Una tos fingida llamó su atención, Cyd estaba recostado contra la pared, no hizo nada para ocultar que estaba escuchando a escondidas. Levantó una ceja, pero no mencionó nada acerca de lo que escuchó.
—Puedo darte el informe si estás listo. La causa de muerte… —Leonard pasó por su lado sin darle importancia—. Prestame atención a mí también.
El forense lo esperaba con los brazos cruzados, al verlo miro el reloj dando a entender que se había tardado en volver.
—Le avisó que su amigo tiene prohibido ingresar, puede dejarlo en casa a la próxima.
¿Por qué todos pensaban que eran amigos? Nada más lejos de la realidad.
—No habrá una segunda vez. ¿Qué puede decirme? Por favor, omita el lenguaje técnico.
—No se pudo determinar la causa de muerte, tiene múltiples fracturas que ocurrieron al mismo tiempo. Ahora, cuál de ellas fue la causante, es difícil decirlo. Venga —lo llevo al lado de la mesa—, ¿ve estás marcas? Indican que tuvo una pelea con el agresor, si se fija bien se puede ver la marca de una mano en la muñeca. Lo agarró con tanta fuerza que se rompió.
Leonard colocó su mano para medirla con la marca dejada.
—¿Es de una persona? —preguntó casi al instante.
El forense se vio complacido por que lo notara. —No tiene sentido, cierto. Al juzgar por el tamaño hablamos de un hombre de contextura grande, demasiado. Y no solo eso, en una de las piernas —reveló la carne desgarrada—, estos agujeros corresponden a una mordida. Lo comparé con la mordida de un oso que vi en un soldado hace unos años. Es diferente, pero se le acerca. Lo curioso de todo, es que es posible que el hombre siguiera vivo después de eso.
—Por todos los santos —murmuró Leonard.
—Ante la tracción el hombre intentó agarrarse a lo que fuera, que en este caso fue suelo de linóleo. Debajo de las uñas —agarró la mano y señaló el polvo—, mezcla de sangre y linaza. El ataque ocurrió en el interior de un edificio. Este hombre tuvo dos atacantes, un animal y un hombre.
No, podía ser solo uno. Ni un animal ni un humano, más bien una marioneta. Las extremidades de las marionetas eran más largas que su cuerpo, al moverse sus brazos se movían de un lado a otro. Podía recordar con claridad esa imagen.
—Es muy inusual —continuó el forense.
Las marionetas se quedaban en una esquina durante horas, paradas con la cabeza colgando a un lado, hasta que se diera la orden de moverse. Cuando eso pasaba encabezaban el grupo de búsqueda, como animales de rastreo. Hubo otras veces donde las mandaban atrás para que el enemigo no las notara, luego saltaban dos metros hasta volver al frente. Por lo general, solo se movían de noche. Leonard contuvo un estremecimiento. De noche todos los soldados se parecían, amigo o enemigo, todos en la unidad tenían especial cuidado de no acercarse demasiado.
—Una última cosa, encontré algo que puede ayudarle a encontrar a sus familia o conocidos —giro un poco el cuerpo para que viera su hombro derecho, donde se reveló el tatuaje—. Era un soldado del norte.
Leonard se despidió con una pesadumbre que lo iba a acompañar hasta finalizar el día o tal vez más. El hombre encontrado en la casa del comandante era un soldado del norte. Por el bien de todos eso no debía de salir a la luz.
Incluso con el tratado de paz la situación era tensa. El comercio era limitado y solo llevado a cabo bajo la estricta supervisión de los oficiales de Aduana. No se tenía conocimiento de que ingresaran turistas, todo era demasiado reciente. Si un soldado estaba en la ciudad solo podía significar que era un desertor. Un hombre así necesitaba permanecer lejos del ojo público, escondido en un lugar donde pudiera trabajar y vivir.
Leonard iba tan perdido en sus pensamientos que olvidó a su acompañante.
—¿A dónde vamos? —Cyd corrió hasta alcanzarlo.
—A los barrios bajos —un lugar en donde a nadie le importaba quién eras o de donde salía el dinero.
—Que bueno que tuvimos un buen desayuno, algo me dice que no pararemos a almorzar.
Se ajustó los guantes que comenzaban a resbalar. Una vaga idea comenzó a formarse en su cabeza acerca de los secretos que contenía ese barrio y de fuera el lugar que frecuentaban dos de sus víctimas.
—¿Cuántas marionetas son? —pregunto sin detenerse.
—No me decepciona, inspector. Ciento cincuenta y, anticipándome a su siguiente pregunta, las ciento cincuenta se encuentran en la mansión.
—¿Cómo puede estar tan seguro que ninguna salió por la noche y regresó horas después?
—Necesitan una orden directa, además lo habría notado.
Los miedos de Harris se volvieron realidad. Lo que vio la niñera y el informe del forense, no podía ser una coincidencia. Cyd no lo admitiría, hacerlo sería ponerlo en peligro. Tenía una sola orden y era mantener encerradas (resguardadas) a esas cosas. Ahora, solo era cuestión de tiempo antes de que la milicia se enterara.
Cyd redujo el paso hasta quedarse atrás. —Casi puedo leer sus pensamientos, inspector.
En esta ocasión no se anduvo con cuidado cuando llegó a los barrios bajos, fue directo al bar esperando que estuviera la misma mujer. Cyd mantuvo su distancia, al inicio pensó que estaba molesto, pero seguía sonriendo y parecía un niño en un día de campo. Todo le llamaba la atención y no es que hubiera una feria.