El diario de Mihrişah:
Muchos en la corte pensaron que mi cicatriz sería mi ruina. Tras el velo de seda que cubría la mitad de mi rostro, me convertí en un fantasma dorado que movía los hilos del tesoro. A mis diecisiete años, los pashas me temían y los visires murmuraban a mis espaldas. ¿Quién querría desposar a una sultana marcada, viuda y con una fortuna que rivalizaba con la del propio Estado? La respuesta llegó de la mano del único hombre que había visto mi sangre derramarse sin inmutarse, el mismo que había decapitado a mi pesadilla.
El año 1541 trajo consigo vientos de cambio en Topkapı. Mi hermano mayor, Mehmed, se preparaba para partir a su provincia como gobernador, un paso crucial hacia el trono. Mi gemelo, Selim, y el rebelde Bayezid seguían sus pasos de cerca, mientras yo multiplicaba mi fortuna financiando las campañas militares de mi padre y asegurando lealtades en el consejo.
Una tarde, me encontraba en mis aposentos revisando unos pergaminos comerciales con Sümbül Ağa, cuando las puertas se abrieron de par en par. Süleyman el Magnífico entró, imponiendo el silencio con su sola presencia. Hice una profunda reverencia, y Sümbül casi se fusionó con el suelo antes de salir corriendo a una señal de la mano de mi padre.
—Mihrişah, mi luz de rostro velado —dijo el Sultán, tomando asiento en mi diván y haciéndome una seña para que me sentara a su lado—. Has convertido las cenizas de tu primer matrimonio en un imperio financiero. Tu madre me dice que tus fundaciones alimentan a miles en la capital.
—Es mi deber, Hünkarım. Todo lo que tengo le pertenece a la dinastía —respondí con voz suave, bajando la mirada.
Mi padre me tomó del mentón, obligándome a mirarlo. Sus ojos azules escudriñaron mi velo oscuro.
—Has guardado luto más de lo necesario. Eres joven, hermosa a mis ojos, y es tiempo de que tengas tu propio hogar, tus propios hijos.
Sentí un escalofrío recorrer mi espina dorsal. El fantasma de los golpes de Hasan Pasha aún me despertaba por las noches.
—Padre, se lo ruego... mi corazón está al servicio del imperio, pero no deseo...
—No te he elegido a un anciano buscando tu oro, Mihrişah —me interrumpió con una sonrisa enigmática—. Esta vez, yo no propuse el matrimonio. Han venido a pedir tu mano. Y es un hombre al que no le negaría nada. El comandante de mis ejércitos, Malkoçoğlu Bali Bey.
El aire abandonó mis pulmones. ¿Bali Bey? El hombre era una leyenda viva, un guerrero formidable, honorable y codiciado por cada mujer del palacio. Y, lo que es peor, el primer y único amor verdadero de mi hermana Mihrimah, quien ahora languidecía en su matrimonio político con Rüstem Pasha.
—Él... ¿Él pidió mi mano? —pregunte, atónita—. Pero es mucho mayor que yo, padre. Y mi rostro...
—Bali Bey me dijo: 'Su Majestad, he visto a la Sultana Mihrişah enfrentarse a la muerte sin parpadear. He visto su lealtad a sus hermanos. No hay mujer en este imperio más digna de respeto, y sería el mayor honor de mi vida protegerla hasta mi último aliento'.
Las palabras de mi padre resonaron en mi pecho. Por primera vez, un hombre no me veía como un saco de oro o un útero imperial. Me veía como una guerrera.
—Si ese es su deseo, y el de usted, mi Sultán... acepto —murmuré.
La noticia corrió por el harén como pólvora encendida. Esa misma noche, la tormenta estalló en mis aposentos.
Mihrimah irrumpió, burlando a los eunucos. Tenía los ojos hinchados por el llanto y el rostro enrojecido por la furia. A sus diecinueve años, la esposa de Rüstem Pasha era la imagen viva del orgullo herido.
—¡¿Cómo pudiste?! —gritó Mihrimah, arrojando un jarrón de porcelana contra la pared, haciéndolo añicos—. ¡De todas las mujeres en este maldito palacio, tú, mi propia hermana! ¡Sabías lo que él significaba para mí! ¡Sabías que mi corazón se rompió cuando nuestra madre me obligó a casarme con esa serpiente de Rüstem!
Me puse de pie, ordenando a mis criadas que nos dejaran solas.
—¡Yo no lo busqué, Mihrimah! —repliqué, alzando la voz por primera vez ante ella—. ¡Fue él quien habló con nuestro padre! ¿Qué esperabas que hiciera? ¿Rechazar al hombre que me salvó la vida, al hombre que ejecutó a mi verdugo?
—¡Es mío! —sollozó Mihrimah, cayendo de rodillas, las lágrimas arruinando su maquillaje—. Siempre lo amé... y ahora dormirá en tu cama.
Me arrodillé a su lado, sintiendo cómo se me rompía el corazón. Tomé sus manos, ignorando su intento de apartarme.
—Escúchame, hermana. Nosotras no elegimos nuestros destinos. Tú te sacrificaste casándote con Rüstem para darle poder a nuestra madre en el consejo. Yo fui golpeada y mutilada para financiar a nuestros hermanos. Bali Bey es un hombre de estado, y yo seré su esposa política.
Mihrimah me miró a los ojos. Detrás de su dolor de mujer enamorada, residía la fría inteligencia de una hija de Hürrem. Sabía que no éramos enemigas; éramos prisioneras en jaulas de oro distintas.
Lentamente, Mihrimah dejó caer su frente contra mi hombro, sollozando amargamente. La abracé con fuerza.
—Si te hace derramar una sola lágrima de tristeza —susurró Mihrimah, aferrándose a mi vestido—, le ordenaré a Rüstem que lo envenene. Te lo juro por Alá.
—Y yo te ayudaré a cavar su tumba —le respondí, sellando nuestra paz con una amarga sonrisa.
Semanas después, se celebró la boda. Fue magnífica, pero sin la ostentación ridícula de mi primer enlace. Esa noche, cuando me llevaron a los aposentos nupciales en mi nuevo palacio, el terror me paralizó.
Me senté en el borde de la cama, vestida de seda carmesí, temblando de pies a cabeza. Cuando Bali Bey entró, cerrando las puertas tras de sí, cerré los ojos esperando instintivamente un golpe o un grito.
Él notó mi rigidez. Se acercó a paso lento y se arrodilló frente a mí, quedando a la altura de mi mirada.
—Sultana —murmuró con esa voz profunda que imponía respeto a ejércitos enteros—. Estás temblando.