dentro.

Cyd se detuvo en las escaleras sin saber a donde ir, pero decidido a llegar hasta su departamento. Subieron las escaleras lado a lado, estas eran angostas y sus hombros chocaban. Leonard fue mucho más rápido al llegar, metió la llave y con su cuerpo cubrió la entrada, luego la cerró con fuerza detrás de sí.

—Me quede afuera. ¿Hola? ¿Me va a dejar aquí, solito y con frío? —Cyd dio un ligero toque.

Leonard lo ignoro. Tuvo que desvestirse en la entrada para no ensuciar su departamento, en todo momento tuvo que escuchar las quejas del otro lado de la puerta. Una ducha caliente era lo que necesitaba para devolverle el calor a su cuerpo. Se hizo el café que llevaba deseando desde temprano, pronto el olor inundó la sala.

—Me han dejado —cantaba Cyd—. Mi amante zarpó al mar y me olvido en los brazos de una sirena. Oh, sirena, no te lleves a mi amado. La sirena se comió su corazoooonn.

La canción se estaba volviendo lúgubre.

—Con el corazón partido me busqué un nuevo amor —fue subiendo el tono—. Y a ese amor se lo llevó un oso. Oh, gran y malvado oso no te comas a mi amado.

—¿Qué clase de canción es esa? Pasa o despertarás a todos los vecinos.

No tuvo que decirlo dos veces.

—¿Me prestas ropa? —pidió mientras daba vueltas por la sala, curioseando. Leonard mantuvo la expresión seria, ya se estaba arrepintiendo—. Está bien, puedo andar desnudo. ¿Me dejo algo de agua caliente?

En un par de pasos lo tuvo frente a él, lo sujetó por el cuello de su chaqueta. Sus rostros quedaron cerca y esos ojos mieles tuvieron el atrevimiento de escanear su rostro.

—No eres un invitado. No te quiero aquí. Solo te voy a dejar quedarte esta noche para evitar que despiertes a los vecinos con tu horrible voz. No colmes mi paciencia —advirtió.

—¿Eso es un no a la ropa?

Leonard lo dejó ir, busco unos pantalones viejos y la parte de arriba de un pijama, se los lanzó con fuerza. En cuanto se cerró la puerta del baño fue directo a su bolso, quería asegurarse de que no hubiera un arma. Solo encontró las prendas mojadas. Eso no hizo mucho para tranquilizarlo. ¿Cuál es el verdadero motivo por el que estás aquí?

El horrible canto volvió, el sonido del agua cayendo no era rival para ello. Leonard dejó todo como estaba, tenerlo cerca le ayudaría a descubrir sus verdaderas intenciones. Era un juego de dos lados.

Cyd tenía el sueño ligero, podía escuchar cómo se movía desde la habitación. Durante muchos años viviendo en la soledad en el bosque volver a la ciudad era un gran cambio. La ciudad nunca dormía, un vecino caminando a altas horas de la noche, una pelea en la calle o incluso hasta los animales callejeros. La contaminación del sonido era alta. Por su parte, más que costumbre era un hombre nocturno (a las malas), el sueño se le escapaba de las manos con frecuencia.

La mañana siguiente encontró a un hombre malhumorado por una pésima noche de sueño. Cyd se instaló en su pequeña cocina, dos tazas de café caliente estaban sobre la mesa mientras se concentraba en hacer los huevos.

—Me preocupaba que no se sintiera cómodo en casa ajena —comentó con sarcasmo.

—Nada mejora un día como un buen desayuno —sirvió un huevo en el plato que sacó de una alacena—. Y me parece que tampoco pudo dormir mucho. ¿Cuál es el itinerario para hoy?

Hizo más que intentar dormir, dedico esas horas a husmear en sus cosas como para saber en dónde estaba cada utensilio. Decidió ignorarlo por el momento.

—¿Serviría de algo intentar escabullirme? —Cyd sonrió con fingida inocencia—. Tengo que hablar con el forense a primera hora, mi compañero me debe estar esperando.

—¿Vives hace mucho en este lugar? —se sentó en la silla de enfrente, al estirarse sus pies chocaron. Leonard se alejó con disimulo—. Es un poco solitario.

—Me gusta lo simple, no necesito más —se le vino a la mente la enorme mansión que tenía Cyd, cada lugar lleno de muebles y decoraciones que parecían caras.

—Aprecio lo hermoso y más si es brillante —Cyd no tuvo problemas en reconocerlo.




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