Las Memorias de Mihrisah Sultán

Capítulo 12: La Última Hija del Magnífico y el Ocaso Veneciano

El diario de Mihrişah:

Dicen que el castigo supremo por sobrevivir a todos los que amas es tener que vivir con sus fantasmas. Durante mi juventud, temí a las dagas en la oscuridad y a los venenos en las copas de oro. Pero en mi vejez, descubrí que el verdadero terror es el silencio de un palacio vacío de tu propia sangre. Hacia el final de la década, me convertí en un espectro, una reliquia viviente de la era más gloriosa del imperio. Fui la última hija de Süleyman el Magnífico y Hürrem Sultan en quedar en pie, y desde mi soledad, orquesté la sinfonía final de mi venganza.

El año 1578 trajo consigo el invierno más crudo que Estambul había presenciado en décadas. El Bósforo amenazaba con congelarse, y ese mismo frío se instaló en los pulmones de mi hermana.

Mihrimah Sultan, la deslumbrante princesa del sol y la luna, yacía en su lecho en el Palacio Viejo. Su salud se había deteriorado rápidamente. Yo pasé semanas a su lado, dejando que Safiye manejara los venenos y las intrigas en Topkapı.

Una tarde, mientras la nieve caía pesadamente contra los ventanales, Mihrimah apretó mi mano. Sus dedos estaban fríos, casi transparentes.

—Mihrişah... —susurró, con la respiración entrecortada, sus ojos oscuros buscando mi rostro cubierto por el eterno velo negro—. Nuestros padres... Mehmed... Selim... Bayezid... y nuestro dulce Cihangir. Todos están esperando.

—Aún no es tu tiempo, hermana —le respondí, intentando mantener la voz firme, aunque el nudo en mi garganta me asfixiaba—. No me dejes sola en este nido de víboras.

Mihrimah esbozó una sonrisa débil, carente de su antiguo orgullo.

—Tú no estás sola, hermana mía. Tienes el imperio entero a tus pies. Has ganado el juego. Pero yo... yo estoy tan cansada. Cansada de llorar a los muertos. Cansada del peso de nuestro apellido.

Levantó una mano temblorosa y, con extrema delicadeza, apartó la seda de mi velo para ver mi cicatriz.

—Llevaste las heridas que debieron ser mías, Mihrişah. Cobraste la sangre de nuestros hermanos con un valor que a mí me faltó. Eres la más fuerte de todos nosotros. Eres la última leona de Hürrem Sultan.

Esa noche, Mihrimah cerró los ojos y su respiración se apagó suavemente, en paz, algo raro en nuestra dinastía.

El funeral de mi hermana fue un evento de luto nacional, pero para mí, fue el cierre definitivo de las puertas de mi humanidad. Con la muerte de Mihrimah y la de mi esposo Bali Bey, ya no quedaba nadie en este mundo a quien yo necesitara proteger por amor. Solo quedaba el poder, el oro, y mi inquebrantable deseo de destruir a Nurbanu Sultan antes de reunirme con mi familia.

Regresé a la capital convertida en una fuerza de la naturaleza. Ya nadie se atrevía a mirarme a los ojos. Mi sola presencia, vestida de negro absoluto, con el velo oscuro y el anillo de esmeralda de mi madre brillando en mi mano, hacía que los visires y los Jenízaros agacharan la cabeza con terror reverencial.

En Topkapı, el plan que Safiye y yo habíamos trazado estaba dando sus frutos de manera espectacular.

Desesperada por el control absoluto que Safiye ejercía sobre el Sultán Murad, Nurbanu había comenzado a llenar los aposentos de su hijo con decenas de vírgenes hermosísimas traídas de todos los rincones del mundo. Quería diluir la influencia de Safiye dándole a Murad docenas de príncipes de madres distintas.

Pero Murad tomaba a las mujeres noche tras noche, y los meses pasaban sin que ninguna anunciara un embarazo.

Nurbanu estaba al borde de la locura. Contrató hechiceras de Anatolia y magos de Egipto, acusando a Safiye a gritos en los pasillos de haber "atado" la virilidad de su hijo con magia negra. Murad, influenciado por su madre, comenzó a dudar.

Pero Safiye, fría como el hielo albanés, vino a mis aposentos privados una noche, sonriendo.

—Sus gotas son un milagro oscuro, mi Sultana —me dijo Safiye, sirviéndose una copa de vino en mi presencia, un privilegio que solo le permitía a ella—. Nurbanu está convencida de que es un castigo divino o brujería. Las concubinas lloran sangre de frustración porque sus vientres están estériles. Y Murad... Murad ha vuelto a mis brazos, llorando, pidiéndome perdón, creyendo que Alá solo bendice la semilla que planta en mi vientre.

Asentí lentamente desde mi diván.

—El veneno indio seca la tierra para que ninguna semilla germine. Nurbanu está agotando sus recursos y su cordura. Pero eso no es suficiente, Safiye. Quiero que caiga. Y quiero que sepa que fui yo.

El golpe de gracia llegó en 1583.

Nurbanu, consumida por el estrés, la paranoia y los constantes fracasos para derrocar a Safiye, cayó gravemente enferma. Un misterioso mal estomacal, que algunos médicos susurraban era producto de un envenenamiento lento —una acusación que nunca pudieron probar, pues mis asesinos eran fantasmas—, la dejó postrada en cama. Su piel, antes orgullosamente blanca como el mármol de Venecia, se tornó amarillenta y cetrina. Se consumió hasta ser solo piel y huesos.

Murad estaba destrozado por la salud de su madre, pero el imperio no se detenía por el llanto de un Sultán.

La noche en que quedó claro que Nurbanu no vería salir el sol, ordené a mis guardias personales que despejaran los pasillos de Topkapı. Caminé por el harén como el ángel de la muerte. Los eunucos de Nurbanu intentaron bloquear la puerta de sus aposentos, pero a una simple señal de mi mano, Sümbül Ağa y mis guardias los apartaron brutalmente, empujándolos al suelo.

Abrí las pesadas puertas de madera. La habitación apestaba a medicinas rancias y a muerte inminente.

Nurbanu estaba en su lecho, respirando con dificultad. Sus ojos oscuros, hundidos en las cuencas, se abrieron al escuchar el sonido de la puerta. Al ver mi silueta negra recortada por la luz de las antorchas, un gemido de terror escapó de sus labios agrietados.

Me acerqué a su cama a paso lento, mis ropajes de seda susurrando contra el suelo. Ordené a las criadas y al médico que salieran. Se apresuraron a obedecer, aterrorizados de contradecir a la hermana del difunto Sultán.




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