Las Memorias de Mihrisah Sultán

Capítulo 7: El Anillo de la Sultana y el Fin de la Inocencia

El diario de Mihrişah:

El palacio de Topkapı es un monstruo de piedra que se alimenta de nuestra cordura. Creíamos que al eliminar a Mustafa habíamos asegurado el futuro, pero el precio fue el alma de nuestra madre y la vida de nuestro ángel, Cihangir. En los cinco años que siguieron a su muerte, el invierno pareció instalarse de forma permanente en los pasillos del harén. Las risas desaparecieron. Los colores vibrantes de las sedas fueron reemplazados por tonos oscuros, lutos interminables y silencios sepulcrales. Y en medio de esa tumba en vida, la guerra entre mis dos hermanos restantes, Selim y Bayezid, comenzó a afilar sus espadas.

Entre 1553 y 1558, el Imperio Otomano vio cómo su época más gloriosa comenzaba a pudrirse desde adentro. Mi padre, el Sultán Süleyman, envejeció una década en apenas unos meses. Su barba se tornó blanca como la nieve y sus ojos, antes llenos de fuego y conquista, ahora solo reflejaban la sombra de los hijos que había perdido.

Pero nadie sufrió una transformación tan devastadora como mi madre, Hürrem Sultan.

La culpa por la muerte de Mustafa y el dolor insoportable por la pérdida de Cihangir la consumieron. Una extraña enfermedad, que los médicos no lograban diagnosticar, comenzó a devorar su cuerpo desde dentro. Le salieron llagas, su piel se volvió pálida y frágil como el papel, y apenas podía levantarse del lecho.

Yo pasaba mis días dividida entre mi palacio, donde mi esposo Bali Bey y mis hijos eran mi único refugio de paz, y Topkapı, donde administraba las medicinas de mi madre y vigilaba cada movimiento del harén.

La tensión entre Selim y Bayezid era ya innegable. Bayezid, impulsivo, colérico y amado por los soldados que antes veneraban a Mustafa, culpaba abiertamente a nuestro bando de las desgracias de la familia.

Una tarde de 1558, intercepté a Bayezid en los corredores del palacio. Había venido a ver a nuestra madre.

—Hermano —le dije, bloqueando su camino, mi rostro oculto tras el velo oscuro, mis ojos fijos en los suyos—. No la alteres. Su corazón está muy débil.

Bayezid me miró con una mezcla de rencor y tristeza.

—Tú y Mihrimah son las guardianas de sus secretos, Mihrişah. Y las banqueras de Selim. Sé muy bien que tu oro está financiando a los espías que Selim ha infiltrado en mi provincia de Kütahya.

—Mi oro financia la estabilidad del imperio, Bayezid —respondí con voz gélida—. Tú eres el que reúne tropas a escondidas. Tú eres el que desobedece las órdenes de nuestro padre. Selim es el heredero legítimo.

—¡Selim es un cobarde que se ahoga en vino! —estalló Bayezid, agarrándome por los hombros, sacudiéndome levemente—. ¡Él no tiene el valor para gobernar! ¡Es el títere de esa veneciana sibilina, Nurbanu, y tu esclavo! Si él sube al trono, el imperio caerá. Y tú lo sabes.

Bali Bey, que me había escoltado hasta el palacio y aguardaba a unos metros, dio un paso al frente, llevando la mano a la empuñadura de su espada. Su sola presencia hizo que Bayezid me soltara de inmediato.

—Príncipe Bayezid —advirtió mi esposo, con una calma que resultaba más aterradora que un grito—. Le sugiero que retire sus manos de mi esposa.

Bayezid tragó saliva, fulminándome con la mirada antes de entrar a los aposentos de nuestra madre. Sabía que las palabras de mi hermano tenían parte de verdad. Selim estaba aterrorizado, paralizado por la presión, y buscaba refugio en el fondo de las copas. Y Nurbanu... Nurbanu era una víbora que crecía en la sombra de mi hermano, esperando el momento para inyectar su veneno.

Ese momento llegó apenas unas semanas después, en la primavera de 1558.

La salud de Hürrem Sultan colapsó definitivamente. El sultán ordenó que nadie se apartara de su lado. Mihrimah, Selim, Bayezid y yo nos reunimos en sus aposentos, rodeando su lecho. Hürrem apenas podía respirar. Mi padre sostenía su mano, llorando en silencio, un emperador reducido a un hombre con el corazón roto.

Mi madre pidió hablar con nosotros a solas. Süleyman, destrozado, besó su frente y salió al balcón para darle privacidad con sus hijos.

Hürrem nos miró a los cuatro. Sus ojos, antes chispeantes y llenos de ambición, ahora eran pozos de agua turbia.

—Mis leones... mis hermosas sultanas... —susurró con un hilo de voz, levantando una mano temblorosa—. Prométanme... prométanme por Alá que no derramarán la sangre del otro. Selim... Bayezid... no se maten. No destruyan lo que sacrifiqué con mi alma por construir.

Mihrimah lloraba amargamente, asintiendo. Selim y Bayezid, con lágrimas en los ojos, se miraron con desconfianza, pero asintieron ante su madre moribunda. Yo me arrodillé junto a ella, tomando su mano fría. Sabía que esa promesa era imposible. Las leyes de la dinastía exigían sangre.

Horas después, en los brazos del hombre que la amó por encima de las leyes y las tradiciones, Hürrem Sultan, la esclava rusa que se convirtió en la reina del mundo, exhaló su último aliento.

El llanto rasgó las paredes de Topkapı. El imperio entero entró en un luto profundo.

Mientras las preparaciones fúnebres comenzaban y el palacio era un caos de eunucos y criadas corriendo con telas negras, me quedé en silencio, observando el cuerpo inerte de mi madre en sus aposentos, iluminada solo por la luz de las velas. Mihrimah había salido a consolar a nuestro padre.

De repente, la puerta de madera tallada se abrió con un crujido imperceptible. Me oculté en las sombras de las pesadas cortinas de terciopelo.

Vi entrar a Nurbanu. Había viajado desde la provincia con Selim. Miró a ambos lados, asegurándose de que la habitación estuviera vacía. Con pasos rápidos y sigilosos, se acercó al lecho de muerte de mi madre. Sus ojos se clavaron en la mano inerte de Hürrem.

Allí, brillando bajo la luz mortecina, estaba el legendario anillo de esmeralda. El anillo que Süleyman había diseñado y forjado con sus propias manos para Hürrem, la pieza de joyería más envidiada de todo el imperio, el símbolo absoluto del poder del harén. Mahidevran había llorado sangre por ese anillo.




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