Las Memorias de Mihrisah Sultán

Capítulo 10: El Trono de Cenizas y la Reina de las Sombras

El diario de Mihrişah:

Ganar el trono no es el final de la guerra; es apenas el comienzo del asedio. Cuando Selim se sentó en el trono de madera y oro incrustado de rubíes, el mundo entero se inclinó ante él. Los historiadores, siempre tan ciegos a las verdades que ocurren a puerta cerrada, lo llamarían "Selim el Borracho". Decían que el vino de Chipre fluía por sus venas más que la sangre de Osman. Lo que ellos no sabían era que mi gemelo no bebía por placer, sino por terror. Bebía para silenciar los gritos de Mustafa y Bayezid que resonaban en las oscuras bóvedas de Topkapı. Bebía para no ver los ojos tristes de Cihangir en las sombras. Él llevaba la corona, pero yo llevaba el peso del imperio.

El reinado de mi gemelo, el Sultán Selim II, consolidó la era que mi madre había comenzado. El palacio se dividió en dos polos de poder absoluto: en el exterior, el Gran Visir Sokollu Mehmed Pasha manejaba los hilos del Consejo de Estado y las conquistas militares. En el interior, detrás de las gruesas puertas del Harén, la autoridad era mía.

Mi palacio en la capital se convirtió en una extensión del propio Topkapı. Mis bóvedas estaban tan llenas que tuve que comprar terrenos adicionales solo para construir más cámaras acorazadas. Financié la construcción de mezquitas, hospitales, baños públicos y comedores para los pobres, cimentando mi imagen como la benefactora del imperio. En las calles, la gente no gritaba el nombre de Nurbanu; gritaban bendiciones para la "Sultana Velada", la luz que alimentaba a Estambul.

Nurbanu, sin embargo, era como una herida mal curada que se negaba a cicatrizar.

Acorralada en los aposentos de las favoritas, humillada por mi control absoluto y carcomida por el odio al ver cómo Safiye dominaba a su hijo Murad en Manisa, Nurbanu cometió un error producto de la desesperación.

Era el invierno de 1568. Una noche, Sümbül Ağa, quien ahora era un anciano encorvado pero con los oídos más afilados de todo el imperio, llegó a mis aposentos privados.

—Mi Sultana —susurró el eunuco, entregándome un pequeño frasco de cristal opaco—. Mis espías en las cocinas de Manisa interceptaron este paquete. Iba dirigido a la partera personal de Safiye Hatun.

Destapé el frasco. El olor almendrado y dulzón del cianuro puro golpeó mis sentidos.

—Veneno —dije fríamente, volviendo a taparlo—. Nurbanu está perdiendo la paciencia. Safiye acaba de anunciar que espera otro hijo de Murad. Nurbanu sabe que si Safiye le da un segundo príncipe, su propio poder como futura Valide se diluirá hasta desaparecer.

—¿Qué ordena que hagamos, Sultana? ¿Se lo comunico al Sultán Selim? —preguntó Sümbül.

Negué con la cabeza, una sonrisa oscura dibujándose bajo mi velo de seda negra.

—Mi hermano está en sus aposentos privados ahogándose en vino; no lo molestaremos con los berrinches de una serpiente celosa. Prepararé mi propia respuesta.

A la mañana siguiente, me presenté en los aposentos de Nurbanu en Topkapı sin previo aviso. Mis guardias apartaron a sus eunucos de la puerta y entré, seguida por dos de mis sirvientas.

Nurbanu estaba sentada en su diván, rodeada de sus hijas, mis sobrinas Şah, Esmehan y Gevherhan. Al verme entrar, las niñas, a quienes yo adoraba y que me respetaban profundamente, se pusieron de pie y me hicieron una reverencia.

—Tía Mihrişah —dijeron al unísono.

—Mis hermosas sultanas —les respondí con tono suave, acariciándoles las mejillas—. Vayan a los jardines, sus túnicas nuevas han llegado de Bursa y quiero que las vean.

Las niñas salieron de la habitación obedientemente. Cuando las puertas se cerraron, la atmósfera se volvió de hielo. Nurbanu se puso de pie, su rostro tenso.

—¿A qué debo el honor de su invasión, Sultana? —preguntó, intentando mantener la altivez, aunque sus manos delataban su nerviosismo.

Me acerqué a la pequeña mesa de té frente a su diván. Metí la mano en los pliegues de mi caftán y saqué una caja de madera de ébano con incrustaciones de nácar. La coloqué sobre la mesa y la abrí lentamente.

Dentro, sobre una cama de terciopelo rojo, descansaba el frasco de cristal opaco, y a su lado, había un trozo de lengua humana ensangrentada.

Nurbanu ahogó un grito, llevándose las manos a la boca, sus ojos desorbitados por el horror mientras retrocedía tropezando con los cojines.

—Esta lengua —dije con voz monótona, como si hablara del clima— pertenecía a la mensajera que enviaste a Manisa. Era muy habladora antes de que mis hombres la interceptaran. Nos contó todo sobre tu plan para envenenar el vientre de Safiye.

—¡Es mentira! —jadeó Nurbanu, temblando—. ¡Usted lo plantó! ¡Yo nunca...!

Me moví con la rapidez de una víbora y la agarré del cuello de su vestido, atrayéndola hacia mí. El anillo de esmeralda de mi madre brilló amenazadoramente cerca de su ojo.

—Te lo advertí en el pasillo el día de la coronación —le siseé al oído, mi voz destilando veneno puro—. Te dije que si desafiabas mi red, te destruiría. ¿Crees que puedes jugar a ser Dios con la sangre de mi sobrino Murad? Escúchame bien, esclava. Por respeto a las lágrimas de mis sobrinas, esta vez no iré con Selim. Pero te juro por la tumba de la Madre Sultana que si un solo cabello de Safiye o de sus hijos cae al suelo, te obligaré a beberte este frasco entero frente a los ojos de tu propio hijo.

La empujé, haciéndola caer sobre el diván. Nurbanu lloraba de puro terror, incapaz de articular palabra. Recogí la caja de ébano, me di la vuelta y salí de los aposentos, dejándola marchitándose en su propia impotencia. Nurbanu no volvió a intentar nada contra Safiye durante años. Había aprendido, de la forma más brutal, que el harén era mi reino.

Sin embargo, gobernar a través del miedo y el oro era una carga solitaria.

Años de mantener esta fachada de hierro comenzaron a pasar factura en mi espíritu. Las pesadillas con Bayezid y sus hijos estrangulados eran constantes. Me despertaba en medio de la noche, sudando, sintiendo que la sangre de mi familia manchaba mis manos.




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