Capítulo X
Donde Caen las defensas
Camila llegó al bar con el cuerpo cansado y la cabeza llena de voces ajenas. Venía de otra discusión con su exmarido, de esas que no terminan nunca, que se quedan vibrando en la piel como una corriente eléctrica baja. Había dejado a los chicos con su madre y salió sin ganas, solo por no quedarse encerrada con su propio ruido.
Pidió un café largo.
Fue entonces cuando lo vio.
Cristóbal estaba apoyado contra la barra, hablando con el mozo como si el lugar le perteneciera. Tenía esa seguridad estudiada de los hombres que saben cómo ocupar el espacio. Camila lo reconoció enseguida: el ingeniero. El mismo que había ido semanas atrás a conocer a los pasantes de la universidad. Ella no lo había registrado en ese momento, pero él sí a ella.
Siempre era así.
—Camila, ¿no?
Ella levantó la mirada. Su voz sonaba demasiado familiar.
—Sí.
—Cristóbal.
Se sentó sin pedir permiso.
Hablaron de cosas triviales al principio: del clima, del tránsito, del cansancio acumulado de fin de año. Él sabía escuchar, o al menos sabía fingirlo. Tenía ese don peligroso de hacer sentir importante al otro. Camila se sorprendió contándole más de lo que pensaba: el divorcio, los chicos, el hijo con cardiopatía. Cristóbal asentía con gravedad, como si cada palabra fuera un dato clínico.
—Debe ser durísimo —dijo—. No cualquiera puede con eso.
Camila sintió algo parecido al alivio. Nadie solía reconocerle ese peso.
No le dijo que estaba casado.
Eso vendría después.
Cristóbal habló de su empresa, de sus viajes, de lo agotador que era sostener todo. No mencionó a su esposa. Tampoco a las otras mujeres. Camila notó que sus manos eran suaves, cuidadas, y que la miraba con una intensidad que parecía interés genuino.
Pero era un espejo.
Cristóbal no veía a Camila: veía su propia posibilidad de conquista.
Cuando ella recibió un mensaje de su ex, el cuerpo se le cerró. Él reclamaba nuevamente, exigía explicaciones, insinuaba que ella lo alejaba de los hijos. Camila guardó el teléfono boca abajo.
—¿Todo bien? —preguntó Cristóbal.
—Más o menos.
Y sin saber por qué, apoyó el antebrazo sobre la mesa, como buscando sostén.
Cristóbal aprovechó ese gesto mínimo. Se inclinó hacia ella.
—No estás sola —dijo.
Mentía con elegancia.
Camila no lo sabía aún, pero estaba frente a otro hombre que necesitaba controlar desde la seducción. Uno que traicionaba a su esposa mientras hablaba de valores. Uno que se alimentaba de mujeres cansadas, heridas, disponibles.
Dos hombres distintos, la misma violencia emocional.
Y otra vez el cansancio, un protagonista conocido en la vida de Camila, necesitaba poder respirar y se sentía acorralada por su ex ese hombre la estaba secando, ella creyó liberarse de él con el divorcio, pero este siempre encontraba nuevas formas de aprisionarla y el hombre que estaba surgiendo entre las tinieblas de la desesperación? Quien era este hombre podría confiar plenamente en él ? La pobre Camila divagaba entre sus pensamiento intentando entender y buscar una salida o descifrar a estos hombres, la verdad es que no se le daba bien eso de descifrar personas