El diario de Mihrişah:
La quietud que precede a la muerte de un imperio es engañosa. Tras la sangre derramada en Persia, Topkapı se sumió en un silencio pesado, roto únicamente por la tos seca de mi padre y el eco de mis propios pasos en las bóvedas subterráneas. Durante cinco años, me dediqué a tejer la red de seguridad que sostendría a mi gemelo cuando el gran roble cayera. Pero Nurbanu, en su arrogancia, olvidó que las víboras no son las únicas criaturas venenosas del palacio. Los dragones también escupen fuego, y yo estaba a punto de incendiar su mundo con una simple esclava de ojos claros.
Corría el año 1563. Mi sobrino, el Príncipe Murad, hijo de Selim y Nurbanu, había alcanzado la edad para partir a su propia provincia en Manisa, siguiendo los pasos de la tradición. Murad era un joven brillante, pero Nurbanu lo había asfixiado con su influencia, intentando moldearlo a su imagen y semejanza para asegurar su propio futuro como Valide Sultan.
Nurbanu creía tener el control absoluto, pero ignoraba que mi hermana Mihrimah y yo, a pesar de nuestras diferencias pasadas, compartíamos un mismo propósito: no permitiríamos que una esclava veneciana gobernara la dinastía de Hürrem Sultan.
Una tarde, invité a Mihrimah a mi palacio. El tiempo y la tristeza habían suavizado su rencor hacia mí. Tras la muerte de su esposo, Rüstem Pasha, Mihrimah había heredado gran parte de su fortuna, pero seguía dependiendo de mi red de espías. Nos sentamos en los cojines de mi terraza, observando el Bósforo, mientras una joven criada nos servía café.
La joven era de una belleza etérea. Cabello rubio como el trigo bañado por el sol, piel de alabastro y unos ojos almendrados de un azul gélido. Se movía con la gracia de un felino y la precisión de una daga. Su nombre cristiano era Sofia, una noble albanesa capturada años atrás. Yo la había comprado, educado y pulido hasta convertirla en el arma perfecta.
—Es magnífica, Mihrişah —murmuró Mihrimah, observando a la joven retirarse—. Has hecho un trabajo excepcional. Tiene la misma altivez que Hürrem Sultan.
—Se llama Safiye —le corregí, ajustando el velo sobre mi rostro—. Le he enseñado los idiomas de Europa, la poesía de Oriente, y sobre todo, cómo complacer a un príncipe tanto en la mente como en el lecho. Nurbanu cree que Murad le será eternamente leal a las concubinas que ella misma le elige. Se equivoca.
Días después, durante una fastuosa celebración en Topkapı por la inminente partida de Murad, Mihrimah y yo hicimos nuestra jugada. Nos acercamos a nuestro sobrino, quien nos recibió con profundas reverencias. A nuestro lado, Safiye permanecía con la cabeza gacha, irradiando una inocencia calculada.
—Mi querido Murad —dijo Mihrimah con voz melosa—. Eres la esperanza del imperio. Tu tía Mihrişah y yo queremos otorgarte un obsequio digno de tu nueva corte en Manisa.
Hice una seña con mi mano cubierta de anillos. Safiye dio un paso al frente y levantó la mirada hacia el príncipe. Los ojos de Murad se clavaron en ella. El impacto fue instantáneo, físico y devastador. El joven príncipe dejó de respirar por un segundo, completamente hechizado por la belleza albanesa.
—Ella es Safiye Hatun —le dije, mi voz sonando rasposa y autoritaria bajo la seda oscura—. Ha sido educada por nosotras mismas. Será tu sombra, tu consuelo y tu leal servidora.
Desde el otro lado del salón, la mirada de Nurbanu captó la escena. Su rostro palideció y luego se encendió de furia. Sabía exactamente lo que estábamos haciendo. Estábamos introduciendo un caballo de Troya en el lecho de su hijo. Pero Nurbanu no podía rechazar un regalo de las hijas del Sultán frente a toda la corte.
Esa noche, antes de partir, Nurbanu irrumpió en mis aposentos temporales en el harén. Estaba temblando de rabia.
—¡Es usted un monstruo despiadado, Mihrişah Sultan! —siseó, olvidando todo protocolo—. ¡Quiere arrebatarme a mi hijo! ¡Quiere envenenarlo contra mí con esa ramera rubia!
Me giré lentamente, sosteniendo una copa de vino.
—Te advertí años atrás que yo decidiría quién porta el poder en esta familia, Nurbanu. Tú le diste a Selim un heredero, sí. Pero tu tiempo de gobernar ha terminado. Safiye le dará hijos a Murad, y a diferencia de ti, ella responde directamente a mi autoridad. Disfruta tu viaje a Manisa. Pronto descubrirás que en tu propio palacio, eres una extranjera.
Los años siguientes confirmaron mi victoria. Safiye eclipsó a cualquier otra mujer en la vida de Murad. Le dio a luz a mi sobrino Mehmed, y Nurbanu se encontró aislada, luchando contra una nuera que era el reflejo exacto de mi propia crueldad estratégica.
Pero los juegos del harén pasaron a un segundo plano cuando llegó el año 1566.
Süleyman el Magnífico, el león que había hecho temblar a Europa y Asia, apenas podía mantenerse en pie. La gota lo atormentaba, pero su espíritu guerrero se negaba a morir en una cama de seda. Convocó al ejército para una última campaña en Hungría: el asedio de Szigetvár.
El día de su partida, el palacio entero lloró. Sabíamos que era una despedida. Me acerqué a la litera imperial para besar su mano. Mi padre me miró con ojos cansados, nublados por el dolor y los fantasmas de mis hermanos muertos.
—Mi luz velada —susurró, acariciando mi mejilla por encima de la cicatriz oculta—. Has protegido a Selim. Has cargado con pecados que no te correspondían. Que Alá perdone a esta dinastía.
—Que Alá le otorgue la victoria, Hünkarım —respondí, con la garganta cerrada.
Esa fue la última vez que vi a mi padre con vida.
A principios de septiembre de 1566, la noticia llegó a Topkapı en medio de la noche, traída por un mensajero secreto del nuevo Gran Visir, Sokollu Mehmed Pasha. El Sultán había muerto en su tienda de campaña. La victoria en Szigetvár era nuestra, pero el costo había sido el sol del imperio.
Sokollu, temiendo un motín de los Jenízaros si se enteraban de que el trono estaba vacío, había ordenado ocultar la muerte de mi padre. Habían embalsamado el cuerpo y seguían emitiendo órdenes falsas en su nombre.