Prólogo del Historiador:
He pasado más de tres décadas de mi vida sepultado entre los archivos de la Biblioteca de Süleymaniye y las bóvedas secretas del Palacio de Topkapı. Los registros oficiales del Imperio Otomano nos cuentan la historia de los hombres: las conquistas de Süleyman el Magnífico, las ejecuciones, las leyes. Pero la verdadera historia, la que tejía los hilos del poder con sangre, seda y veneno, se escribía en el Harén.
Fue en un cofre de cedro, oculto tras una pared falsa en los antiguos aposentos de la Valide Sultan, donde encontré sus diarios. Pergaminos frágiles, escritos con una caligrafía impecable y un dolor palpable. Pertenecían a Mihrişah Sultan. Los libros de historia apenas la mencionan como "una de las hijas de Hürrem", eclipsada por la fama de su hermana Mihrimah o la coronación de su gemelo, Selim. Pero al traducir sus palabras, descubrí a la mujer que fue el verdadero pilar de la dinastía. La segunda sultana más rica y poderosa del imperio. La luz del sultán. Esta es su historia, tal y como ella la vivió, reconstruida a partir de sus memorias y los registros del eunuco jefe de su época.
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El año era 1524. El Palacio de Topkapı respiraba una tensión que podía cortarse con el filo de un yatagán. En los pasillos de piedra, los pasos de los eunucos resonaban apresurados, llevando toallas limpias, cuencos con agua caliente y hierbas aromáticas hacia los aposentos de la favorita del Sultán.
Hürrem Sultan estaba de parto.
El peso sobre sus hombros era inmenso. Tres años antes había dado a luz a Mehmed, el príncipe que aseguró su lugar en la dinastía, y un año después a la pequeña Mihrimah. Pero Mahidevran Sultan, la "rosa de primavera", aún ostentaba el orgullo de ser la madre de Mustafa, el primogénito de nueve años. Hürrem sabía que, en el brutal juego del trono otomano, un solo príncipe no era suficiente para garantizar su supervivencia ni la de sus hijos. Necesitaba otro varón.
Dentro de los aposentos, el aire era denso, impregnado del olor a incienso y sudor.
—¡Ahhh! —Un grito desgarrador escapó de los labios de Hürrem, quien se aferraba con nudillos blancos a las sábanas de seda roja—. ¡Sáquenlo ya! ¡Por Alá, duele demasiado!
A los pies de la cama, la partera principal, con las manos manchadas de sangre, la miraba con severidad pero con calma profesional.
—Puje, mi Sultana. Ya casi coronamos. Necesito que respire profundo —ordenó la partera.
La Madre Sultana, Ayşe Hafsa Sultan, observaba la escena desde una silla tallada cerca de la ventana. Su rostro, marcado por la experiencia y la majestuosidad, permanecía estoico. A su lado, Daye Hatun le ofreció un pañuelo.
—Es un parto difícil, Madre Sultana —murmuró Daye en voz baja—. El vientre de Hürrem Hatun es inusualmente grande.
—Si Alá lo permite, nos dará un príncipe sano. Eso es lo único que importa, Daye —respondió la Valide, ajustando los pesados collares sobre su pecho—. El imperio necesita herederos fuertes.
Afuera, en la terraza dorada, el Sultán Süleyman caminaba en círculos, trazando el mismo camino sobre las ricas alfombras persas. Ibrahim Pasha, el Gran Visir y su amigo más cercano, permanecía de pie, con las manos entrelazadas a la espalda.
—Su Majestad, cálmese. Hürrem Sultan es fuerte como una loba rusa. Dará a luz con bien —intentó tranquilizarlo Ibrahim, aunque en el fondo de sus ojos oscuros, el Pasha rezaba para que no naciera otro príncipe que le diera más poder a la mujer que detestaba.
—Ibrahim, el llanto de un recién nacido es la voz de Dios bendiciendo nuestro linaje —dijo Süleyman, deteniéndose para mirar hacia las pesadas puertas del harén—. Mi corazón no encontrará reposo hasta escuchar ese llanto.
De vuelta en la habitación, el dolor alcanzó su punto máximo. Hürrem echó la cabeza hacia atrás, gritando con todas sus fuerzas, sintiendo que su cuerpo se partía en dos.
Y entonces, el sonido. Un llanto agudo y vigoroso rompió el silencio de la habitación.
La Valide Sultan se puso de pie de inmediato. Hürrem, jadeante y empapada en sudor, dejó caer la cabeza sobre las almohadas.
—¿Qué es? —preguntó Hürrem, con la voz rota y desesperada—. ¿Es un príncipe? ¡Díganme que es un príncipe!
La partera limpió rápidamente a la criatura y la envolvió en una manta de lino blanco. Su rostro palideció levemente antes de hablar.
—Es una niña, Sultana. Una niña fuerte y hermosa.
El corazón de Hürrem se hundió. Otra niña. Recordó las sonrisas burlonas de Mahidevran cuando nació Mihrimah. Las lágrimas picaron en sus ojos.
—No... —sollozó Hürrem, negando con la cabeza—. Süleyman quería un león... él lo esperaba...
Pero antes de que pudiera hundirse en su miseria, un espasmo violento sacudió su vientre, haciéndola gritar de nuevo. Esta vez fue un alarido de puro terror y dolor físico.
—¡Alá piadoso! —exclamó la partera, acercándose rápidamente de nuevo al lecho—. ¡Valide Sultan! ¡Hay otro bebé! ¡El vientre no se ha vaciado!
La Madre Sultana dio un paso al frente, sus ojos abriéndose con sorpresa.
—¡Rápido, traigan más agua caliente! ¡Atiéndanla! —ordenó Hafsa con voz de mando.
—¡Puje, Hürrem! ¡Un esfuerzo más! —gritaba Daye Hatun, sosteniendo la mano de la favorita.
Diez minutos más tarde, un segundo llanto inundó los aposentos, mucho más grave y fuerte que el primero. La partera levantó a la criatura, y esta vez, una sonrisa de puro alivio y triunfo cruzó su rostro manchado.
—¡Alabado sea Alá! —gritó la partera—. ¡Es un príncipe, Madre Sultana! ¡Un príncipe sano!
Hürrem rompió a llorar, pero esta vez eran lágrimas de una alegría salvaje y feroz. Había dado a luz gemelos. Un varón y una hembra.
Las puertas de los aposentos se abrieron minutos después. El Sultán Süleyman entró, su imponente presencia silenciando los murmullos. Sus ojos azules brillaban de expectación. Se acercó a la cama de Hürrem, quien lo miraba con adoración y agotamiento, flanqueada por dos pequeños bultos envueltos en sedas doradas.