Prólogo del Historiador:
He llegado al fondo del cofre de cedro. El último pergamino está manchado, no de sangre, sino de tiempo y lágrimas secas. La caligrafía, antes firme y afilada como una espada otomana, aquí se vuelve temblorosa, frágil, el rastro de una mujer cuyo cuerpo finalmente cedía ante el peso de un imperio. Los registros oficiales de 1595 marcan la muerte del Sultán Murad III, pero poco dicen de la sombra que expiró poco antes que él. Esta es la última página del diario de Mihrişah Sultan, la mujer que sostuvo el mundo en sus manos y decidió, por voluntad propia, cuándo era el momento de dejarlo caer.
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La última página del diario de Mihrişah:
El frío del Bósforo ya no se queda en mis huesos; ahora habita en mi alma. El tintero parece secarse tan rápido como mis propias venas. He vivido demasiado. He sobrevivido a mis padres, a todos mis hermanos, a mi amado esposo y a la era de los titanes. He visto a príncipes nacer coronados de gloria y morir estrangulados en el polvo. El silencio de mi palacio es ensordecedor, pero cuando cierro los ojos, no hay silencio. Escucho a Mehmed cabalgando, a Cihangir riendo, a Selim llamándome desde las sombras, y siento las manos cálidas de Bali Bey sobre mi piel cicatrizada. Ya vienen por mí. La oscuridad me llama por mi nombre, y por primera vez en mi vida, no tengo la intención de luchar.
Corría el invierno de 1594. Yo rondaba los setenta años de edad, una cifra casi mítica para los miembros de la dinastía Osman, quienes solían morir jóvenes por la espada, el veneno o la tristeza. Mi cuerpo, que alguna vez desfiló con armadura en los campos de Konya y lució las sedas más finas del mundo, ahora yacía postrado en mi inmensa cama con dosel.
Mis pulmones crujían con cada respiración. Los médicos imperiales, inútiles ante el paso del tiempo, me habían recetado jarabes de opio para calmar el dolor, pero me negué a tomarlos. Quería recibir a la muerte con la mente lúcida. Quería mirar a los ojos de Azrael y decirle que yo misma había hecho gran parte de su trabajo en este imperio.
Una tarde de tormenta, las puertas de mis aposentos se abrieron.
Mis guardias y doncellas se hicieron a un lado, haciendo reverencias profundas. Una figura imponente entró en la habitación. Era Safiye.
Ya no era la joven y radiante esclava albanesa de cabellos dorados que Mihrimah y yo habíamos instruido. Ahora era Safiye Sultan, la Haseki absoluta del Sultán Murad, la mujer más temida y poderosa de Topkapı. Vestía un caftán rojo sangre, bordado con perlas del mar Caspio, y su mirada era tan afilada como la mía en mis mejores tiempos.
Se acercó a mi lecho. Al ver mi estado, su expresión de orgullo dio paso a una sombra de tristeza genuina, quizás la única emoción pura que le quedaba. Se arrodilló junto a mi cama y besó el dorso de mi mano temblorosa.
—Sultana Mihrişah —murmuró Safiye, su voz llenando el silencio de la habitación—. La luz del mundo se está apagando. El palacio está sumido en oraciones por su recuperación.
Sonreí débilmente bajo mi velo negro. Ya apenas tenía fuerzas para mantenerlo sobre mi rostro, pero era mi armadura, mi juramento.
—Guarda las mentiras para los visires, Safiye —susurré, mi voz apenas un rasgueo de hojas secas—. Sabemos que el imperio no reza por los monstruos; se alivia cuando desaparecen.
Safiye agachó la mirada por un segundo. Sabía que frente a mí no podía fingir.
—He venido a rendirle cuentas, mi Sultana. Tal y como me enseñó. He consolidado el poder. Mis hijos están a salvo. Las concubinas que amenazaban mi posición han sido... removidas. La descendencia de Nurbanu, salvo mi esposo Murad, es polvo. He limpiado el tablero.
Intenté incorporarme apoyándome en los almohadones. Con un esfuerzo titánico, levanté mi mano derecha y la posé sobre la mejilla de Safiye.
—Me enorgulleces, mi pequeña serpiente rubia —le dije, respirando con dificultad—. Te convertí en el arma perfecta. Pero escucha las palabras de una mujer que está parada en el umbral del infierno. El poder por el que hemos matado no es un trono de seda; es una jaula de hierro ardiendo. Te quemará, Safiye. Te exigirá la sangre de tus propios hijos, como me la exigió a mí.
—Sobreviviré, Sultana —respondió ella, con esa ambición inquebrantable brillando en sus ojos claros—. Usted me enseñó a no tener corazón.
—No —la interrumpí, negando lentamente con la cabeza—. Te enseñé a esconderlo. Yo tuve a Bali Bey. Tú tienes la sed de gobernar. Que Alá se apiade de tu alma, Safiye, porque la historia no lo hará.
Bajé mi mano derecha hacia mi propio regazo. Mis dedos rozaron la fría superficie de la gema que me había acompañado durante décadas. El anillo de esmeralda de mi madre, Hürrem Sultan. El símbolo absoluto del poder del harén, el mismo que le había arrancado a Nurbanu y que había usado para aterrorizar a cortes enteras.
Con movimientos lentos y dolorosos, tiré del anillo. Se resistía, como si se hubiera fundido con mi propia carne tras tantos años. Finalmente, se deslizó por mi nudillo.
Tomé la mano de Safiye y la abrí. Dejé caer el anillo sobre su palma.
El peso de la esmeralda pareció hundir la mano de la joven sultana. Safiye cortó la respiración, mirando la joya con una mezcla de absoluta reverencia, triunfo y terror.
—Me prometiste que este día llegaría, mi Sultana —susurró Safiye, con los ojos llenos de lágrimas.
—Te lo has ganado en sangre y fuego —sentencié, cerrando los dedos de Safiye sobre el anillo con mis propias manos frías—. Eres la heredera de la sombra. Úsalo. Domina a los hombres que creen gobernar el mundo. Sé la tormenta. Pero recuerda siempre, Safiye... que cada faceta de esa esmeralda es una vida que nosotras hemos sesgado. No lo lleves con orgullo; llévalo como tu condena.
Safiye se puso el anillo en el dedo índice. Encajaba perfectamente. Se inclinó sobre mí, me besó la frente a través de la seda de mi velo y, sin decir una palabra más, se puso de pie. Salió de mis aposentos como una reina oscura, lista para inaugurar su propia era de tiranía y poder: el famoso "Sultanato de las Mujeres", que yo había cimentado.