El diario de Mihrişah:
Los historiadores escribirán que la Batalla de Konya fue un choque de titanes, un duelo de honor entre dos príncipes otomanos por el derecho sagrado a gobernar el mundo. Mentiras. Fue una matanza comprada con monedas venecianas y lingotes de oro balcánico. Yo no empuñé una espada en esa llanura polvorienta, pero cada gota de sangre derramada esa primavera de 1559 llevaba mi nombre. Para que mi gemelo viviera, el otro hermano debía morir. Esa era la maldición de la Casa de Osman, y yo me convertí en su verdugo más eficiente.
La llanura de Konya amaneció cubierta por una densa neblina, como si el propio Alá intentara ocultar la vergüenza de lo que estaba a punto de ocurrir. Desde una colina elevada y segura, flanqueada por la imponente figura de mi esposo, Malkoçoğlu Bali Bey, y mi guardia personal, observé los campamentos.
A mi derecha, el ejército de mi hermano gemelo, Selim. A pesar del respaldo oficial de nuestro padre, las tropas de Selim estaban mermadas por el miedo. Selim no era un comandante militar nato; su armadura parecía pesarle más que el propio imperio.
A mi izquierda, extendiéndose como una marea implacable, estaban las fuerzas de Bayezid. Eran veteranos feroces, Jenízaros desleales que habían adorado a Mustafa y que ahora veían en Bayezid la reencarnación del guerrero perfecto.
Dentro de la tienda de comando, el ambiente era irrespirable. Selim caminaba en círculos, frotándose las manos temblorosas. Nurbanu estaba sentada en un rincón, con el rostro pálido, aferrando un amuleto contra el mal de ojo.
—Tienen más cañones —murmuraba Selim, con los ojos azules inyectados en sangre, mirando el mapa sobre la mesa de campaña—. Bayezid nos flanqueará antes del mediodía. ¡Estamos muertos, Mihrişah! ¡Padre me ha enviado a mi propia tumba!
Me acerqué a él, mis túnicas de seda negra susurrando contra las alfombras. Tomé sus hombros y lo obligué a mirarme. A través de la fina tela de mi velo, mis ojos buscaron los suyos, transmitiéndole todo el hielo que gobernaba mis venas.
—Escúchame bien, Selim —le ordené con voz firme—. Bayezid puede tener los cañones, pero yo tengo las llaves de sus cadenas. Rüstem Pasha hizo su trabajo en la capital con mi oro. Solo debes resistir el primer embate. Mantente a salvo en la retaguardia. Deja que los mercenarios hagan el trabajo sucio.
Nurbanu se puso de pie, incapaz de contener su veneno.
—¡¿Cómo puede estar tan segura, Sultana?! —siseó—. ¡Si sus sobornos fallan, la cabeza de mi príncipe, la de mis hijos y la mía rodarán hoy mismo!
Sin soltar a mi hermano, giré la cabeza hacia ella. Mi mirada era suficiente para silenciarla, pero decidí hablar.
—Porque, a diferencia de ti, esclava veneciana, yo entiendo que la lealtad de un soldado termina donde empieza el hambre de su familia. Siéntate y reza, que es para lo único que sirves en un campo de batalla.
Los cuernos de guerra resonaron en la llanura. El sonido desgarró el silencio de la mañana. Bali Bey entró en la tienda, su armadura reluciente, listo para liderar a mi guardia de élite en caso de que las líneas de Selim colapsaran.
—Comienza —anunció mi esposo con gravedad, posando una mano protectora sobre mi espalda—. Bayezid ha dado la orden de avance.
La batalla estalló con una furia indescriptible. El estruendo de los cañones hacía temblar la tierra bajo mis pies. El humo negro oscureció el cielo. Desde la colina, vi cómo la vanguardia de Bayezid destrozaba las primeras líneas de defensa de Selim. Mi gemelo observaba desde su caballo en la retaguardia, rodeado de escudos, aterrorizado.
Pero entonces, el oro comenzó a hacer su trabajo mágico y macabro.
A la señal de los tambores, justo cuando el comandante del flanco derecho de Bayezid debía cerrar la pinza y aplastar a las tropas de Selim, el movimiento se detuvo. El comandante, con los bolsillos pesados por las gemas que Rüstem Pasha le había entregado en mi nombre, ordenó a sus hombres retroceder. En cuestión de minutos, la confusión se apoderó del ejército rebelde. La traición se extendió como un incendio. Regimientos enteros de Bayezid bajaron sus armas o abandonaron el campo, comprados por mi tesorería.
Bayezid, montado en su corcel negro, rugió de furia. Desde la distancia, aunque no podía escuchar sus palabras, vi su figura agitar la espada, dándose cuenta de que no estaba siendo derrotado por la estrategia de su hermano, sino por la traición. Su ejército se desmoronó.
Fue una victoria aplastante para Selim. Pero Bayezid no se rindió. Herido en su orgullo y desesperado, logró escapar del campo de batalla con sus hijos y un puñado de tropas leales. Huyó a Amasya, y de allí, cometió el error que sellaría su destino para siempre.
Cruzó la frontera y buscó refugio en el Imperio Persa, la corte del Shah Tahmasp, el enemigo jurado de nuestro padre.
Cuando la noticia de la deserción de Bayezid llegó a Topkapı, el Sultán Süleyman el Magnífico enfureció como nunca antes en su vida. Había perdonado la rebeldía, había llorado a sus hijos muertos, pero la traición al imperio aliándose con el enemigo era el pecado imperdonable. El nombre de Bayezid fue borrado de las oraciones de los viernes. Süleyman emitió el decreto de muerte: Bayezid y todos sus hijos varones debían ser ejecutados.
Pero el Shah Tahmasp no entregaría a un príncipe otomano fácilmente. Sabía que tenía en sus manos la pieza de negociación más valiosa del mundo. Exigió tierras, castillos y una cantidad astronómica de oro a cambio de entregar a Bayezid a los verdugos de mi padre.
Fue entonces cuando la verdadera guerra de desgaste comenzó. Una guerra de cartas y cofres de tesoros.
Regresé a mi palacio en la capital a finales de 1560. Mi esposo, Bali Bey, que aborrecía la diplomacia de las sombras, prefería pasar su tiempo con nuestros hijos, entrenando a nuestro primogénito en el arte de la caballería. Yo, en cambio, me encerré en mis bóvedas subterráneas.