Los diarios de Mihrişah Sultan no son los típicos escritos de una joven de la realeza otomana llenos de poemas y suspiros. Sus primeras páginas están plagadas de cifras, sumas y diagramas del palacio. A través de sus palabras, descubrí que su mente era un arma afilada desde la cuna. Mientras otras sultanas aprendían a bordar, ella aprendía a gobernar.
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El diario de Mihrişah:
La gente suele pensar que la infancia de una sultana es un cuento de sedas, dulces de delicia turca y paseos por los jardines de tulipanes. Pero nacer en Topkapı es nacer en un nido de víboras donde el veneno se sirve en copas de oro. Desde que tengo uso de razón, entendí que mi supervivencia y la de mis hermanos dependía de algo mucho más sólido que el amor de mi padre, el Sultán. Dependía del poder. Y el poder, en el Harén, se medía en monedas.
Recuerdo claramente una tarde de invierno en 1530. Yo tenía apenas seis años. Mientras mi hermana Mihrimah, que me llevaba dos años de ventaja, se probaba coronas frente al espejo imaginando el día en que todos se inclinarían ante ella, yo me escapaba hacia los aposentos de la tesorería.
Sümbül Ağa, el eunuco jefe, casi sufre un infarto al encontrarme allí, sentada en el suelo sobre una alfombra persa, rodeada de los libros de cuentas que Daye Hatun había dejado abiertos.
—¡Alá, Alá! ¡Mi hermosa Sultana! —exclamó Sümbül, llevándose las manos a las mejillas con su habitual dramatismo—. ¿Qué hace la luz de nuestro soberano en este rincón polvoriento? ¡Su madre, Hürrem Sultan, debe estar buscándola por todos lados!
—Silencio, Sümbül —le respondí, sin despegar los ojos del pergamino—. Estoy sumando los gastos de las cocinas. Hay un error aquí. El suministro de especias de este mes no coincide con los akçes que Daye Hatun registró.
El eunuco se quedó petrificado. Nigar Kalfa, que pasaba por el pasillo con unas telas, se asomó al escucharme y cruzó una mirada atónita con Sümbül.
—Pero... mi Sultana... —balbuceó Nigar, acercándose—. Usted aún no sabe leer las letras correctamente. ¿Cómo puede entender los registros?
—No necesito las letras, Nigar —dije, levantando por fin la vista—. Los números tienen su propio idioma. Y nunca mienten.
Esa tarde, la noticia de mi "travesura" llegó a oídos de mi abuela. La Madre Sultana, Ayşe Hafsa Sultan, ordenó que me llevaran a sus aposentos de inmediato. Mi madre, Hürrem, me acompañó, nerviosa, temiendo que mi abuela usara el incidente para reprenderla. La guerra fría entre mi madre y Mahidevran Sultan estaba en su punto más álgido, apoyada en las sombras por el Gran Visir, Ibrahim Pasha.
Los aposentos de la Valide Sultan imponían un respeto absoluto. Mi abuela estaba sentada en su diván, majestuosa.
—Déjanos solas, Hürrem —ordenó la Madre Sultana. Mi madre dudó un segundo, hizo una reverencia y se retiró con la mandíbula tensa.
Cuando las pesadas puertas se cerraron, mi abuela me hizo una seña para que me sentara a su lado. Su mirada, que solía ser severa, ahora brillaba con una mezcla de curiosidad y orgullo.
—Daye me ha contado lo que descubriste en los libros de cuentas, Mihrişah. Tenías razón. Un mercader intentaba engañarnos con el precio del azafrán —dijo, acariciando mi mejilla con su mano adornada de anillos—. Tu madre tiene la astucia del fuego, y tu hermana Mihrimah tiene el orgullo del sol. Pero tú, mi pequeña luz... tú tienes el hielo de los Osman.
—Solo contaba las monedas, abuela —respondí con inocencia.
—Y eso es gobernar, mi niña —sentenció Hafsa Sultan, tomando mi pequeña mano entre las suyas—. Escucha bien a tu abuela. El amor de un sultán es como el viento: poderoso, pero puede cambiar de dirección. La belleza se marchita. Pero el oro... el oro compra lealtades, calla bocas, alimenta ejércitos y construye imperios. Si dominas la tesorería, dominas el corazón de este palacio. A partir de hoy, vendrás aquí todos los días. Yo misma te enseñaré cómo se gobierna un harén.
Y así fue. Mientras mi adorado gemelo, Selim, corría por los jardines con sus espadas de madera, y mi hermano mayor Mehmed demostraba ser el príncipe perfecto que mi padre soñaba, yo me sentaba a los pies de mi abuela. Ella me enseñó a leer los rostros antes que los pergaminos; a saber quién era comprable y quién era leal.
Mi vínculo con mis hermanos se forjó en esa época. Nuestro hermano mayor, Mustafa —el hijo de Mahidevran— nos llevaba una gran ventaja en edad. Él tenía quince años cuando yo tenía seis. A pesar del odio visceral entre nuestras madres, Mustafa siempre fue amable con nosotros.
Una mañana en el jardín de los tulipanes, estábamos todos reunidos. Mehmed, que tenía nueve años, intentaba enseñarle a Selim cómo tensar un pequeño arco. Selim se frustró rápido, arrojando el arco al suelo.
—¡No puedo hacerlo! —gritó mi gemelo, con los ojos llorosos.
Bayezid, que apenas tenía cinco años pero ya poseía un temperamento explosivo, se burló.
—Selim es débil, por eso no puede.
Selim se abalanzó sobre Bayezid y comenzaron a pelear en la hierba. Antes de que las criadas pudieran intervenir, me interpuse entre ellos, empujando a Bayezid y tomando la mano de Selim.
—¡Basta, Bayezid! —le grité, alzando la barbilla—. Selim no es débil. Su mente es más rápida que tus puños.
Mustafa, que observaba desde la distancia, se acercó con una sonrisa paciente. Nos separó suavemente.
—Mihrişah tiene razón, Bayezid —dijo el príncipe mayor, pasándole la mano por la cabeza a Selim—. Un príncipe no solo gobierna con la espada, sino con paciencia. Ven, Selim, te mostraré cómo poner los dedos en la cuerda.
Observé a Mustafa con admiración, pero la ilusión se rompió al instante cuando Mahidevran Sultan apareció por el sendero, seguida por su séquito. Sus ojos escanearon la escena con asco al ver a su hijo interactuar con la "sangre de la serpiente rusa".