Capítulo VI
Fantasía
Camila solía decirse que la imaginación era una forma educada de la nostalgia. No de lo que fue, sino de lo que pudo haber sido y no ocurrió. Aquella noche, mientras corregía parciales con una taza de café ya frío, volvió a pensar en Cristóbal. No en el hombre real —al que apenas había visto una vez— sino en el que su mente había construido después.
El encuentro imaginario siempre comenzaba en el mismo bar. Un bar que existía, sí, pero en el que ella no lo había visto. En su versión, Cristóbal estaba apoyado en la barra, con la camisa apenas arremangada, observándola como si la reconociera de un lugar impreciso. En la vida real, él sí la había reconocido: la profesora universitaria que coordinaba las prácticas de los pasantes que trabajaban en su empresa. Ella, en cambio, esa noche solo había pedido una copa y pensado en volver temprano a casa.
En la fantasía, él se acercaba con cautela. No como un cazador, sino como alguien que cree estar frente a una señal. Cristóbal era experto en eso: leer gestos donde no los había, inventar complicidades, convertir silencios ajenos en invitaciones. Le hablaba del cansancio del día, de los jóvenes ingenieros que no sabían escuchar, de la universidad como un territorio extraño. Camila, en esa versión, sonreía con una curiosidad que no sentía, pero que su imaginación le concedía.
Ella sabía que Cristóbal era un tramposo. Lo había sabido desde el momento en que, días después, se cruzaron brevemente en la universidad. Él la miró con una familiaridad que no correspondía, como si compartieran un secreto. Allí estaba la mentira inicial: asumir una cercanía que no existía. Cristóbal llevaba años practicando ese arte. Se había enamorado de su esposa, eso era cierto, pero cuando descubrió que ella lo engañaba, algo se le quebró. No la dejó. Se vengó del amor convirtiéndolo en estrategia. Engañar para no ser engañado. Mentir para no sentirse pequeño.
Camila, divorciada, madre de dos hijos, conocía demasiado bien ese mecanismo. Su ex marido —narcisista, seductor, persistente— todavía aparecía como una sombra que no aceptaba el final. Mensajes, reproches, intentos de control disfrazados de preocupación. Por eso, en el encuentro imaginario, cuando Cristóbal cometía el error de decirle que era casado, algo se rompía de inmediato.
En la fantasía, ella lo miraba fijo. No con enojo, sino con una lucidez cansada. Esa palabra —casado— no era solo un dato: era una alarma. Le recordaba a las conquistas de su ex marido, a las historias superpuestas, a las verdades a medias. En ese instante, el bar se volvía más ruidoso, más estrecho. Camila sentía que ya había estado allí antes, sentada frente a un hombre que confundía su atención con permiso.
Cristóbal, en su versión imaginada, intentaba explicarse. Decía que su matrimonio estaba roto, que dormían en camas separadas, que la vida era más compleja que las etiquetas. Mentiras pulidas, ensayadas. Camila asentía, pero por dentro se retiraba. No del bar, sino de la escena. Se veía levantarse, tomar su abrigo, despedirse con educación. No había beso, ni promesa, ni futuro. Solo claridad.
Tal vez por eso el encuentro solo podía existir en su imaginación. Porque en la realidad, Camila no lo vio esa noche. Y porque, incluso en la fantasía, ella ya había aprendido a irse.
Cristóbal, en cambio, seguía atrapado en el lugar donde no estuvieron. Un espacio hecho de supuestos, de señales mal leídas, de mujeres que no caían en sus redes como él esperaba. Y esa era, quizás, la mentira más grande del ingeniero: creer que todo podía diseñarse, incluso el deseo.