Las Memorias de Mihrisah Sultán

Capítulo 11: El Trono de Hielo y el Último Vuelo del Halcón

El diario de Mihrişah:

Cuando un gemelo muere, no solo pierdes a un hermano; pierdes a la mitad de tu propia alma. Con el último aliento de Selim, sentí que una parte de mi propia mente se oscurecía para siempre. Pero en el Imperio Otomano, el luto es un lujo que la realeza no puede permitirse. El cadáver de un sultán es el detonante más peligroso del mundo, y si la noticia de su muerte llegaba a los cuarteles de los Jenízaros antes de que el nuevo heredero ocupara el trono, Estambul ardería en llamas.

La noche en que Selim murió, los aposentos privados se convirtieron en una tumba gélida. Nurbanu, al ver que su esposo había exhalado su último suspiro tras el golpe en los baños, comenzó a gritar histéricamente, rasgándose las ropas y tirando de sus cabellos.

—¡Cállate! —le ordené, dándole una bofetada seca que resonó en la habitación, silenciándola de golpe—. ¡Si los guardias te escuchan, los Jenízaros nos decapitarán a todos antes del amanecer!

Sokollu Mehmed Pasha, el Gran Visir, entró apresuradamente, cerrando las pesadas puertas tras de sí. Su rostro reflejaba la misma urgencia implacable que gobernaba mi sangre.

—Sultana Mihrişah, Sultana Madre Nurbanu —dijo Sokollu con voz ronca y apresurada—. He despachado a un jinete de confianza hacia Manisa para traer al Príncipe Murad. Pero tardará al menos doce días en llegar. Debemos ocultar la muerte de Su Majestad.

Miré el cuerpo sin vida de mi gemelo. Sus labios comenzaban a tornarse de un tono violáceo. Doce días. El hedor de la muerte nos delataría mucho antes.

—Hielo —dictaminé, mi voz carente de cualquier emoción, aunque por dentro me estaba rompiendo en pedazos—. Llenen las tinajas de los baños con hielo de las montañas. Sumergiremos el cuerpo de mi hermano allí. Solo el médico principal, Sokollu y nosotras dos entraremos a estos aposentos. Diremos que el Sultán sufre de una fiebre severa y ha prohibido las visitas.

Nurbanu me miró con verdadero horror.

—¡Es el Sultán del mundo, Mihrişah! ¡No podemos tratar su cuerpo como si fuera carne de matadero!

Me acerqué a ella, mis ojos azules clavándose en los suyos.

—Si quieres que tu hijo Murad conserve su cabeza para usar la corona, harás exactamente lo que te digo, Nurbanu. Ayúdame a levantarlo. Ahora.

Fue la tarea más macabra de mi vida. Junto al médico, Sokollu y una temblorosa Nurbanu, arrastramos el cuerpo sin vida de mi amado gemelo hasta los baños. Lo depositamos en una gran bañera de mármol y la llenamos de bloques de hielo. Cada día durante casi dos semanas, entré a esa sala helada, limpiando el rostro de mi hermano, asegurándome de que el hielo no se derritiera, mientras Sokollu emitía edictos falsos firmados con el sello de Selim para mantener la paz en el imperio.

Finalmente, a finales de diciembre de 1574, Murad llegó a la capital.

La coronación fue rápida. Murad III fue aclamado por los Jenízaros tras recibir el oro que, una vez más, fluyó de mis cofres para asegurar lealtades. Pero el verdadero espectáculo no ocurrió en el patio de armas; ocurrió en las profundidades del harén.

Nurbanu, ahora convertida oficialmente en Valide Sultan, caminaba por los pasillos con la frente en alto, seguida de un ejército de eunucos. Creía que la muerte de mi hermano y su nuevo título la hacían invulnerable. Pero ignoraba el arma letal que venía en el carruaje detrás del Sultán.

Esa noche, en el salón principal, el harén entero se reunió para rendir pleitesía al nuevo soberano. Murad estaba sentado en el diván principal. A su derecha, Nurbanu sonreía victoriosa. A su izquierda, me encontraba yo, cubierta con mi velo de seda oscura, el anillo de esmeralda de mi madre destellando en mi mano.

Las puertas se abrieron, y Safiye Hatun entró.

La joven albanesa ya no era la criada sumisa que yo había educado. Había dado a luz a un príncipe y a varias sultanas. Estaba ataviada con un caftán de hilos de oro puro, y su cabello rubio caía en cascada bajo una diadema de diamantes que yo misma le había obsequiado. Se movía con la gracia depredadora de una pantera.

Safiye se acercó, hizo una reverencia ante Murad, quien la miró con una devoción casi patológica, y luego se giró hacia nosotras. Hizo una reverencia superficial hacia Nurbanu, pero cuando se volvió hacia mí, su reverencia fue profunda, tocando el suelo con sus dedos antes de llevarlos a su frente y pecho.

—Sultana Mihrişah —dijo Safiye, con una sonrisa dulce pero de mirada afilada—. La luz de nuestro imperio. Su presencia bendice mi regreso.

Nurbanu apretó los puños.

—Safiye —intervino la Valide Sultan con voz venenosa—. Recuerda tu lugar. El harén ahora está bajo mi mando. Yo soy la Madre Sultana.

Murad, incómodo por la tensión, intervino.

—Madre, Safiye es mi Haseki, la madre de mi heredero. Le exijo que la trate con el respeto que merece. Y en cuanto al harén... mi amada tía Mihrişah seguirá manteniendo sus privilegios intactos. El tesoro de mi tía ha salvado nuestra dinastía más de una vez.

Safiye me miró de soslayo, una mirada de pura complicidad. Habíamos ganado. Nurbanu tenía el título, pero Safiye controlaba la cama del Sultán, y yo controlaba el oro y los espías. La nueva Valide Sultan no era más que un pájaro encerrado en una jaula que nosotras habíamos construido.

Pero mientras yo jugaba a ser Dios en los pasillos de Topkapı, Alá decidió que era momento de cobrarme la última deuda de mi vida.

Llegó el año 1576. Mi esposo, Malkoçoğlu Bali Bey, el gran guerrero que había servido a tres sultanes, comenzó a desvanecerse.

Tenía más de ochenta años. Su cuerpo, que una vez fue una fortaleza inexpugnable, cedió ante el peso del tiempo y de las heridas de cien batallas. Su corazón comenzó a fallar. Los médicos me advirtieron que no pasaría del invierno.

Trasladé mi residencia de forma permanente a nuestro palacio. Abandoné las reuniones secretas, dejé a Safiye a cargo de atormentar a Nurbanu y me encerré en los aposentos de mi esposo.




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