El diario de Mihrişah:
Mi abuela, la Madre Sultana Hafsa, solía decir que las princesas otomanas nacen con un hilo de seda atado al cuello, y que el otro extremo lo sostiene el Sultán. Él decide cuándo aflojarlo y cuándo tirar de él para asfixiarnos en nombre del imperio. Cuando ella falleció en 1534, y el arrogante Ibrahim Pasha fue ejecutado dos años después, mi madre Hürrem se convirtió en la reina indiscutible del mundo. Pero incluso en la cima, Hürrem necesitaba pilares para sostener su imperio. Y esos pilares éramos nosotras, sus hijas.
El año era 1539. El Palacio de Topkapı bullía con los preparativos de una doble boda imperial. Las sedas traídas de Bursa y los diamantes de la India inundaban el harén. Mi padre, el Sultán Süleyman, había tomado una decisión irrevocable.
Mi hermana Mihrimah, que acababa de cumplir dieciséis años, lloraba a mares en sus aposentos. Mi madre la había prometido a Rüstem Pasha, un hombre astuto y leal a nuestra causa, pero al que Mihrimah despreciaba. Su corazón le pertenecía en secreto al apuesto comandante Malkoçoğlu Bali Bey, un amor no correspondido que la consumía por dentro.
Mientras Mihrimah se ahogaba en sus lágrimas, yo me encontraba en completo silencio frente al espejo de mis aposentos. A mis catorce años, yo también había sido sentenciada. Mi esposo sería Damat Hasan Pasha, un gobernador fronterizo de inmensa riqueza y poder militar, mayor que yo por casi veinte años.
Hürrem Sultan entró a mi habitación. Su mirada, siempre afilada como un halcón, se suavizó al verme con el caftán rojo de compromiso.
—Mihrişah, mi luz —susurró mi madre, acariciando mi cabello rojizo, idéntico al suyo—. Sé que eres joven. Apenas una niña. Pero Hasan Pasha tiene una flota en el Mediterráneo y minas de oro en los Balcanes. Necesitamos su lealtad para asegurar el futuro de Mehmed, de Selim, de Bayezid y de nuestro pequeño Cihangir. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo, madre —respondí, mirándola a través del espejo con una frialdad que la hizo estremecerse levemente—. No derramaré una sola lágrima. El oro del Pasha será el escudo de mis hermanos.
Me casaron a los catorce años. Pero lo que Hürrem Sultan y mi padre no sabían era que me habían entregado a un monstruo.
Mi matrimonio duró apenas un año, pero cada noche en el palacio de Hasan Pasha fue un descenso al infierno. Él era un hombre cruel, un sádico que disfrutaba del dominio absoluto. La noche de bodas, cuando intentó reclamar sus "derechos" maritales, lo enfrenté. Lo amenacé con la furia de mi padre y el veneno de mi madre si se atrevía a arrebatarme la pureza por la fuerza. No me tocó de la forma en que un hombre toca a una mujer, pero su respuesta fue brutal.
Esa noche recibí el primer golpe. Su puño cerrado impactó contra mi estómago, dejándome sin aire en el suelo de mármol.
—Eres una princesa caprichosa —escupió Hasan Pasha, mirándome con desprecio—. Conservarás tu virginidad, Mihrişah. Pero aprenderás a respetarme. Alá no nos dará hijos porque no eres más que una niña estéril e insolente.
A partir de entonces, me convertí en un fantasma en mi propio palacio. Para ocultar los moretones que cubrían mis brazos, mi espalda y mi pecho, ordené a mis sastres que me confeccionaran pesados caftanes de cuellos altos y mangas largas y cerradas. Ni siquiera en verano permitía que mi piel viera la luz del sol. El harén y los médicos comenzaron a murmurar que la Sultana Mihrişah era infértil, que Alá me había negado la bendición de un hijo por mi juventud. Yo dejé que lo creyeran. Nadie sabía la verdad. Nadie sabía que seguía siendo virgen, y que mi cuerpo era un mapa de hematomas morados y amarillos.
Soporté el dolor en silencio. Cada golpe que recibía era un cofre de oro más que Hasan Pasha enviaba a las fundaciones de mi madre o a la tesorería de mis hermanos. Era mi sacrificio.
Pero todo monstruo comete un error fatal. Y el de Hasan Pasha ocurrió un cálido día de primavera de 1540.
Habíamos ido de visita al Palacio de Topkapı para una celebración en el jardín principal. El harén entero estaba presente. Mahidevran Sultan había viajado desde Manisa con el príncipe Mustafa; mis hermanos Mehmed, Selim y Bayezid reían cerca de las fuentes, y yo sostenía de la mano al pequeño Cihangir. Eunucos, esclavas, guardias y visires se mezclaban en los límites del patio, separados por finas celosías de madera, pero lo suficientemente cerca para escuchar y ver.
Hasan Pasha se acercó a mí. Había bebido demasiado vino a escondidas y sus ojos estaban inyectados en sangre. Yo estaba hablando con Sümbül Ağa sobre unos donativos cuando mi esposo me agarró del brazo con una fuerza brutal, clavándome los dedos.
—Nos vamos, Mihrişah. Ahora —siseó.
—Suéltame, Pasha —murmuré, intentando mantener la compostura, consciente de las miradas—. El Sultán aún no se ha retirado. Es una falta de respeto.
—¡Yo soy tu esposo y me obedeces! —rugió él.
—¡Soy una Sultana de la dinastía Osman, y tú no eres más que un esclavo de mi padre! —le repliqué, mi paciencia y el terror de un año entero finalmente rompiendo el dique de mi autocontrol.
El silencio cayó sobre el patio. Las concubinas se detuvieron en seco. Mahidevran ensanchó los ojos. Mihrimah que estaba conversando con Gulfem Hatun a unos metros, se giró rápidamente.
Hasan Pasha, ciego de ira y humillación pública, levantó su enorme mano adornada con un pesado anillo de rubí y me abofeteó.
El impacto fue devastador. El metal del anillo me desgarró la mejilla y el labio superior. Caí al suelo con violencia, golpeándome la cabeza contra los azulejos. El sabor metálico de la sangre inundó mi boca de inmediato.
Los gritos de las esclavas llenaron el aire. Sümbül Ağa se llevó las manos a la cabeza gritando: ¡Alá! ¡Alá!
Desde los pasillos superiores, alertados por el escándalo, mi padre Süleyman y mi madre Hürrem corrieron hacia el patio, seguidos de cerca por la guardia imperial.