Las Memorias de Mihrisah Sultán

Capítulo 5: El Sol Eclipsado y la Mujer de Luz

El diario de Mihrişah:

Si la juventud de una mujer se mide en años, la de una sultana se mide en las tumbas que deja atrás. Tras la consolidación de mi matrimonio con Bali Bey, creí que había alcanzado un equilibrio. Mi fortuna crecía, mis hijos corrían por los jardines de mi palacio y mi esposo me miraba con una devoción que rara vez se ve en los matrimonios arreglados. Pero el Imperio Otomano es un monstruo insaciable que devora la felicidad. Los años que siguieron me enseñaron que ni todo el oro del mundo puede comprar el aliento de quienes amamos, y que las alianzas en el Harén requieren derramar tanta sangre como los campos de batalla.

El año 1543 comenzó con un brillo engañoso. Mi hermano mayor, Mehmed, gobernaba la provincia de la corona, Manisa, con una sabiduría que llenaba de orgullo a mi padre. Mi madre, Hürrem Sultan, reinaba en el harén como la legítima esposa legal, una victoria inaudita en la historia otomana.

Sin embargo, las tías de mis hermanos, Şah Sultan y posteriormente Fatma Sultan, no descansaban en su afán por destruirnos. Aprovechando cualquier oportunidad, intentaban infiltrar a jóvenes y hermosas concubinas en los aposentos privados de mi padre, con la esperanza de debilitar la influencia de Hürrem.

Fue entonces cuando mis lecciones de contabilidad y espionaje dieron sus frutos. Mi madre y yo formamos una alianza implacable. Mientras ella manejaba la política visible, yo operaba desde las sombras de mi palacio, detrás de mi velo de seda.

Recuerdo a una joven esclava circasiana que Fatma Sultan había preparado con esmero. Su belleza era innegable y su talento para el arpa había llamado la atención de mi padre. Una noche, antes de que la joven pudiera caminar por el Camino Dorado hacia los aposentos del Sultán, intervine. No usé dagas ni verdugos mudos. Usé el lenguaje universal del imperio: el oro. Compré la lealtad del médico principal y de la kalfa encargada de los baños. Unas gotas de una tintura especial en sus aceites de baño le causaron una severa erupción cutánea que los médicos diagnosticaron rápidamente como una "enfermedad contagiosa". La joven fue enviada lejos del palacio esa misma madrugada.

Cuando Fatma Sultan me confrontó en los pasillos al día siguiente, sospechando mi intervención, la miré directamente a los ojos por encima de mi velo.

—Las corrientes de aire en Topkapı son traicioneras, mi Sultana —le dije con falsa dulzura—. Arruinan hasta a las flores más hermosas. Mi madre es la única raíz inamovible de este jardín.

Pero nuestra victoria sobre las concubinas fue insignificante comparada con la tragedia que se avecinaba.

Llegó el otoño de 1543. Estaba en mis aposentos, amamantando a una de mis hijas, cuando las campanas del palacio comenzaron a sonar con un eco lúgubre que helaba la sangre. Sümbül Ağa irrumpió en mi habitación, su rostro ceniciento y sus ropas rasgadas en señal de luto.

—¡Sultana! ¡Mi Sultana! —sollozó el eunuco, cayendo de rodillas y golpeándose el pecho—. ¡El sol de nuestro imperio... el Príncipe Mehmed...!

El aire huyó de mis pulmones. Le entregué mi bebé a la nodriza con manos temblorosas.

—¿Qué ha pasado, Sümbül? ¡Habla!

—¡La viruela, Sultana! ¡Se ha llevado al Príncipe en Manisa!

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Ese fue, sin lugar a dudas, uno de los días más oscuros de mi existencia. Mehmed, nuestro príncipe dorado, el hermano mayor que nos protegía y nos inspiraba, había muerto.

Corrí hacia el Palacio de Topkapı. Al entrar a los aposentos de mi madre, la escena me destrozó el alma. Hürrem Sultan estaba en el suelo, arañándose el rostro y gritando con un dolor tan profundo, tan animal, que las paredes parecían llorar con ella. Mi hermana Mihrimah estaba abrazada a sus rodillas, temblando de forma incontrolable. Cihangir, mi pobre y frágil hermano, lloraba silenciosamente en un rincón, retorciéndose por el dolor en su espalda, empeorado por el estrés.

Me arrodillé junto a mi madre y la envolví en mis brazos. No lloré. No en ese momento. Sabía que si yo me derrumbaba, todos lo harían.

—¡Me lo han quitado, Mihrişah! —gritaba mi madre, aferrándose a mis túnicas—. ¡Mahidevran lo ha hecho! ¡Su sangre está en las manos de esa serpiente!

Años después sabríamos que las sospechas de mi madre eran ciertas; un soldado leal a Mahidevran, İlyas Ağa, había infectado intencionalmente a Mehmed a través del pus de una herida. Mahidevran había sacrificado a nuestro hermano para asegurar el trono de Mustafa. Ese día, mientras acunaba a mi madre rota, juré sobre la tumba de Mehmed que aniquilaría a cualquier enemigo que amenazara a mis hermanos restantes.

Con la muerte de Mehmed, el trono de Manisa quedó vacío. El consejo de visires, muchos leales a Mustafa, daban por sentado que el primogénito de Mahidevran regresaría a la provincia de la corona. Pero mi padre, destrozado por el dolor, tomó una decisión que sacudió los cimientos del imperio: nombró a mi hermano gemelo, Selim, como el nuevo gobernador de Manisa.

Selim estaba aterrorizado. Esa noche me mandó llamar a sus aposentos. Lo encontré bebiendo vino, una costumbre que había empezado a cultivar para ahogar la presión que sentía.

—No puedo hacerlo, Mihrişah —me confesó, con los ojos azules inyectados en sangre, viéndose tan idéntico a mí que parecía que me miraba en un espejo turbio—. Mehmed era el favorito. Mustafa es el amado por los Jenízaros y el pueblo. Bayezid es un guerrero sediento de sangre. ¿Y yo? Yo solo soy Selim. Van a devorarme.

Me acerqué a él, le quité la copa de las manos y tomé su rostro entre las mías.

—Tú eres mi otra mitad, Selim —le dije con fiereza—. Eres el hijo de Hürrem Sultan y Süleyman el Magnífico. Mehmed era la espada de nuestro padre, pero tú serás su escudo. Yo estaré aquí, en la capital. Mis riquezas financiarán tus alianzas. Mi red de espías vigilará a tus enemigos. Pero necesitas fuerza allá en Manisa. Necesitas a alguien que te mantenga alerta cuando yo no esté.




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