El diario de Mihrişah:
Mi abuela decía que el poder es una bestia que devora a quien lo alimenta. Durante casi una década, alimenté a esa bestia con oro, secretos y mentiras. Los años pasaron, y la paz en el imperio era solo una ilusión. Una fina capa de hielo sobre un lago de sangre hirviendo. Entre el nacimiento de mis amados sobrinos y la caída de los príncipes, mi corazón se endureció tanto que a veces temía no sentir nada en absoluto. Pero Alá me castigaría por ese pensamiento, demostrándome que el dolor siempre puede ser más profundo.
Los años que siguieron a la muerte de Mehmed fueron una guerra de trincheras silenciosa. Hacia 1546, la semilla que había plantado en Manisa dio sus frutos. Nurbanu dio a luz a mi sobrino Murad, y posteriormente a mis sobrinas Esmehan, Gevherhan y Şah Sultan.
Para mí, esos niños eran la extensión de mi propia alma. Viajaba frecuentemente de la capital a Manisa, rodeada de mi guardia personal y con los cofres llenos de regalos. Mis sobrinos me adoraban. A diferencia del miedo que el velo de mi rostro inspiraba en la corte, para ellos yo era "la tía de seda", la que les traía dulces de miel y espadas de juguete con empuñaduras de oro.
Pero el poder es una droga embriagadora, y Nurbanu había comenzado a beber de ella en exceso.
Una tarde, durante una de mis visitas al palacio de Manisa, me encontraba en los aposentos de la tesorería revisando las cuentas de mi gemelo. Descubrí que Nurbanu había estado desviando sumas exhorbitantes de dinero para comprar sedas y joyas traídas de Venecia, endeudando a los mercaderes locales.
Mandé a llamarla a mis aposentos. Nurbanu entró con la barbilla en alto, vistiendo un caftán púrpura bordado en hilos de plata que costaba más que la alimentación de todo un cuartel de Jenízaros.
—Me mandó a llamar, Sultana —dijo Nurbanu, haciendo una reverencia superficial.
—¿Qué significan estas cifras, Nurbanu? —pregunté, arrojando el libro de cuentas sobre la mesa de madera tallada—. Te envié a Manisa para ser el escudo de mi hermano y la madre de sus herederos, no para vaciar su tesoro en vanidades venecianas.
Los ojos oscuros de Nurbanu destellaron con arrogancia.
—Soy la madre del Príncipe Murad, la favorita absoluta del Príncipe Selim. Necesito mantener una imagen que infunda respeto, Mihrişah Sultan. Nosotras, las madres de los futuros sultanes, debemos brillar. Y, con todo respeto, usted debería ocuparse de su propio palacio en la capital y dejar que yo gobierne este harén.
Me puse de pie lentamente. El silencio en la habitación era asfixiante. Me acerqué a ella hasta quedar a un palmo de su rostro. Podía oler su perfume de jazmín, pero bajo él, olía su ambición desmedida.
—Te saqué de los calabozos oscuros de Topkapı, Cecilia —le susurré, usando su nombre cristiano como un látigo—. Te limpié la suciedad, te vestí y te enseñé a hablar. Eres un perro de caza que yo solté en estos pasillos. No muerdas la mano que sostiene tu correa.
—Selim no permitirá que me hable así —desafió ella, aunque su voz tembló ligeramente.
Las puertas se abrieron en ese preciso instante. Mi gemelo, Selim, entró, seguido por Gazanfer Ağa. Selim nos miró a ambas, captando la tensión letal en el aire.
—Selim, mi señor... —Nurbanu cambió su postura inmediatamente, adoptando un tono de víctima herida, acercándose a él—. La Sultana Mihrişah está cuestionando mis gastos para el bienestar de nuestros hijos...
Selim levantó una mano, deteniéndola. Me miró. Eramos dos gotas de agua, separados solo por el velo de seda que cubría mi cicatriz. Él conocía mi lealtad, y sabía que cada moneda que yo cuestionaba era una moneda que nos faltaría en la guerra que se acercaba.
—Nurbanu —dijo Selim, con una frialdad que la congeló en el sitio—. Has dado a luz a mis hijos y tienes mi favor. Pero nunca lo olvides: Mihrişah es mi luz. Ella es la sangre de mi sangre, mi gemela, y mi voz cuando yo callo. A partir de este momento, decreto que Mihrişah Sultan es la directora absoluta y suprema de mi Harén, tanto aquí en Manisa como dondequiera que yo vaya. Tus cuentas, tus sirvientes y tus pasos le rinden cuentas a ella. Si ella te ordena vestir de harapos, lo harás. ¿Ha quedado claro?
El rostro de Nurbanu palideció. Miró a Selim con incredulidad y luego bajó la mirada hacia mí, mordiéndose el labio con rabia contenida. Hizo una profunda reverencia.
—Como ordene, mi Príncipe.
Cuando nos quedamos solos, Selim me abrazó, escondiendo su rostro en mi cuello.
—El peso es cada vez mayor, Mihrişah. Mustafa se hace más fuerte cada día. Los Jenízaros claman su nombre. Si nuestro padre muere mañana, Mustafa me estrangulará con el cordón de seda. A mí, y a Bayezid.
Acaricié su cabello rojizo, sintiendo el mismo miedo atroz en mi pecho.
—No dejaré que te toquen, Selim. Lo juro por mi vida.
La promesa que le hice a Selim me llevó a cometer el pecado más oscuro de mi vida.
Llegó el año 1553. La devoción de los Jenízaros por mi hermano mayor, Mustafa, había alcanzado un punto crítico. Los rebeldes murmuraban que el Sultán Süleyman estaba viejo y enfermo, y que era hora de que Mustafa lo derrocara. Mi madre, Hürrem, sabía que era ahora o nunca. Mahidevran Sultan ya estaba encargando los caftanes negros de luto para nosotras; podíamos sentir el aliento del verdugo en la nuca.
Una noche oscura y tormentosa, me reuní en secreto en los aposentos de mi madre. Estaban allí mi hermana Mihrimah, con el rostro tenso, y su esposo, el Gran Visir Rüstem Pasha. Mi propio esposo, Bali Bey, estaba comandando las tropas en la frontera oriental, ajeno a la conspiración de palacio; yo prefería mantener sus manos limpias de esta traición, pues su honor de soldado jamás le habría permitido participar.
Rüstem Pasha desenrolló un pergamino sobre la mesa.
—Es el sello falsificado de Mustafa, mis Sultanas. Hemos interceptado a un mensajero del Shah Tahmasp de Persia. Solo necesitamos redactar la carta donde Mustafa presuntamente negocia una alianza con el Shah para derrocar al Sultán.